MALA IMAGEN


Me preocupa que en las encuestas de opinión que se vienen realizando desde hace años la Iglesia ocupe el último lugar en la valoración de las instituciones españolas. Es un indicador terrible de la desafección que viene experimentando y deriva hacia unas perspectivas de futuro muy negativas. Habría que buscar rápidamente las causas de esta situación que hace muy difícil la labor evangelizadora. Sin pretender ser exhaustivo aquí aporto mis reflexiones al respecto, partiendo de donde me encuentro: una parroquia de barrio de unos doce mil habitantes. Empezaré, por tanto, mi revisión desde la realidad que me es más cercana.

Personalmente pienso que mi parroquia no da una mala imagen ni es considerada negativamente. Desde el comienzo estuvo implicada (curas, religiosas y parroquianos) en los esfuerzos por la promoción solidaria de un barrio que necesitaba justicia social y cambiar sus estructuras franquistas de los años sesenta del siglo pasado. Actualmente las circunstancias sociopolíticas han cambiado, pero sigue vigente la implicación en el barrio, tanto en la Asociación de Vecinos como en la promoción de inmigrantes, personas sin recursos, acompañamiento de personas enfermas, trabajo sin ánimo de lucro en nuestras obras sociales (con ancianos en el Hogar y en nuestra Residencia, de las más baratas de la ciudad, labor educativa con chavales en nuestra guardería parroquial, también a precios económicos), etc. No tengo constancia, por otra parte, de que nuestra labor sacramental sea criticada negativamente, sino más bien hay pruebas de lo contrario. Nuestros locales parroquiales, suficientes pero sin ostentación, están abiertos a cuantos nos los solicitan y acogen no sólo actividades parroquiales sino también las de colectivos de vecinos, ONG's, grupos musicales, etc. Nuestra economía parroquial es de habas contadas, con un déficit que venimos arrastrando desde hace años y que arrastraremos al menos cinco años más hasta que hayamos acabado de pagar las obras de remodelación del templo que se realizaron a comienzos de esta década. Qué duda cabe de que siempre puede haber motivos de queja y de que en ocasiones los hay, pero analizándolos no creo que en ellos pudiera apoyarse una visión tan negativa de lo eclesial como la que se desprende de las encuestas mencionadas. Y por referirme a los curas, sujetos tradicionalmente objeto de crítica en nuestro país, no creo que nos hayamos pasado demasiado de la raya, que hayamos tratado mal al personal como algo normal (aunque seguro que en ocasiones hemos cometido errores o pecados), que nos hayamos aprovechado de nuestro cargo parroquial para vivir a lo grande, o que hayamos pervertido vete a saber a quién.

No creáis que con esta enumeración de aspectos pretendo dar a entender lo buenos que somos y lo bien que hacemos las cosas. Repito que he empezado por echar una mirada a nosotros mismos. Pero es que estoy convencido de que lo dicho de nuestra parroquia vale, seguramente, o con más o menos matices pero de poca monta, para las restantes de nuestra Diócesis. De verdad que estoy convencido de ello. Por eso no creo que la mala imagen de la Iglesia tenga su fundamento en el ser y actuar de las parroquias. Desde ellas se está cercano a la gente, nos tratamos y nos podemos conocer sin que medien estereotipos.

Si alzo la mirada a estructuras supraparroquiales no me encuentro con una realidad muy distinta, especialmente si tomo en consideración a las personas. Los arciprestes son curas normales, prácticamente desconocidos por la generalidad de los cristianos y que hacen su trabajo lo mejor que pueden, un trabajo sobreañadido al de sus cargos parroquiales. Los vicarios bastante tienen con atender a su zona, tratar de solucionar problemas, encajar nombramientos, hacer de carteros de los documentos oficiales, administrar confirmaciones, etc. El de mi zona es servicial y encantador, aunque seguramente no coincidimos ideológicamente, pero ¿qué más da eso? Y a los otros vicarios los tengo en semejante estima, dando gracias a Dios porque no se ha pensado en mí para esa tarea de servicio, lo suficientemente complicada hoy día para que no sea precisamente apetecible. Y en cuanto al obispo, pues es el que es y como es, simpático y campechano en el cuerpo a cuerpo y hábil, como informaba hoy el periódico, para conseguir sacarle dinero a los ricos con el que financiar arreglos de torres del Pilar y otras historias; no acude por nuestra al parecer poco importante parroquia, pero tampoco eso es para montarle un tiberio, que ya vendrá cuando lo estime oportuno.

