MEMORIA AGRADECIDA

Ignacio Cendoya, párroco de 1969 a 1990

 

            Ignacio, el “aceras”, el que pateaba todas las aceras, cogiendo capazos sin fin, preocupándose por los que peor lo pasaban, esos “marginados” con los que se dedicó a convivir e incluso los adentró en su propia vivienda. Una “santa” complicación para él y para los demás, digna de un cura humilde y sencillo, amigo y compañero de los pobres.

 

            No quiero que falten unas palabras escritas con motivo de esa gran fiesta de las Bodas de Oro de nuestra querida parroquia de Madre de Dios de Begoña.

 

            Lo primero agradecer a tantos el cariño, la acogida y las oraciones que habéis tenido para conmigo durante ese periodo de mi vida. En mi acción de gracias por vosotros a Cristo, me acuerdo también de Roberto, Alfonso, Benito, compañeros ”curas” que la presentarán  al Padre.

            Mención aparte para los miembros (laicos) que estuvisteis conmigo entonces y que se nos adelantaron en el Señor. A todos ellos gracias, en especial a Ti Carmina.

 

            Lo siguiente es deciros que recibí muchas ayudas, palabras y correcciones que me estimularon en la misión que me había sido confiada: animar a crear una

 “Comunidad”

de comunidades.

 

            Recuerdo las comidas de los miércoles, la oración de los sábados y cena posterior, las reuniones variadas, las eucaristías, grupos y, más tarde, los campamentos familiares de verano la fueron realizando poco a poco.

 

            La apertura de la Parroquia al barrio, cuando la libertad de expresión y de reunión eran ilegales, la convirtieron en Parroquia non grata para algunos pusilánimes.

 

            La apuesta por los niños (Guardería) y más tarde por los mayores (residencia) expresaron el deseo de Servicio de la nueva Parroquia a todos. Una Iglesia tan abierta que el patio y el paso de la calle Daroca se convirtió en una servidumbre de paso. La necesidad de las rejas de entrada evidenciaron la falta de realismo a los nuevos tiempos que se alumbraban.

 

            Finalmente dar las gracias al Señor, por vuestro párroco, amigo y compañero, Pepe, que me  ha invitado a escribir y que sigue fiel al amor del Crucificado resucitado. Él, con sus compañeros Alfredo e Iván, son el mejor relevo a estas Bodas de oro.

 

Un abrazo fuerte para todos.