MENOS ASPAVIENTOS Y MÁS AFRONTAR EN SERIO LA VIDA

 

            Cuando uno atraviesa en su propia persona problemas graves de salud, como me ha ocurrido a mí, puede tener la tentación de encerrarse en el pesimismo, en la desesperanza y pasar de todo aquello que no guarda relación con su propia y ansiada curación. Necesitamos agarrarnos a algo, a lo que sea, y entonces podemos ser víctimas de nosotros mismos y “egoistar” nuestra propia vida. Más aún: podemos relativizar de tal modo todo lo que no se refiere a esto que no apreciemos lo positivo y pasemos olímpicamente de los esfuerzos de los demás por hacer avanzar un mundo mejor. Mal servicio de la enfermedad sería éste que nos encerrara en la negatividad. A veces, decir que queremos sólo a Dios, al Dios que me puede salvar y curar, y que todo lo demás carece de importancia, puede hacernos y hacer un flaco servicio.

 

            Porque, incluso en los peores momentos, necesitamos “descentrarnos”, centrarnos en la vida, en los demás, en las necesidades de nuestros semejantes, incluso como medida curativa, como esponja del alma, como apertura de nuevos horizontes. Por eso mismo, incluso en esos momentos, uno tiene que ser positivo, abierto, esperanzado; uno tiene que disponerse a apreciar lo bueno y a animar lo bueno; uno tiene que mirar hacia adelante con esperanza, no ya en uno mismo sino en la humanidad, en nuestra sociedad, en la amplia comunidad eclesial.

 

            Me viene a la mente y al corazón todo esto, porque creo que hay que dar un volantazo, un giro, un cambio radical a las preocupaciones, al talante, al estilo, al modo de ser y actuar que se observa actualmente en tantas personas de nuestra Iglesia, incluidos sus dirigentes, al menos los que más suelen aparecer públicamente o llevan las riendas de nuestra nave eclesial, especialmente en España. A muchos nos hace sufrir el modo de presencia pública que se viene impulsando desde hace una larga temporada. Que se visualiza especialmente con ocasión de desgraciadas intervenciones de altos dirigentes (véanse mis escritos de disconformidad con el secretario y portavoz del episcopado) pero que ha ido calando entre muchos cristianos de a pie, con el consentimiento de aquellos prelados que en aras de una mal entendida unidad del episcopado tragan con todo tipo de sapos y dejan hacer a los más ultras aunque en su interior no estén de acuerdo.

 

            Cuanto más levantan la voz y claman contra actuaciones del gobierno o se quejan del ambiente “materialista y ateo”, cuanto más se ponen estupendos en defensa de lo que ellos consideran valores consustanciales con las esencias patrias, más dejan entrever su debilidad, su miedo a perder influencia social, su desconcierto ante una sociedad democrática que cada vez, gracias a Dios, les hace menos caso. Y echan mano de recursos archimanidos, repitiéndose una y otra vez, de slóganes como supuestos defensores de la libertad y de los derechos humanos, haciéndolo con un lenguaje que les descubre antiguos, no por clásicos, sino por apegados a formas históricas que han hecho muy bien en caducar. Muchos de nuestros dirigentes y parte de nuestra Iglesia no han sido capaces de aprender a desenvolverse en democracia, lo cual no es de extrañar porque siguen dogmáticamente aferrados a un tipo de organización jerárquica que, como su nombre indica, han sacralizado como la única posible. Si para ellos la democracia no es consustancial con su estilo de funcionamiento, no tienen práctica para ejercerla en la vida eclesial ni en la social y menos aún están capacitados para dar lecciones a nadie.