En resumen: que mirando a las personas no veo motivo ni de lejos para que la Iglesia tenga esa malísima imagen. Más bien en muchas ocasiones da motivos para lo contrario, para que se la estime. Ahí están los ejemplos de los misioneros a quienes se suele reconocer y alabar su labor, aunque sólo sea por sus aspectos humanitarios y promocionales; ahí están los ejemplos de tantos voluntarios de Cáritas dando el callo sin exigir nada a cambio y de manera humilde, sin alharacas, pero constante; ahí están las muchísimas personas comprometidas con los marginados de todo género; y así podríamos seguir ratos y ratos. Aunque tampoco hay que negar que los curas, situados canónicamente con todos los "poderes", caemos en estilos autoritarios, muchas de las misas no tienen nada de celebrativas y son puro seguimiento literal de los rituales aburriendo al más pintado, ponemos en ocasiones condiciones exageradas, nos falta capacidad de acogida, de trato humano, nos situamos por encima, nos fijamos más en los supuestos "pecados", en el infierno, que en la misericordia de Dios, juzgamos severamente, etc., etc. Todo eso, por cierto, es criticado, pero también es verdad que el personal no es tonto y sabe distinguir entre unos y otros, entre unas actitudes y otras. Pero de ahí a poner a la Iglesia en el último lugar en cuanto a aprecio...

A mi modo de ver, muy discutible, por supuesto, dos son al menos los aspectos en los que se basa fundamentalmente la mala imagen: el poder y la decantación ideológico-política, dos aspectos que, además, confluyen. Digamos algo de ellos.

Cuando me refiero al "poder" soy consciente de que la Iglesia en España ha perdido mucho respecto al que poseía en épocas no muy lejanas. Los obispos ya no son procuradores en Cortes ni forman parte de los órganos superiores de gobierno de la nación, como ocurría con el arzobispo Cantero, miembro del Consejo del Reino. Pero a los ojos de la gente siguen teniendo mucho poder o influencia sobre el poder, lo cual viene a ser lo mismo. Y cuando aparecen en los medios de comunicación no lo hacen visitando zonas pobres sino codeándose con los ricos o con los poderes públicos. En los últimos días han visto al arzobispo bendiciendo una Universidad privada, con todo el dinero que cuesta una obra de esta envergadura y con todo el peso que va a tener en nuestra sociedad, una Universidad de la que él es el máximo responsable como presidente del Patronato. Y ha aparecido sentado en medio de los empresarios obteniendo de ellos la financiación del arreglo de una de las torres del Pilar, máximo compromiso hasta ahora de estos empresarios en su labor financiadora altruista. La gente ve que la Iglesia tiene un palacio episcopal y sabe que los que viven en palacios no son los pobres sino los poderosos, y eso aunque vivir en un palacio sea incomodísimo. La gente ve que la Diócesis tiene edificios muy importantes en las principales zonas de la ciudad, que ha hecho una operación de diez mil millones de pesetas vendiendo al Ayuntamiento el Seminario. Sí ya sé que dicho así suena a demagogia anticlerical, que con los millones la Iglesia no parece que haga negocios sino que le llegan a duras penas para cubrir las necesidades que se ha ido creando, que los curas suelen tener sueldos no muy por encima del salario mínimo, que los colegios religiosos no son ningún negocio sino más bien todo lo contrario. Ya lo sé y lo afirmo aquí. Pero la gente cree que todo esto de millones y de grandes edificios no concuerda muy bien con la pobreza evangélica de gente humilde. Que todo eso da poder o es signo de poder, como lo es el Vaticano con todas sus grandezas materiales y que tantas críticas recibe, mientras que Jesús afirmó y vivió lo del servicio y rechazó el poder tanto para él como para sus discípulos, además de que no tenía donde reclinar su cabeza. Mientras nuestros signos externos sigan siendo los mencionados o semejantes, la gente criticará nuestra incoherencia evangélica. Y tendrá razón.

