PARECE
QUE TIENEN MIEDO
Da la impresión de que nuestros obispos actúan en muchas ocasiones bajo la influencia del miedo. No parecen personas que disfrutan de la libertad de los hijos de Dios, de esa libertad que sitúa a la persona por encima de las leyes, de esa libertad que les lleva a sacar de dentro de ellos lo mejor de sí mismos, de esa libertad que lleva siempre hacia delante, más allá de las fronteras convencionales que los humanos nos vamos poniendo, de esa libertad que da el Espíritu Santo para ir más allá de lo “razonable”. Más bien parecen personas que se palpan la ropa antes de decir o hacer algo que pueda parecer inconveniente al status quo actual, personas que miran de reojo a Roma o a sectores influyentes del conservadurismo ambiente antes de tomar decisiones, personas que se suman fácilmente a campañas publicitarias de determinados modelos considerados como excluyentes mientras no tienen tiempo para atender y escuchar a los pequeños que no se atreven a subir las escaleras que conducen a vuestras audiencias, personas que no parecen estar dispuestas a arriesgar lo más mínimo sino más bien a sumarse a la opinión de los situados por encima de ellos. Da la impresión, en definitiva, de que al llegar al episcopado pierden su libertad, haciendo verdad aquello de que cuanto más subes en la escala social menos libre eres ya que estás condicionado por cada vez mayor número de factores. Y hasta los actos más simples, como pueden ser el ir al cine o disfrutar de un espectáculo musical profano o de una obra de teatro, no digamos ya salir a disfrutar con un grupo de amigos y amigas, parecen casi prohibidos a los que hasta ese momento de su consagración no les resultaba ningún esfuerzo realizarlos.
Por eso muchos pensamos que nuestros queridos obispos tienen una buena dosis de miedo metida en el cuerpo. Pero miedo ¿a qué?
- Para unos puede ser el miedo a que su carrera eclesiástica se vea truncada por dar algún paso en falso o que sea considerado como tal por los bienpensantes y bienactuantes de turno.
- Para otros el miedo a ser tachados de progresistas en una Iglesia oficial descaradamente escorada hacia la derecha, cuando no hacia la ultraderecha.
- Puede ser el miedo a que si
opinan lo contrario de lo que acaban de declarar representantes cualificados de
- Puede que teman que si expresan
sus auténticas opiniones o las de muchos cristianos (seguramente la mayoría)
sobre determinadas cuestiones abusivamente consideradas casi dogmáticas por los
de Roma se les tache de herejes o de ir contra
- Tal vez teman que, según lo que digan o hagan, haya “garantes de la ortodoxia” que se dediquen a enviar a Roma denuncias que les hagan la vida episcopal imposible.
- En muchas ocasiones quizás confundan la unidad pastoral con el pasteleo y se dediquen a contemporizar con unos y con otros, diciendo aquí una cosa, allá otra, según quienes le oigan o le miren, para de este modo no crearse problemas. Muchos estamos hartos de saber que en privado dicen una cosa mientras opinan lo contrario públicamente o se callan como muertos.
- A veces da la impresión de que no acuden a sitios a donde deberían acudir (a mi parroquia, por ejemplo, nuestro actual prelado no ha querido venir pese a haberle invitado en varias ocasiones) porque piensan que se van a sentir incómodos y prefieren evitarlo, como si los “disidentes” nos dedicáramos a hacer la puñeta a nuestros “invitados” (por cierto, nunca deberían sentirse invitados en una parroquia o en cualquier otro lugar eclesial ya que somos una Iglesia abierta, casa común de todos los cristianos e incluso de aquéllos que sin serlo o sentirlo quieran compartir nuestra existencia).
- Pienso incluso que tienen miedo hasta a los enfermos, sobre todo cuando constatamos su ausencia cerca de nuestras situaciones de penuria corporal.
- Muchos dan la impresión de tenerle miedo a la sociedad actual a la que no acaban de comprender o malinterpretan con frecuencia, o quisieran dominar pero ya no pueden, y prefieren echarse atrás y refugiarse en una Iglesia cerrada, fortificada y por ello miedosa, aferrándose a modos y maneras que si en el pasado les funcionaron ahora resultan del todo ineficaces para la gran mayoría incluso de los creyentes.
