ME QUIERO JUBILAR

(12.9.2005)


No ahora, evidentemente, ya que no he llegado a los 65 años, pero sí cuando alcance esa edad en la que mis conciudadanos alcanzan más o menos felizmente la jubilación.

Esto, que resulta un deseo obvio para cualquiera, no lo es, en cambio, para los curas entre los que me cuento. La drástica disminución del número de vocaciones ha llevado a nuestros dirigentes a pasar por alto esta edad, retrasándola primero hasta los 75 años, y, desde hace tiempo, cada vez se oyen más voces episcopales declarando (¿exigiendo?) que los curas no tenemos que jubilarnos. Por cierto, ahora se alega el buen estado de salud en que supuestamente nos encontramos cuando hasta hace muy poco se insistía en la mala salud del clero (de lo cual ya no se habla absolutamente nada).

La verdad es que, si quieres, puedes jubilarte a la edad de todos los mortales, pero entonces la Diócesis te deja a la intemperie cobrando tan sólo en torno a los 400 euros, que es la cantidad que, al parecer, aporta el Estado a tu sueldo, y quitándote el suplemento que hace que en estos momentos el salario de un cura se eleve a poco más de los 600-700 euros. Y con unos cuatrocientos es difícil salir adelante.

Pero el caso es que yo no quiero ni dejar de ser cura ni dejar de trabajar como tal, por lo cual mi deseo de "jubilación" es algo especial y bastante menos exigente. No es la pereza ni la comodidad lo que me mueve, no nos engañemos. Lo que deseo (¿puedo desearlo?) es ser liberado de cargos de responsabilidad (p.e. de párroco) y pasar a la situación de "adscrito", es decir, de "auxiliar" y, además, voluntario. Y espero que nadie me ofenda poniendo en duda mi voluntariedad. Y lo pretendo para mí y para todo aquel cura que coincida con un deseo semejante. No pretendo que los que no quieran seguir estos pasos tengan que renunciar obligatoriamente a continuar en sus cargos. Creo que sería lo mejor, pero no se trata de momento de frustrar a nadie ya que cada uno somos diferentes y vivimos circunstancias distintas.

Estoy en plena forma física y en pleno uso de mis facultades mentales. Dentro de lo que es previsible, no espero llegar ga-gá a ese instante, aunque nunca se sabe. Estoy muy contento trabajando como párroco y con mis queridos parroquianos/as. Llevo sólo un año en el cargo, por lo cual "todavía" no estoy excesivamente quemado, y cuando arribe al maravilloso horizonte de los 65 llevaré ocho años en el mismo (si no me han trasladado antes), lo cual no es excesivo para lo que se suele acostumbrar.

¿Entonces?

Pues lo que me lleva a este ¿insólito? deseo es lo siguiente:

1º) Ser igual (aunque con los matices reseñados) al resto de mis conciudadanos que acceden a este derecho. Sentirme uno más y no un ejemplar raro. Disfrutar como ellos de una nueva etapa llena de posibilidades al disponer de nuevos horizontes (y también libertades). Ejercer, como muchos de ellos, un voluntariado revitalizante. Poder desplegar, como ellos, virtualidades que en mí todavía no han sido desarrolladas o lo han sido en mínima medida, virtualidades que redunden en beneficio de los demás.

2º) Servir a la Iglesia desde una voluntariedad no sujeta a la paga económica por mi trabajo de cada día. Cuando llegue mi jubilación quiero continuar trabajando como cura pero gratis (ya que lo que me paguen será lo que me corresponda en derecho por mis muchos años trabajando y cotizando) y voluntariamente, es decir, con toda mi voluntad al servicio de la gente.

3º) No contribuir al "engaño" de pensar que no pasa nada ya que las plazas de curas están cubiertas, puesto que esto sólo es posible desde hace años a base de utilizar curas en edad de jubilación.

En este último argumento quiero detenerme un poco más, como nos detuvimos el otro día el colectivo Clubenitos en la reunión mensual que mantuvimos. Se sigue queriendo mantener la misma estructura eclesial que hace años para lo cual, evidentemente, se requieren abundantes efectivos así como un adecuado relevo por las nuevas generaciones. Como esto último no se produce desde hace ya décadas, se alimenta la ficción deque la estructura continúa funcionando porque todas las parroquias todavía disponen de un cura párroco y casi todas ellas (al menos las de la ciudad de Zaragoza) de algunos otros sacerdotes que coadyuvan (coadjutores) realizando una labor vicaria (vicarios parroquiales). Pero lo que no resiste el análisis es la comparación entre las edades medias de hace unos años y las de ahora. Lo normal es que los curas sobrepasen ya los 65 años, por lo cual la estructura se mantiene gracias a utilizar a los sacerdotes que ya estarían jubilados si para nosotros rigieran las disposiciones y leyes civiles. Los jubilados, por tanto, son los que mantienen la estructura y, por consiguiente, la pastoral.

En cualquier empresa esto sería considerado como un auténtico suicidio ya que no abre ningún futuro sino que conduce al cierre directamente. Entre nosotros parece aplaudirse como un auténtico servicio, como una clara señal de fidelidad (¿a quién?) y entrega. Mientras tanto, la imagen que se da es de una auténtica gerontocracia, como de algo del pasado, como puras reliquias.

Digámoslo muy claramente: con las actuales vías de acceso al sacerdocio no hay relevo ni futuro. Nuestros Seminarios están agónicos ya que el número de seminaristas es ínfimo y desde hace años. A propósito de esto se me ocurren algunas preguntas ingenuas: ¿es que se piensa que esto es pasajero y que dentro de muy poco girarán las tornas y habrá una primavera de vocaciones al sacerdocio?, y si esto es así, ¿en qué se basan para estas previsiones?, ¿es que se está preparando una nueva modalidad ministerial y se deja simplemente que el actual cuerpo sacerdotal se vaya extinguiendo y adiós muy buenas?

Seguir manteniendo la ficción de que se siguen ocupando las plazas (con jubilados) y no afrontar la auténtica realidad que se esconde bajo eso es, repito, una actitud de suicidio eclesial. Echar balones fuera a la hora de delimitar las causas del desierto vocacional (como, por ejemplo, echarle la culpa a los mismos curas diciendo que no hacen suficiente campaña para llevar chavales al seminario) es ponerse una venda delante de los ojos. Rezar y rezar a Dios para que nos solucione el problema es hacerle a Él en gran medida responsable de esta situación, con lo cual nos quedamos tan panchos, no ejercemos la autocrítica y dejamos las cosas como están, es decir, mal. Me choca esta actitud por parte de quienes consideran que la clave para que la Iglesia funcione está en los sacerdotes.

¿No habrá que repensar la eclesiología oficial, cambiando esquemas sobre los ministerios eclesiales, sobre el ser y papel de laicos y presbíteros, sobre la formación, sobre las vías de acceso a los ministerios y las condiciones requeridas, etc.? Lo más sencillo es no tocar nada y mantener la estructura invariable. Pero esa actitud, repito una vez más, es suicida y revela poco amor a la Iglesia, a una Iglesia que envejece y que de este modo no alienta precisamente a la esperanza.

Por ello, mi deseo (el de bastantes) de jubilación "sui generis" pretende poner el dedo en la llaga de este autoengaño colectivo en que se nos ha encerrado.


Pepe Nerín