DUEÑOS DEL MELONAR

Aunque en el centro del mensaje de Jesucristo figura el servicio a los demás (escenificado especialmente en el lavatorio de los pies) como contraposición al poder, al dominio sobre los otros, los llamados "ministros de la Iglesia" hemos dado muchas pruebas a lo largo de la historia de la misma, y también actualmente, de que cuando alcanzamos un cargo se nos sube el poder a la cabeza. Seguramente igual que a otros, pero hoy quiero concentrarme en las actitudes de los eclesiásticos (curas, obispos, papas) entre los que me hallo.

Es frecuente encontrarnos con párrocos que ejercen un poder con un talante claramente autoritario, aunque se apoyan en que las estructuras y el derecho parroquial les sitúan en la cúspide y con una capacidad de decisión total, a excepción de las competencias reservadas a organismos superiores. En sus parroquias ellos actúan como si fueran los "dueños", mientras que los seglares, los "simples" fieles, quedan relegados en el mejor de los casos a miembros de un Consejo Parroquial con carácter meramente consultivo, es decir, cuyas recomendaciones pueden ser tomadas en consideración o no por el párroco de turno. He asistido a sesiones en las que no era raro escuchar ante una pregunta del sacerdote presidente el consabido "lo que usted diga o decida" por parte de los seglares. No obstante, también son numerosos los párrocos que intentan liberarse de estos corsés autoritarios y se comportan como compañeros de sus parroquianos asumiendo sin mayores problemas la toma de decisiones en común con ellos. Párrocos que no se consideran dueños de nada sino corresponsables en la marcha de sus parroquias. Y esto independientemente de la edad de los curas, ya que no por ser más joven se es menos autoritario.

En los obispos se repite la historia pero incluso con un carácter mucho más reverencial. Si al párroco, al que es frecuente tutear, parte del personal se atreve a manifestarle su desacuerdo, aunque muchas veces sin resultados prácticos, llevarle la contraria al obispo, a quien jamás se le tutea aunque él sí parece tener ese privilegio con sus diocesanos, casi parece irreverente e incluso poco recomendable porque se trata de un poder mucho más determinante que el de los párrocos, ya que éstos dependen del nombramiento del ordinario del lugar. Y esto suele suceder en la inmensa mayoría de los casos, independientemente del talante del obispo. De nuevo las estructuras canónicas conceden al prelado todo el poder, a excepción del que se reservan los organismos supradiocesanos concentrados en Roma. Y aunque haya bastantes obispos que intentan ir más allá de los cánones y ejercer como buenos padres, hermanos o compañeros, el marcaje a que están sometidos, las costumbres de toda la vida y, si hace falta, las denuncias a instancias superiores, se lo ponen francamente difícil.

El poder absoluto del Papa ha sido destacado en análisis teológicos y sociológicos. En los tiempos que corren, de separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial en cualquier sociedad democrática moderna, el obispo de Roma concentra en su persona todos ellos, sin apelación posible a ninguna otra instancia, más aún, quedan condenados los que así intenten hacerlo. Y, además, con el poder terrenal, no eclesial, de ser jefe de Estado. Todo el prestigio que los papas ganaron al perder los Estados Pontificios, hace casi siglo y medio, lo están perdiendo al mantener un status político, con embajadores y el aparato consiguiente, que vela inevitablemente el carácter evangélico de su misión consistente en anunciar el Reino de Dios con el mismo Espíritu con que lo hacía el Jesús de Nazaret que recorría a pie los caminos y no tenía dónde reclinar su cabeza. Ese talante, al que los papas no dudo que intentan ser fieles, queda seriamente dificultado por las estructuras en que están encorsetados (y que no cambian), pese a sus buenas intenciones y mejores deseos.

