DOS MODELOS DE IGLESIA (1):
A) EL PRECONCILIAR
En la última reunión de Clubenitos, uno de los presentes aportó un folleto titulado algo así como “Misal breve” que contenía el texto de la misa en latín tal como se celebraba antes del Concilio Vaticano II. El folleto no llevaba ninguna indicación acerca de quiénes lo publicaban, ni dónde, ni cuándo, ni licencias eclesiásticas, ni nada. Un escrito anónimo, aunque impreso a todo color, con ilustraciones y papel de calidad. En la portada se veía a un sacerdote “diciendo” misa de espaldas al pueblo y con una barrera a poca distancia que le separaba de los “fieles”, los cuales no aparecían. Recordé mis tiempos de alumno en aquellas misas del colegio de los Escolapios de Barbastro en que imaginábamos carreras entre la misa del altar mayor y las de los altares laterales. Rememoré los “Introibo ad altare Dei”, “ad Deum qui laetificat iuventutem meam”, y tantas otras expresiones latinas aprendidas de memoria.
Está claro que la tal publicación forma parte de una descarada ofensiva de las fuerzas ultrarreaccionarias eclesiales, favorecidas por la permisividad del actual Pontífice respecto a liturgias ya superadas y perfeccionadas por los nuevos misales postconciliares. Son los mismos que hacen campaña a favor de la comunión en la boca, condenando prácticamente al infierno a los que se atrevan a tomarla en la mano. Son aquéllos que están muy atentos a cualquier “desviación” de las rúbricas para denunciar al “malvado” sacerdote ante sus superiores. Son quienes, en definitiva, quieren volver a la misa en latín (incomprensible para los cristianos actuales), de espaldas al pueblo (como si el sacerdote fuera el único celebrante, igual que ocurría en los sacrificios de la antigüedad), y a la idea de la misa como sacrificio de Jesucristo para calmar la ira del Dios ofendido por nuestros pecados.
Todo esto ya lo vivimos hasta mitad de los años sesenta, alegrándonos posteriormente de los cambios conciliares que se produjeron y que ayudaron a comprender mucho mejor la celebración (en castellano), a participar en ella concelebrando todos, a comulgar con la vida y destino de Jesús, a unir más la fe y la vida. ¿Por qué, entonces, hay ahora fuerzas poderosas (impulsadas, naturalmente, por jerarquías influyentes) que intentan volver a lo que ya quedó superado, a unas misas aburridas y oscuras, puro rito sin alma ni vida, a un “oir misa”, la misa del cura (que incluso llegó a celebrarse sin pueblo)?
Es indudable que detrás de esta
“lucha” por una restauración litúrgica, hay, sobre todo, un concepto de Iglesia
para el cual la menor “apertura” o, dicho con expresión de los años sesenta, el
menor “aggiornamento”, es decir, puesta al día,
resulta blasfemo y traicionero. No les basta con que
Hasta tal punto predomina este
modelo preconciliar que muchos desde fuera lo asumen
como si fuera el único modelo posible de Iglesia, de ahí que, confundiendo la
parte con el todo, lancen sus críticas a
Por todo ello es necesario delimitar los terrenos, las ideas y las actuaciones. Es imprescindible deslindar campos, proyectos y esquemas. Hay que retratar muy claramente las posturas de cada cual, las motivaciones e intereses que están detrás (y que no quieren reconocerse porque quedarían con el culo al aire) para no llamar divino a lo que es muy terreno, ni querido por Jesucristo a lo que es querido por cuantos sacan tajada del asunto. De ahí que me propongo desmenuzar el modelo predominante, presentando al mismo tiempo la alternativa posible que considero, desde mi pequeñez, mucho más evangélica. Siguiendo el método weberiano del “tipo ideal”, iré esbozando una serie de características que lo caracterizan para poder de este modo confrontarlo más adecuadamente, aunque, inevitablemente, se pierdan matices en el intento.
