¿MALOS TIEMPOS
PARA LA LÍRICA ECLESIAL?
El Código Da Vinci nos amenaza con envolvernos en una polémica barata a propósito del papel de María Magdalena en la misma intimidad de Jesucristo. La fuerza de un best-seller pone en riesgo los débiles fundamentos de la fe de tantos creyentes que se agarran al morbo de una novela hábil, pero muy mediocre literariamente, y de una película peor, silbada en el Festival de Cannes, haciendo el juego económico a los que se están forrando tras gastar ingentes sumas en publicidad a nivel mundial.
Pero este libro-película es un asunto más de los que guardan relación con nuestra Iglesia. Desde Roma y con la firma del Papa se "ordena" al fundador de los Legionarios de Cristo que no ejerza como cura ya que existen abundantes pruebas de que no ha llevado precisamente una vida santa, especialmente en lo sexual (pederastia) y en el consumo (drogas). Se trata, nada menos, que de todo un personaje muy amigo de Juan Pablo II, con el que cenaba con frecuencia, y de toda una organización (los Millonarios de Cristo los llaman en México) con un creciente poderío en los ambientes vaticanos, episcopales españoles e incluso entre la jet española (ya hace tiempo que se publicó que miembros de la familia de Aznar eran miembros de esta organización, además de Ángel Acebes y de la poderosísima Alicia Koplowitz, entre otros).
En la COPE hay movida. Ha renunciado su presidente y ha sido sustituido por una figura que lo va abarcando todo desde hace unos años: Coronel de Palma, presidente de la muy influyente y conservadora Asociación Católica de Propagandistas. Curiosamente todo esto se produce tras unas declaraciones del presidente de los obispos españoles, Monseñor Blázquez, en las que afirmaba que en esta emisora no debía haber lugar para el insulto. Las críticas a las "estrellas" de la COPE, especialmente a Jiménez Losantos, son numerosas desde hace años, sobre todo por parte de los obispos catalanes y vascos, aunque no sólo de ellos. Pero, cuentan las crónicas, que dispone del apoyo de los dos cardenales, el de Madrid y el de Toledo, representantes del área más conservadora del episcopado y que fueron derrotados (por muy poco) en las últimas elecciones de la Conferencia.
La verdad es que en todas estas movidas siempre nos topamos con protagonistas situados a la derecha, en el campo conservador, mientras que el resto de la Iglesia contemplamos atónitos y entristecidos el espectáculo, y, por supuesto, no pintamos nada en todas estas jugadas. Pero no pintamos, al parecer, para nadie. Cuando muchas personas me hablan de la Iglesia siempre se están refiriendo a sus cúpulas directivas y siempre me comentan sus declaraciones de freno a las novedades o de ataque a quienes consideran que ponen (o ponemos) en peligro la estructura ideológica y pastoral que se ha venido montando desde arriba desde hace tiempo. La última encíclica del Papa ha sido muy difundida pero no observo que se intente sacar de ella consecuencias para cambiar la actual situación eclesial sobre todo en sus aspectos organizativos o pastorales. ¿Se va a cambiar el talante y se va a insistir más en el amor, en la opción por los pobres, en el diálogo con quienes no piensan como tú? Mucho mentar al Papa, pero para no hacerle caso.
La última publicación de la Fundación Santa María a propósito de los jóvenes (estudio que vienen realizando cada cinco años aproximadamente) presenta un panorama desolador: la confianza de los jóvenes en la Iglesia se sitúa en mínimos, lo cual no supone una novedad ya que no hay más que observar cómo ha ido cayendo en picado la pastoral juvenil en los últimos años. El universo mental de los jóvenes va por otros derroteros y la Iglesia no parece ofrecer nada alternativo que les convenza o atraiga. Los seminarios están en caída sin red, pese al esfuerzo de los obispos por meter en ellos a quien sea para de este modo paliar, aunque sea numéricamente, el déficit de clero. Se recurre incluso a curas sudamericanos (pero ¿no quedamos desde hace años en que tienen déficit allí?) para llenar aquí vacíos de vocaciones o para decir misas, un clero procedente de otra espiritualidad y religiosidad, ya superada aquí hace años, que acabará por entrar en crisis cuando experimente su no adecuación a nuestra realidad pastoral y social. Mal futuro, por tanto, ya que se va a acentuar a este paso el envejecimiento (ya grande) de nuestras comunidades y la falta de ilusión y de tensión hacia adelante que supone la ausencia de jóvenes.
El pasado sábado, al terminar una celebración de la primera comunión de chavales de mi parroquia, celebración que logramos que fuera festiva, participativa, dialogada, alegre y divertida, además de profunda, de encuentro con Dios, de darle gracias y de clarificación y animación de la fe de muchas personas que no acuden nunca a la iglesia, uno de los asistentes se me acercó en la calle y me dijo en plan amistoso y con admiración agradecida: ¿le permite la jerarquía estas eucaristías? Y es que el personal tiene la impresión de que desde arriba sólo se potencian misas encorsetadas en unos rituales y normas aptos para personas que parecen alejadas de la vida real. Y se alegra cuando descubre que la eucaristía, que la fe, que la relación con Dios, puede ser algo muy distinto, algo humanizante y sembrador de esperanza, de optimismo y de sentido vital, ya que no hay nada más "divinizante" que sumergirte plenamente en la humanidad para encontrar a Dios en lo profundo.
¿Nos merecemos esta situación, este callejón sin salida en que parecen haber metido a nuestra estructura y pastoral eclesial? ¿No estamos asistiendo al fracaso de la ola neoconservadora eclesial que desde hace unos años trata de llevarnos hacia donde muchos no queremos ir porque no ofrece pistas de solución a los problemas reales de los creyentes y de la sociedad actual? ¿No sería bueno que se dieran cuenta de que no todo el mundo somos de su cuerda, sin ser por ello menos seguidores de Jesucristo? ¿No deberían dejar paso a otros con más imaginación, creatividad y apertura para conectar el Evangelio con el mundo actual?
¡En qué "prosa", Señor, nos están hablando y dirigiendo! Valdría más potenciar la "lírica", es decir, la poesía, el canto, la imaginación, la creatividad y la alegría. El nuevo Papa Benedicto o Benito empieza a dar pasos que suenan a diferentes. ¡Mira que si cogiera a muchos con el suyo cambiado! Que tomen nota, por si acaso.
Pepe Nerín, 21.5.2006