NO MERECEMOS SER
TRATADOS COMO MENORES DE EDAD
A veces a uno le da la sensación de que la jerarquía nos trata, tanto a curas como a laicos, como a menores de edad. Y esta sensación se acrecienta en el caso aragonés. Viene esto a propósito de los últimos nombramientos de obispos que han acabado por desmantelar la hornada de neófitos prelados que nos llegó hace pocos años con la intención de revitalizar a la Iglesia Aragonesa, tan carente de vitalidad como de vocaciones al sacerdocio, según se decía entonces. Los ultras celebraron con gozo la desaparición de obispos conciliares y evangélicos como Osés, Yanes, Conget, etc. y se felicitaron porque los nuevos obispos iban a provocar un florecimiento eclesial, a diferencia de los anteriores, e iban a poner las cosas en orden. Y los nuevos llegaron y en gran medida hicieron tabla rasa de la obra de sus predecesores, desmantelando entre otras cosas el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) creando en sus diócesis unos remedos de centros de estudios, adscritos, eso sí, a la Universidad de Teología San Dámaso de Madrid, punto de referencia de la teología española más conservadora. Fueron desmanteladas igualmente iniciativas como la de las Unidades Pastorales. Nos han dejado un erial de vocaciones nativas: ningún aragonés se mete ya en el seminario. Se impulsó una liturgia ultraconservadora, insistiendo en gestos y ritos preconciliares mandados a veces incluso desde el altar por el propio prelado (“¡pónganse de rodillas en la consagración!”); y se impuso un autoritarismo episcopal sin precedentes.
Todos tuvimos entonces la impresión de que los nuevos obispos estaban de paso, que se iba a utilizar su período de rodaje en Aragón para ser luego catapultados a diócesis de “mayor peso”. Y ahí los tenemos: de Tarazona a Córdoba, de Huesca y Jaca a la archidiócesis de Oviedo, de Teruel a Murcia. Queda el arzobispo de Zaragoza, anclado junto al Ebro por culpa, se dice, de sus problemas de salud. Y “el bueno” (así lo llamaban sus colegas) de Alfonso en Barbastro, único prelado aragonés ejerciendo en nuestra tierra, el único que ha recorrido los pasos pastorales que habría que recorrer para ser considerado válido para su misión pastoral, desde la base en pequeños pueblos hasta parroquia de capital, vicario, etc. Por suerte para nosotros, Alfonso está “seguro” en Barbastro y nadie puede achacarle veleidades para congratularse con el poder eclesial con vistas a ser promocionado. Acabará sus días en la diócesis de Barbastro-Monzón y sus diocesanos disfrutarán de su bondad y cariño pastoral.
Y ahora permaneceremos tiempo y tiempo hasta que los que tienen poder para ello se decidan a nombrar nuevos obispos, o nuevos peones de la política eclesiástica de nombramientos. Ni el clero ni los laicos tendremos nada que decir oficialmente porque no se pedirá nuestra opinión al respecto. Tendremos que acatar lo que nos manden y obedecer como niños pequeños que no deben entrometerse en las cosas de los mayores. Continuaremos siendo dirigidos desde el exterior, desde unas instancias a las que poco parece interesarles el bien pastoral de la Iglesia Aragonesa. Los “nuevos” vendrán para dirigir, para imponer su mentalidad y sus criterios, no para conocer, respetar y amar, no para encarnarse en nuestra realidad, no para desvivirse en bien de los diocesanos. Nos vendrán con su ideología ultraconservadora y tendremos que aguantar sus declaraciones salidas de tono, su teología desconectada de la realidad, su mirada puesta en Madrid y Roma más que en los pueblos de la comarca de Belchite o de las montañas del Pirineo.
Nos tratan como a menores de edad. No les importan nuestras opiniones, nuestra práctica pastoral, nuestros intentos de renovación de nuestras Iglesias diocesanas. Vienen como delegados de los que les mandan y no necesitarán siquiera hacer méritos porque les basta su afinidad con el cardenal de turno. No nos ayudarán a crecer sino que nos instarán a obedecer. Pero sus días están contados.
Y digo que sus días están contados porque en pleno siglo XXI ni los curas ni los laicos somos lo que éramos hace unas décadas. La sociedad ha evolucionado y nosotros con ella. Ya no comulgamos fácilmente con ruedas de molino. Nos hemos hecho adultos, conscientes de nuestra dignidad, mentalmente en la órbita de la defensa de los derechos humanos, teologalmente posconciliares, aunque queden restos que intenten seguir imponiendo un pasado que felizmente no puede reproducirse como no sea en plan tragicómico. No soportamos que nos traten con desprecio. No aceptamos distinciones en la dignidad y derechos de hombres y mujeres, de curas y laicos. No estamos de acuerdo con que nos digan lo que tenemos que hacer, incluso en nuestros territorios más íntimos. No aprobamos el secretismo y los tejemanejes de despacho. No aceptamos que la Iglesia tenga que ser monárquico-autoritaria en lugar de ser una comunidad-corresponsable. No aceptamos el supuesto derecho divino de imponernos unas ideas y unas praxis caducas. Rechazamos el “carrerismo” en la Iglesia, tan denunciado incluso por el mismísimo Papa Benedicto XVI, pero en la práctica alentado inmoralmente. Detestamos el “pelotismo”, el hacer la pelota a los detentadores del poder eclesial, con el objetivo, claro está, de hacer ellos su propia carrera eclesiástica. No aguantamos que nadie venga a tomar decisiones por nosotros, a acaparar en sí mismo un poder que se atribuyen como si fuera querido por Dios. Aceptamos a quien se presenta como servidor de Dios y de los hombres y mujeres, y esto lo vive en serio no como mera fórmula.
Tenemos que dejar de permanecer en silencio, un silencio que refleja el arrojar la toalla, el pensar que esta Iglesia no tiene solución y que el último que apague la luz. Hay que hablar, hay que debatir, hay que manifestar nuestras opiniones, hay que demostrar que estamos vivos y que queremos seguir estándolo. Hay que dejar patente que el Espíritu sigue aleteando y no sólo en los de arriba sino, especialmente, en los de abajo. Hay que tener la audacia y valentía evangélicas, no ya para poner verde al Gobierno, lo cual sale gratis, sino, sobre todo, para practicar la denuncia evangélica en el interior de nuestra misma Iglesia. Que no nos vengan con paternalismos, ni con autoritarismos ni con sonrisas demagógicas. Pero que tampoco nosotros les riamos las gracias a quienes intentan mantenernos como menores de edad. No estamos para reir cuchufletas sino para afrontar muy en serio la realidad de nuestras Iglesias.
Pepe Nerín
18.2.2010