Repitámoslo una vez más: Jesús abominó de todas las ambiciones de poder de sus discípulos y propuso el no-poder, el servicio humilde como el de un esclavo. Jesús no tuvo poder sino "autoridad", la que se derivaba del prestigio que le daban sus obras y sus palabras. Y no poseyó nada, ni se sintió dueño de nada ni de nadie. Por eso son tan sorprendentes y antievangélicas las estructuras eclesiales que aseguran poder para unos pocos, y no tienen nada que ver con Jesucristo las pretensiones de dominar, de ser dueños de una parroquia, de una Diócesis o de la Iglesia universal. Aquí no puede haber dueños sino miembros de un mismo Cuerpo cuya Cabeza es Jesucristo (no el párroco, el obispo o el papa), tal como escuchábamos el domingo a S. Pablo en su Carta a los Efesios. Y quienes pretendan ser "dueños"y hacer de su capa un sayo, merecen los reproches que el mismo Jesús dirigió a sus discípulos, y no pueden pretender que el resto de los cristianos acatemos sin más lo que no es evangélico.

Esta manera autoritaria (que no con autoridad) de actuar suele ser imitada en otros estamentos. Sin ir más lejos, el otro día tuve que acudir a la administración económica de mi Diócesis debido a un grave problema de estructuras, no eclesiales sino de las instalaciones parroquiales, que nos obligan a gastarnos mucho dinero en levantar y consolidar toda una terraza situada encima de una parte de nuestro templo y que fue construida hace muchos años con una técnica muy deficiente, la cual ha provocado recientemente graves inundaciones en el templo parroquial. Un dinero del que no disponemos ni de lejos. Se me recibió, y así permaneció todo el rato, con cara de muy pocos amigos, como si yo fuera un impertinente. Ni una pizca de cariño y comprensión ante el difícil momento que estamos atravesando. Nada. Se me dijo secamente que todo el presupuesto de este año estaba ya adjudicado a otras obras de reparación. Y tuve que escuchar atónito ser reprochado por no saber mantener un equilibrio en las cuentas. Ni una pregunta me hizo, ni un intento de acercarse al problema que padecemos, ni un querer saber que estamos llevando desde hace tiempo un esforzado proceso de saneamiento de cuentas que, gracias a Dios y al esfuerzo del equipo directivo formado en gran medida por personas voluntarias, está reduciendo paulatinamente el déficit crónico (que ahora se va a incrementar de forma dramática e inesperada) de nuestra residencia de ancianos cuya vocación ha sido y es la de ofrecer posibilidades de alojamiento a personas que no pueden acudir a residencias más "normales" a causa de sus reducidos ingresos. Se me dice tajantemente que no hay dinero y punto, y que allá nos las arreglemos.

Yo me creo lo que me dicen: que ya está adjudicado el presupuesto y que en principio no hay nada que rascar. Pero, ¿no se nos puede tratar de otro modo y no como si fuéramos pícaros que intentan aprovecharse del dinero común?, ¿por qué determinadas personas se sienten tan incómodas cuando tratan con nosotros, en definitiva curas como ellos, como si pretendiéramos arrebatarles algo de lo suyo, molestar su "poder"?, ¿no saben que son meros administradores y que deben estar al servicio y no por encima?, ¿por qué suponen, sin más, desde sus despachos oficiales, que somos unos manirrotos?, ¿por qué no nos tratan como a personas adultas y responsables, o es que el poder, en este caso económico, considera siempre lo contrario, reservándose para sí mismo la adultez y responsabilidad que en la práctica nos niega a los demás?, ¿por qué el estilo no es el de las primeras comunidades descritas en las lecturas de estos domingos del Tiempo Pascual en que cuando había un problema se reunían para analizarlo, lo debatían entre todos y tomaban decisiones en común sintiéndose en ello acompañados por el Espíritu Santo? Es curioso que este estilo ampliamente participativo y descrito en el Nuevo Testamento no ha sido canonizado sino que, al contrario, se ha consagrado un estilo monárquico absolutista plenamente rechazado por Jesucristo. Así nos va y así van matando muchas ilusiones de regeneración evangélica. Tal vez porque, como dice la canción, "la maté porque era mía".

Perdonadme este desahogo de párroco pero es que todo está relacionado en este "melonar" que nos ha tocado cultivar. Tiempos vendrán, eso espero, que, organizativamente, serán mejores que éstos y en donde primará no el "poder" sino la "autoridad", como ocurría con Jesús.

Pepe Nerín

23.5.2007