Pero es que, además, la gente observa que ese poder o influencia se decanta, como no podía ser de otro modo, hacia posiciones conservadoras o incluso ultras, y esto tanto cultural como políticamente. Y por ahí muchos no quieren pasar o no queremos pasar. En la portada de esta página web hay una viñeta en la que Dios se manifiesta perplejo de que a un Evangelio de izquierdas le haya seguido una Iglesia de derechas. Pues eso es lo que parece haber ocurrido con la Iglesia "oficial", al menos según la visión de muchas personas. En esta España nuestra lo normal es que un obispo sea de derechas (aunque se niegue diciendo que ni derechas ni izquierdas, que ni los obispos ni la Iglesia tienen ideología sino sólo el Evangelio, palabras muy bonitas pero encubridoras del hecho de que todos tenemos nuestra ideología, incluso los obispos) y desde esas posturas se defiende la idea de que los "otros", los de izquierdas, somos casi los "sin Dios", los anticlericales, los laicistas enemigos de la religión. Lo normal es que las declaraciones y documentos oficiales se opongan enérgicamente a lo que la sociedad en su conjunto ha asumido desde hace años, especialmente lo relativo a la bioética (control de natalidad, ayudas artificiales a la fecundación, eutanasia incluso pasiva, investigaciones con células, etc.) sin querer establecer ningún tipo de diálogo no ya sólo con expertos de fuera de la Iglesia sino incluso con especialistas intraeclesiales. Lo normal es que los obispos se alineen con las posturas de los partidos de derecha, especialmente con el PP, y que ninguno de ellos manifieste atisbos de aproximación a los partidos de izquierda. La gente los ve tomando partido incluso en cuestiones más que discutibles, y tomando partido casi dogmáticamente e incluso anatematizando a sus propios "currantes", como cuando el Cardenal Cañizares acusó a los religiosos de los colegios de ser "cooperadores del mal" si introducían la asignatura Educación para la Ciudadanía. Lo último que he leído en la prensa sigue echando más leña al fuego a propósito de esta decantación ideológica: la Iglesia ha sido "liberada" de tener que quitar necesariamente los símbolos franquistas de sus monumentos artísticos (que son casi todos). Una excepción más, ¿privilegio, tal vez? ¿No se contribuye con ello a aumentar la impresión de unión de la Iglesia con el franquismo? Así mejoraremos nuestra imagen...

Y añadamos a esto la polémica a propósito de los 498 beatificados asesinados en la Guerra del 36. Nadie pone en duda que un asesinato es un asesinato, lo cometa quien lo cometa. Nadie pone en duda de que se asesinó en la Guerra a muchos curas (en mi diócesis de Barbastro a casi todos), a muchos religiosos y seglares. Pero beatificar sólo a los de un bando, con todos los méritos de los mártires, es un grave error. Y que no se nos diga que a los del otro bando, que también los hubo, nadie los ha postulado, porque eso hubiera tenido fácil arreglo para una Iglesia que tanto cuida los detalles de equilibrio y de diplomacia en otros aspectos. Sin ningún problema se podía haber beatificado a mártires de los dos bandos expresando con ellos el reconocimiento a todos y la reconciliación después de tantos años transcurridos. Pero no se ha hecho y es un grave error con lo cual mucha gente ve confirmada su idea de que la Iglesia no es que estuviera, como lo estuvo, mayoritariamente decantada hacia Franco, sino que da la impresión de que lo sigue estando (y algunas infaustas declaraciones episcopales dan todavía más pie a esta impresión), con lo cual su postura en favor de una sociedad de iguales y democrática queda muy tocada y, sobre todo, no es signo de reconciliación sino de todo lo contrario. Oponerse, como lo hace, a la ley de la memoria histórica por considerarla partidista y hacer ostentación de su memoria histórica beatificando tan sólo a los de un bando, no es precisamente practicar la coherencia.

Mucho más podría añadir a propósito de la mala imagen, pero por hoy ya me he alargado demasiado. No obstante, añadiré que la mala imagen sólo se elimina con las "buenas prácticas": estar todos en medio de los pobres, de los que necesitan ayuda, de los marginados. Como Jesús, que nació, vivió y murió entre ellos. A muchos nos falta todavía mucho para conseguirlo. Un abrazo.

Pepe Nerín

1.11.2007