MENOS PROCLAMAR CERTEZAS

Y MÁS BUSCAR LA VERDAD

 

            Sostiene Geoffrey Robinson, exobispo auxiliar de la archidiócesis de Sydney, en su libro “Poder y sexualidad en la Iglesia. Reivindicar el espíritu de Jesús” (Sal terrae, Santander, 2008) que en Roma prefieren nombrar obispos “proclamadores de certezas” con preferencia sobre “buscadores de la verdad”. La frase se las trae, sobre todo procedente de un obispo católico, pero coincide con la impresión que nos producen tantos obispos, incluso de nuestro entorno. Al escuchar a bastantes de ellos uno se maravilla de la seguridad con la que proclaman sus ideas, de la poca o nula necesidad de diálogo con otros puntos de vista. El mismo Robinson se queda perplejo ya que parecen tener más seguridad en sus conocimientos que los que tenía el mismo Jesucristo, el cual, como cualquier humano, a lo largo de toda su vida tuvo que ir intentando sondear la voluntad de Dios, descubriendo poco a poco su misterio, y sus “dudas” llegaron incluso hasta la cruz en aquel terrible y sincero “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, sumiéndose a continuación desde su duda en la confianza, pese a todo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

 

            Es preocupante la facilidad con que se aferran a la verdad absoluta como si ellos la poseyeran. De ahí a no comprender que la Verdad no es patrimonio de nadie, que el Espíritu sopla donde quiere, aunque no tenga galones jerárquicos, que en todas partes hay semillas de verdad (tal como lo reconoció el Concilio Vaticano II), que se puede discrepar sin que eso tenga que suponer enfrentamiento, que el que no piensa como yo no tiene por qué ser echado a las tinieblas o invitado a marcharse, etc.

 

            En nuestra sociedad resulta ciertamente antipático quien se presenta con pretensiones de poseer la verdad en exclusiva. Antipático y ridículo. Resulta repelente quien sólo habla pero no escucha. Resulta nefasto para su prestigio quien se niega o resiste a dialogar con posturas discrepantes. Vamos, que no se acepta, prescindiendo incluso de la verdad o bondad de lo que proclame. El tono es muy determinante.

 

            Estos últimos días he asistido a la presentación en mi Vicaría del nuevo Catecismo para los chavales que ha sido aprobado por la Conferencia Episcopal Española tras ser elaborado concienzudamente por expertos y buenas gentes de las Delegaciones de Catequesis durante varios años. No niego la necesidad de clarificación de ideas, conceptos y actitudes, también en lo que concierne al hecho religioso, a la fe y a las creencias. Pero me preocupa vivamente cuando se pretende fijar por escrito demasiadas cosas (muchas de ellas secundarias para la fe) y establecer su aceptación (de una fórmula concreta) como imprescindible para estar en comunión con la Iglesia. Porque el lenguaje nunca es totalmente adecuado para expresar con exactitud la verdad de Dios y de su misterio, y las formulaciones son siempre parciales, incompletas y deudoras de filosofías y teologías muy concretas, de circunstancias históricas, de intereses legítimos pero muy circunscritos a situaciones determinadas. Porque muchas veces, cuando nos dirigimos a chavales utilizamos palabras inadecuadas que los críos no comprenden, caso en el que incurre a menudo este nuevo Catecismo empezando ya por su mismo título “Jesús es el Señor” (¿qué entienden los niños por “señor”?). Me preocupa que tantas veces se cuide la “ortodoxia” (las creencias correctas) y se descuide la “ortopraxis” (la correcta manera de comportarse como seguidores de Jesucristo). De ahí a imaginarse uno que por el mero hecho de repetir fórmulas correctamente ortodoxas ya está entre los “buenos” sólo hay un pequeño paso, y muchos me temo que lo dan.

 

            Esta tendencia de tratar de influir para que entremos en lo “eclesialmente correcto” (según los parámetros actuales de quienes nos pastorean) se va transmitiendo a las nuevas promociones de sacerdotes que van siendo ordenados (algunos de los cuales en su etapa de seminaristas ya se dedicaron a denunciar a algún que otro profesor por considerarlo “incorrecto” en sus enseñanzas). Creer que uno posee la verdad le lleva a situarse por encima y no como servidor de la comunidad, a hablar casi excatedra, aunque se haga desde un cargo sin gran relevancia, a mirar por encima del hombro aunque el otro resulte ser un compañero cura con más de 40 años en tal ministerio (esto me lo contaba indignado el otro día un compañero que acudió a una ordenación).

 

            ¿Por qué no somos todos un poco más humildes, sobre todo los obispos y los curas, y reconocemos prudentemente que sólo sabemos que no sabemos casi nada? Seguro que despertábamos más simpatías que antipatías, seguro que entenderíamos y practicaríamos más la solidaridad y la misericordia, seguro que nos asemejaríamos mucho más a quien no vino a condenar sino a salvar. Que nos sobran tantas palabras desde posiciones y pretensiones de autoridad, y nos faltan muchos silencios, muchas escuchas, más diálogo y sincera reflexión desde nuestra poquedad. Nos pareceríamos bastante más al publicano de la parábola que al fariseo, y experimentaríamos la bondad del Dios que nos salva.

 

Pepe Nerín

7.11.2008