A) EL MODELO PRECONCILIAR
Lo primero que llama la atención
es que los seguidores de este modelo, actualmente predominante entre quienes
dirigen
Su concepción de Iglesia es piramidal, arriba los que mandan y abajo los que tienen que obedecer. Les interesa la verticalidad, lo que viene de arriba, y no la horizontalidad, lo que llega desde las bases. Confunden muchas veces la voluntad de Dios con la suya propia o con la de sus superiores (¡cuántas veces un obispo o un nuevo párroco exclaman ante sus nuevos fieles al llegar a su lugar de destino aquello de que “Dios ha querido enviarme a vosotros”!). Defienden una jerarquía estricta. En la cúspide se encuentra el Papa, con todo el poder, lo cual deriva en papolatría, es decir, culto a la personalidad del Pontífice, considerado delegado de Jesucristo en la tierra, infalible (a no ser que afirme algo que no les gusta, que no coincida con sus intereses). Los obispos quedan convertidos en meros delegados del Sumo Pontífice, lo cual no obsta para que en sus diócesis puedan actuar como señores feudales. Defienden una estricta separación entre clérigos (superiores en estatus) y laicos, los cuales tienen que comportarse como meros receptores pasivos de lo que les ordenan los primeros. Por supuesto que no se admite la corresponsabilidad (¡no digamos la democracia, palabra maldita!): el cura es quien decide y punto puesto que tiene un carácter sagrado (antes se les besaba la mano). Pero si el cura es izquierdoso, entonces la crítica es implacable porque se critica a un supuesto “traidor” que no sigue la verdadera línea.
No es de extrañar, teniendo en
cuenta lo anterior, que la imagen que mejor cuadre a
La idea de ejército nos conduce a
la de uniforme. De ahí que propugnen
una Iglesia uniformada (a la romana), en la que todos pensemos lo mismo, nos
comportemos de la misma manera, sigamos un mismo modelo cultural. Durante
siglos se ha intentado imponer por la fuerza de los decretos un etnocentrismo
europeo occidental y latino, cargándose cualquier intento de traducción de
nuestros esquemas a las culturas de otros pueblos, cualquier proceso de inculturación. Y la idea del uniforme se aplica también a
la vestimenta de las personas consagradas: debe quedar muy claro a través de
sus hábitos que son personas “separadas”, “elegidas”, “elevadas a un rango
superior”, “intercesores privilegiados ante Dios”, “casta superior no
contaminada por este mundo”. Tienen que vestir de curas-curas, no como si
fueran obreros o gente vulgar, o de monjas-monjas, no como meras mujeres
dedicadas a labores menos dignas. Los así uniformados suelen ser clérigos muy
estrictos y puntillosos en este tema, muy pulcros (sin el polvo de los
caminos), muy orgullosos de su supuesta elegancia (donde esté una sotana bien
cortada y bien llevada…), al tiempo que muy ridículos (¿quién no recuerda la
enorme cola roja que lució uno de nuestros cardenales en una ceremonia en la
que se resaltaba su condición de “príncipe de
Pero por encima de esta supuesta
“ortopraxis” (recta conducta) se destaca la “ortodoxia” (ideas verdaderas o recta
verdad), lo que ha impulsado una Iglesia dogmática que se considera a sí misma
en posesión de
Todo este entramado tiene una
concreta traducción en el plano político
y justificó la creación del Estado Vaticano, con el Papa como Jefe de Estado
que dispone de embajadores (nuncios) en los diversos países a través de los
cuales trata de influir en sus políticas así como de controlar a los obispos
para que sigan las directrices pontificias sin rechistar. En torno al Jefe del
Estado se encuentran los diversos Ministerios (dicasterios) que conforman en
Roma una poderosa Curia que impone sus criterios a toda
Digamos igualmente que no han
abandonado la idea de Iglesia de Cristiandad,
dominante en una sociedad oficialmente llamada cristiana, en la que todo el
mundo era cristiano o al menos lo aparentaba, en que no había necesidad de
convertirse porque se nacía ya en un ambiente y con unos condicionamientos
culturales marcados por
Si de la organización pasamos a
cuestiones más cercanas a la vida cotidiana, hemos de fijarnos ante todo en su idea de Dios como Juez terrible y
severo que puede castigarnos con las penas del infierno. Se trata de una vuelta
al Dios del Antiguo Testamento y, además, interpretando literalmente los
textos. Hay que amarle pero, sobre todo, temerle. Es el Todopoderoso, el que
rige los destinos del mundo, de ahí que predomine en este modelo la oración de
petición, tratando de obtener favores ya sea directamente de Él o por medio de
intermediarios (
La misa es el sacramento por excelencia en el que puede observarse de
manera privilegiada todo lo anterior. La estructura jerárquica lo envuelve todo, distinguiendo claramente
los planos: el presbiterio (en un plano superior) del lugar de los fieles, el trono del obispo (el más elevado) y los asientos de los sacerdotes (en un plano intermedio), las solemnes vestimentas del clero frente
a los trajes civiles del resto de los asistentes, etc.