 

            De todo ello se desprende una imagen de Iglesia supuesta fortaleza cercada por enemigos que quieren sádicamente acabar con ella. Quieren un cerrar filas para defenderse y hacen cada vez más estrecho el círculo de aquéllos de quienes se fían. Me contaba un amigo que hace poco tuvo que hacer con unos compañeros una gestión en un obispado importante y lo primero que se les preguntó al tener acceso al mandatario de turno fue si eran de derechas o de izquierdas; porque, por supuesto, si eran de estas últimas no había nada más que hablar. Esto es sectarismo, esto es reducir la Iglesia, esto es miedo. Y desde el miedo no se puede construir nada. Sin pretenderlo, han creado un ambiente de últimos de Filipinas, de que el último apague la luz. Digo “sin pretenderlo” porque lo que dicen intentar es otra cosa: salir a la reconquista (de posiciones de poder) que tantas veces confunden con una nueva evangelización. Mientras tanto van mirándose de reojo y descubriendo que se están quedando solos y que son cada vez menos. Y se les refuerza el miedo a llegar a ser irrelevantes.

 

            Yo pienso que no hay que “salir” a reconquistar nada. La misma palabra indica que estaríamos encerrados cuando lo que Jesús quiere es que seamos fermento en la masa, que plantemos nuestra tienda, abierta, en medio de las otras tiendas, que vivamos a la intemperie como ellos sin tratar de ampararnos con el poder, que asumamos que somos unos más a los que les viene cáncer de colon como a todo el mundo o que disfrutan con una buena película o con un goce sexual y familiar. A veces me da la impresión de que no sabemos apreciar el tesoro que llevamos en vasijas de barro, que no nos hemos entusiasmado, enamorado o encariñado con el Jesús que es la razón de nuestras vidas. A veces pienso que se nos nota demasiado que nos hemos hecho viejos y que nos falta la ilusión del placer y de la vida, el gozo por los pequeños logros, el disfrute de la amistad y del amor. Nos ensombrecemos al creer que no viene nadie detrás de nosotros y acabamos por no ser apetecibles, por no entusiasmar a nadie, por no gozar del Dios que habita en medio de nosotros. Y eso se nota.

 

            En ocasiones se llega a pensar que todo se soluciona a base de grandes convocatorias (que viene el Papa, que tenemos que defender la familia, que hay que salir a la calle para que no se apruebe la nueva ley del aborto…) y damos una imagen más política que religiosa. No transmitimos al Dios de la vida aunque pomposamente nos entronicemos como defensores de la misma. No transmitimos alegría sino obsesiones y principios que se dan de bruces con la cruda realidad. Y eso se nota. A los jóvenes no les transmitimos nada evangélico como Iglesia, de ahí que ellos sean los que más claramente la han ido abandonando. Distinto sería si viviéramos autenticidad y se transparentara a través de todos los poros de nuestro cuerpo. Los jóvenes, los adultos, los niños, los viejos, lo notarían, lo sentirían, podrían contagiarse y, sobre todo, seguir la sugerencia de nuestro dedo para acercarse al Dios que quiere la vida de todos. Aunque los jóvenes no vengan a misa (que es lo que hacen) captarían que en nuestras parroquias, en nuestra Diócesis, hay verdad, hay algo que merece la pena, hay Alguien a quien escuchar y seguir. Porque para eso tienen una sensibilidad especial y suelen apuntarse muchos de ellos a lo que consideran auténtico. Lo nuestro, actualmente, por desgracia, no se los parece.

 

            De ahí que hay que dar un giro en nuestras preocupaciones y en nuestra presencia pública. No hay que tomar la calle para nada. No hay que hacer campañas en defensa de unos modelos concretos de organización familiar conectados con otras épocas, no hay que insultar a nadie llamándole “asesino” de vidas, no hay que presionar a los diputados y senadores amenazándoles con las penas del infierno y con exclusiones de la comunidad eclesial. Resulta terriblemente injusta la campaña contra cristianos que dentro del partido socialista intentan mejorar las ideas y prácticas de éste en una dirección más humana, más evangélica y más socialista. No hay que lanzar a la opinión pública la defensa de nuestros supuestos intereses como Iglesia (por supuesto que ésos no son los míos ni los de muchísimos cristianos). No hay que meternos en batallitas yendo a cualquier trapo que nos ponen por delante como en la cuestión de los crucifijos, asunto, en definitiva, muy menor en el que caemos en la trampa sobre todo de algunos que en el campo laicista dan la réplica colmada a nuestros integristas siendo tan fanáticos y sectarios como ellos.