- Hay quienes parece que tengan
miedo a exponer su fe al debate público, seguramente porque en el fondo, y
aunque se agarren a teologías felizmente superadas, saben que no tienen nada
que hacer si se dedican a realizar una interpretación literal de
- Muchos parecen tenerle miedo a los pobres mientras que se encuentran muy a gusto entre los poderosos con los que procuran estar a bien (a pesar de rimbombantes declaraciones sobre determinadas cuestiones de agenda) para que a su vez los otros los traten bien, entre otros terrenos en el económico y en la consideración oficial incluidas las ceremonias oficiales.
- Muchos parecen tener miedo a la creatividad de los cristianos de a pie, tal vez porque si a ellos les sacas de lo establecido, de las normas y rúbricas, se sienten como un pato en un garage.
- Hay quienes da la impresión de
que tienen miedo incluso a las mujeres, a las que prefieren sumisas y
obedientes como antiguas monjas de clausura (con excepciones como Sta. Teresa) antes que eclesiales de pleno derecho, a las
que prefieren como gente que escucha y cumple antes que sentarse con ellas en
la misma mesa, de igual a igual, en la misma jerarquía que ellos, compartiendo
decisiones e incluso llevándoles la contraria (¡hasta ahí podíamos llegar!).
Tal vez influya en ello el hecho del celibato ordenado que ha marcado distancia
entre los dos sexos en
- Supongo que habrá también quienes tengan miedo a abandonar palacios episcopales e ir a vivir a una simple vivienda en un barrio, tal vez porque están tan acostumbrados a que todo lo doméstico se los den hecho que no se atrevan a vivir así, a la “intemperie”, teniendo que organizar su economía doméstica, yendo a comprar, teniendo que cocinar, fregar, limpiar, lavar, planchar y lo que se tercie.
- Muchos parecen tener miedo a la pérdida de poder en nuestra sociedad, a llegar a ser irrelevantes, y por eso no se esfuerzan en reforzar la democracia sino en ir hacia una sociedad estamental con distinciones.
- Otros muchos nos dan la
impresión de que viven la contradicción de pedir más democracia en la sociedad
y negarla en el interior de
Y
así podríamos ir siguiendo porque no he pretendido ser exhaustivo en la
enumeración de miedos y prevenciones. Perdonad, queridos amigos obispos. Ya sé
que yo soy mucho peor que vosotros, que escandalizo, que me iré derechito a los
infiernos si es que no estoy ya en ellos metido de cabeza. Pero no es ésa la
cuestión. Lo que nos interesa a toda
Yo os supongo con bastante más sentido común que yo, pequeño provincianito metido en una sencilla parroquia de barrio, pero, ¡por Dios!, ¡haced uso de él! ¿Por qué insistís en ilusas soluciones que han demostrado su ineficacia? ¿Pero no queréis daros cuenta, por ejemplo, de que ya nadie en nuestras diócesis quiere ser cura? Y ante eso ¿la solución es importar curas de allende los mares o fronteras? Bienvenido sea toda aquella persona que quiera colaborar, proceda del país que proceda, pero ¿no habría que buscar nuevos cauces para el acceso al sacerdocio, primando especialmente las comunidades ya existentes en nuestras diócesis, y sin poner necesariamente las condiciones actualmente exigidas? Pero, ¿no queréis daros cuenta de que vuestro prestigio como colectivo está por los suelos, que cada vez que habláis para impartir doctrina ahuyentáis a mayor número de posibles creyentes? Pero, ¿no os dáis cuenta de que incluso producís irritación? Insistís en las misas regidas milimétricamente por rúbricas que a muchos nos parecen sin sentido, con signos que no se entienden, con palabras que alejan el misterio en vez de acercarlo, y no os dais cuenta de que eso conduce al culto pero no a la auténtica religión vital que todos necesitamos. ¿Por qué insistís en vuestros títulos cuando en nuestra sociedad democrática eso resulta irrisorio cuando no irritante? No tenéis derecho a ellos porque Jesús los rechazaba. Y podríamos seguir con aplicar el sentido común (que en tantas ocasiones es el auténtico “sensus fidei” o sentido de la fe) a la lista de problemas que repetidamente y ya cansinamente os venimos presentando. Esto es tremendo. Perdonad. Os hablo así porque quiero que seáis obispos que rezumen Evangelio, fieles seguidores del Jesús que no vino a ser servido sino a servir, a anunciar el Reino de Dios en medio de nosotros, a hablar de misericordia, de paz, de justicia, de verdad y amor. Necesitamos obispos así y vosotros podéis serlo. Un abrazo y feliz año nuevo.
Pepe Nerín
7.1.2010