En lugar de gozosa celebración colectiva
la transforman en un acto individual de piedad devocional, recomendado diariamente
como quien recomendara el rezo del rosario, en el que cada uno puede prescindir
de cuantos tenga a su lado porque sólo interesa la comunicación individual del
fiel con su Dios (de ahí que tantas personas, sobre todo mayores, se dediquen
durante la misma a rezar sus oraciones particulares). No se trata de celebrar
gozosamente la muerte y resurrección de Jesucristo, así como de comulgar con
Él, con su vida, mensaje y destino que nos envía a anunciar el Reino de Dios
impulsados por su Espíritu, sino de considerar la misa como sacrificio de
expiación por nuestros pecados (recordemos una vez más la desdichada idea
teológica de aplacar la ira de Dios ya mencionada). Y es que el pecado ocupa
una posición central en todo este entramado: somos pecadores sin remedio,
aunque, paradójicamente, podamos asegurar nuestra salvación con nuestro
esfuerzo a base de prácticas ya sea de mortificación corporal (ese cuerpo
considerado malo, sobre todo por su dimensión sexual, siempre materia de pecado
grave, y ante el que hay que recelar y dominar), ya sea a base de prácticas devocionales o de religiosidad popular como novenas,
rosarios, procesiones, etc. Más que rezar lo que hacen es repetir y recitar
oraciones aprendidas en tiempos atrás. Siempre se dijo que vivimos en un valle
de lágrimas (recordad la oración de
Volviendo a la misa, se prefiere la solemnidad (muchas velas, muchas cruces, mucho incienso, mucho acólito, mucha campanilla, muchos signos de poder sagrado), el hieratismo (no expresar en absoluto los sentimientos), la frialdad (como si no interesara nada de lo de alrededor), antes que vivirla como un banquete y una fiesta popular. Lo importante en este modelo es seguir las rúbricas y no salirse un ápice de ellas, en lugar de dejarse llevar por el Espíritu. Se concede mucha importancia a las posturas corporales, tanto a las del sacerdote (la perfecta colocación de las manos, las inclinaciones, etc.) como a las de los fieles, aunque no a todas ellas sino a las que expresan sumisión como el estar de rodillas, comulgar en la boca, genuflexiones… (algún obispo de nuestras Diócesis llegó a detener la misa en la consagración para mandar que todos los asistentes se pusieran de rodillas). Lo importante es, sobre todo, pronunciar bien las palabras de la consagración, casi como si de palabras mágicas se tratara. Y, por supuesto, los asistentes no son comunidad celebrante sino fieles cuya principal respuesta debe ser el “amén” (que así sea).
Para este modelo hay que establecer una radical separación entre lo sagrado (lo verdaderamente importante) y lo profano (lo contaminado y débil). La misión de la religión es sacralizarlo todo, terreno en el que lógicamente dominan las personas consagradas, fundamentalmente los clérigos. Humanizar no les interesa porque para ellos lo humano está contrapuesto a lo divino y es despreciable. Pasan por encima de los problemas vecinales para no contaminarse con cosas “non sanctas”. De ahí que los Derechos Humanos se defiendan tan sólo teóricamente (quedaría mal otra cosa sobre todo en pleno siglo XXI) y para ser aplicados fuera de la organización eclesial, no teniendo nada que decir en el interior de la misma que sigue sus propias reglas y normas que discriminan a los fieles. De ahí que no estén por practicar la justicia sino más bien la “caridad”, y ésta no como “amor” que es su significado original, sino como paternalismo que palía necesidades inmediatas de los pobres sin preguntarse por sus causas y sin tratar de cambiarlas. Y no son, lógicamente, ecologistas pues ellos están interesados no en la tierra, espacio común de convivencia de la humanidad, sino en el cielo, a donde piensan ser llevados sólo los que han sido buenos como ellos, los de siempre.