 

            Hay que afrontar en serio la vida y los problemas que tenemos, y esto tanto en el exterior con en el interior de nuestra Iglesia, si es que se puede hablar así cuando las fronteras han ido diluyéndose y hoy somos simultáneamente ciudadanos que forman parte de la Iglesia de Jesús y cristianos que viven en medio de la ciudad secular como miembros de pleno derecho. En estos momentos de grave crisis económica bien haríamos en apoyar cuantos esfuerzos sean necesarios para ayudar a salir de ella y solidarizarnos con los más débiles; bien haríamos en tener gestos más concretos de compartir económicamente con los parados; bien haría el obispo (por cierto, ¿dónde está?, porque no se hace presente en nuestras vidas, sobre todo en la de cuantos curas enfermos he preguntado), bien haría, digo, en codearse públicamente con los más desfavorecidos, en solidarizarse prácticamente con ellos, en vérsele entre el fango lejos de los lugares oficiales y supuestamente sagrados (no hay nada más sagrado que el pobre); bien haríamos en estar de tal modo solidarios con los inmigrantes que llegaran a denigrarnos los exclusivistas de turno como están haciendo estos días en Italia con el arzobispo de Milán; bien haríamos en conectar con los problemas “reales” de la gente, con la vivienda, con… Que me perdonen, pero muchas veces me da la impresión de que nos meten en campañas más ideológicas que otra cosa, que sacan de su contexto problemas que la gente ha ido viviendo a lo largo de los siglos con bastante más naturalidad. Mi madre, ya fallecida, no se escandalizaba ante el aborto como lo hace ahora tanto monseñor y tanto fiel seguidor del monseñor. Asumían el problema, sin relativizarlo, pero tampoco haciendo un drama de fin del mundo. Que hay demasiado aspaviento en nuestra Iglesia por parte de algunos que parecen encantados de haberse conocido.

 

            Y hay que afrontar los problemas “internos” que tenemos, sí, tenemos, en nuestra imperfecta Iglesia, y no echar balones fuera culpando al sursum corda de lo que nosotros no somos capaces de solucionar. Empezando por la democracia en nuestro funcionamiento, en la toma de decisiones, como los primeros cristianos que se reunían para tratar entre todos lo que a todos nos afecta. Y siguiendo por la igualdad entre hombres y mujeres, el acceso de cualquier persona a cualquier cargo o nivel, incluido el presbiterado y el episcopado, una nueva reflexión sobre los sacramentos y su práctica, la revitalización de las eucaristías como asambleas de hermanos en torno al único centro y clave que es Jesucristo, la opción eficaz por los pobres, los tribunales eclesiásticos, la autonomía de la vida religiosa, el diálogo fe-cultura, etc., etc. Si no somos de fiar en lo nuestro, que es lo pequeño, ¿cómo vamos a ser de fiar en lo grande, que es lo social, lo de todos?

 

            Repito: menos sobreactuación y más acción sobre lo que hoy de verdad preocupa a la gente, especialmente a los más pobres. A mí me interesa mucho menos lo que le preocupa a un monseñor que lo que le preocupa a mi pobre vecino. Menos hablar sobre unos temas sobre los que al parecer los eclesiásticos van perdiendo poder y más dar la cara en defensa del pobre que tenemos sufriendo delante de nosotros, menos oropeles, menos liturgias vacías y más auténtico culto al Padre. Sólo así podremos ser evangelizadores, sólo así podremos ser la Iglesia que Jesús quiso porque seguiremos los pasos del único Maestro.

 

Pepe Nerín

10.12.2009