MI AMIGO TIENE E.L.A.

 

            Se trata de una enfermedad neurológica degenerativa (ELA = esclerosis lateral amiotrófica) de los músculos del cuerpo que poco a poco va dejando sin fuerzas a los que la padecen. Comienzan normalmente por perder el movimiento de los músculos de las piernas o los de los brazos (en el caso de mi amigo estos últimos) y poco a poco va dejando inútiles todos los demás hasta llegar a la muerte cuando ya acaba por carecer de fuerza en los pulmones y no pueden ni respirar. Algo terrible, ciertamente, como queda muy bien reflejada en el libro “Martes con mi viejo profesor” en el que se describe el itinerario hacia la muerte de un profesor norteamericano que padece esta cruel enfermedad contra la que de momento no hay nada que hacer.

 

            Pues bien, mi amigo tiene ELA y van flaqueando sus fuerzas día a día. Sigue saliendo a la calle, porque sus piernas todavía le sostienen, pero necesita descansar cada poco en los bancos de las aceras (“aunque en invierno –me aclara- están muy fríos y no me atrevo a reposar en ellos”). Le tienen que abrir las puertas, entre ellas la de su casa, porque ya no alcanza a ello, ni tampoco a marcar el botón del ascensor, algo que tiene que hacer apretándolo con la nariz. Por supuesto que le tienen que hacer todo, desde darle de comer en la boca, vestirlo, asearlo, etc.

 

            Pero mi amigo no se ha rendido. Es consciente de que no tiene escapatoria, y eso que ha participado en experiencias médicas realizadas en diversos lugares de España. Sabe que va a morir y a corto plazo, pero no por ello se ha hundido. Da gusto hablar con él porque se le nota por teléfono, que es como nos comunicamos, toda la energía vital que le ha desaparecido de sus músculos perdidos para siempre. Da ánimos a otros en su misma situación, algunos de los cuales se han desplazado a Barbastro para hablar con él, sentir su fortaleza y volver reanimados a sus casas. Me gusta hablar con él porque, a pesar de mi cáncer, me siento un auténtico privilegiado y sin derecho a quejarme de nada. Me da gusto hablar con un valiente como él porque tiene una filosofía que, sin ser explícitamente religiosa, es una reafirmación de la vida en medio de dificultades mortales. Me da gusto porque no se rinde a pesar de que sabe que tiene la batalla perdida. Como para rendirle un homenaje ya en vida, algo a lo que él, lógicamente, se negaría en redondo.

 

            Pienso en mí y pienso también en la Iglesia. En una organización cuyas fuerzas van debilitándose por momentos, para quien muchos vaticinan su muerte a no muy largo plazo, aunque parece no ser muy consciente de ello. Una organización sin músculos que proclama solemnemente que está a favor de la vida pero que da la impresión de que hay más muerte que vida en el interior de muchos de sus componentes. En una organización cuyos dirigentes debían alentarnos, estimularnos, reanimarnos, pero que no hace más que desalentarnos tantas veces preocupada por defender una discutible moral sexual o una bioética de consecuencias poco alentadores para los enfermos y familiares, mientras se despreocupa de otras cuestiones centrales para el individuo y la sociedad. ¿Han dicho algo los obispos sobre la abusiva huelga de los controladores aéreos que ha paralizado el país?, me preguntaban hoy mismo en una merienda de amigos. ¿No hay un fariseísmo moral en sus comportamientos?, preguntaba otro.

 

            La actitud de mi amigo me reafirma más en la vida, en la defensa de la vida, que los documentos y manifestaciones callejeras impulsadas por nuestros jerarcas. Mi amigo sabe que se está muriendo sin remedio, pero con su actitud, y sin él relacionarlo explícitamente, me habla de la resurrección porque no puede morir un impulso vital más allá de toda esperanza. Mis obispos, con sus declaraciones o ausencias, no me ayudan lo mismo a creer en la vida, incluso por encima de la muerte. Gracias, amigo, viejo compartidor de amistad y juegos en nuestra ya lejana infancia. Te seguiré llamando para escucharte, admirarte y sostenerme.

 

Pepe Nerín

6.12.2010