Digamos, finalmente, que este modelo mantiene un dualismo extremo. Todo es blanco o negro, bueno o malo, sin matices intermedios. Buscan la seguridad (porque tienen muchos miedos, aunque no los reconozcan) frente al riesgo, por lo cual se aferran con todas sus fuerzas a la norma, a la ley, a una estricta moralidad fijada y cuantificada en todos sus términos. No son nada flexibles y cuando ven amenazada su seguridad (sus ideas, sus comportamientos de toda la vida, sus esquemas mentales) reaccionan con agresividad, sin piedad e insultando (no hay más que ver los groseros epítetos que utilizan en sus invectivas anónimas en Internet) porque temen que se les hunda el suelo bajo sus pies, toda la gran estructura monolítica de sus creencias y comportamientos. No practican el diálogo sino la condena sin paliativos. No son precisamente pacifistas sino todo lo contrario, y suelen ser impulsores de los nacionalismos o particularismos más cerrados.
Y así podríamos seguir, aunque no acabaríamos nunca de completar las características propias de este modelo. Pienso, no obstante, que con lo apuntado hasta ahora, sus perfiles resultan bastante nítidos. Reafirmo, al mismo tiempo, que este “tipo ideal” (que siempre es una estilización de lo real), como cualquiera de ellos, nunca se da en estado puro en la realidad. Todos participamos o en algún momento hemos participado de alguna de sus características, porque la realidad es siempre una gama, una escala y no una dicotomía cerrada. Nos ha marcado a unos más (a los mayores) y a otros menos. Hemos tenido que hacer un esfuerzo mayor o menor para irnos deshaciendo de él (los que lo hemos intentado). Pero, sobre todo, lo cierto es que ha marcado y sigue marcando profundamente a nuestra Iglesia.
Este modelo ha sido vivido contradictoriamente por muchos de sus sostenedores. Pensemos, por ejemplo, en la hipocresía subyacente en sus consideraciones sobre la “bajeza” moral de este mundo y el deseo de ocuparse sólo de las cosas del cielo, al tiempo que se disfruta ampliamente de las riquezas y placeres de este mundo (incluidos los sexuales en sus facetas más pervertidas como la pederastia), las cuales se hacen compatibles con una espiritualidad angelical que sobrevuela los problemas humanos sin contaminarse. Este mundo será considerado como un “valle de lágrimas”, pero lo cierto es que lo es para unos pero no precisamente para otros, para los que siempre se benefician.
¿A QUIÉN INTERESA ESTE MODELO?
Al principio me preguntaba quién
sostiene este modelo, aparentemente tan alejado de la mentalidad y sensibilidad
de una sociedad actual que ha dejado muy atrás
A mi entender, apoyan este modelo
los que lo han vivido siempre y de buena fe porque así se los inculcaron ya
desde pequeños y desde aquellos púlpitos desde donde pontificaban tantos
clérigos; los que tienen miedo a la libertad, a ser responsables de sus propias
decisiones, y necesitan que alguien les diga claramente lo que tienen que hacer
y les dé seguridad; los que han optado por él en un momento en que sus vidas
entraron en crisis y necesitaron algún tipo de agarradero; y, sobre todo, los
que se sirven de él para mantener sus privilegios ocupando los mejores puestos
en la organización eclesiástica. Organizaciones poderosas como el Opus Dei o
los Legionarios de Cristo, así como en general los llamados “nuevos
movimientos”, son acérrimos partidarios de este modelo, no sólo en sus propias
filas sino extensible a toda
Acabo con aquel dicho popular que
afirma: “éstas son lentejas, si las quieres las tomas y si no las dejas”. Así
se nos suele responder desde este modelo a quienes intentamos desde nuestra
debilidad y humildad intentar cambios transformadores en nuestra Iglesia. Han
sacralizado este paradigma y quieren hacérnoslo tragar como el auténtico modelo
evangélico de Jesús. Pero no es verdad. Este modelo no se apoya en el Jesús de
los Evangelios, que vino a servir y no a ser servido, que nos invitó a ocupar
los últimos lugares y a huir de toda pretensión de poder. Éste es un modelo de
dominio de una parte de
Existe alternativa y sus líneas principales intentaré exponerlas en el siguiente editorial.
Pepe Nerín
16.9.2010