DOS MODELOS DE IGLESIA (y 2):

B) LA ALTERNATIVA

 

Si el modelo anterior se desarrolló en un contexto autoritario, de unión del Trono con el Altar, de absolutismo monárquico eclesial, la alternativa (que es más bien un retorno a los orígenes del Cristianismo vivido desde la situación actual) se ha ido desarrollando en un contexto democrático, de respeto de los derechos humanos y del descubrimiento de un Jesús que se dirige fundamentalmente a los pobres que son a los que prioritariamente debe ser anunciado el Reino de Dios. En el caso de España, el modelo preconciliar se encontró perfectamente acoplado a una sociedad nacional-católica desplegada durante el franquismo, mientras que la alternativa se fue asentando tras el Concilio Vaticano II y la instauración de la democracia en nuestro país. Por esta razón no es de extrañar que los seguidores de este modelo se encuentren más bien entre personas más escoradas hacia la izquierda política, si bien, y a diferencia del anterior, el arco político es mucho más amplio, extendiéndose hacia el centro e incluso hacia la derecha (la llamada “civilizada”), ya que abarca a mentalidades que desean una Iglesia más a tono con los tiempos actuales y no anclada en unos tiempos ya superados por la inmensa mayoría de la población. No es, por consiguiente, la política la que establece la línea divisoria sino el deseo de modernidad.

 

Frente a la concepción piramidal del modelo anterior, se subraya la idea conciliar de Pueblo de Dios en que lo fundamental es la igualdad de todos a causa del bautismo mientras que lo secundario son los diversos ministerios eclesiales. Lo primero, por tanto, y lo que nos iguala es ser cristianos, y lo secundario es que un cristiano sea obispo, seglar, papa, catequista, cura, etc. Estos ministerios deben estar al servicio del bien común, del Pueblo de Dios y no al revés. Intenta conjugar la verticalidad (pero tanto de arriba abajo como al revés) con la horizontalidad. No rechaza un orden jerárquico pero situado no en una pirámide sino en círculos concéntricos, todos en torno no al Papa sino a Jesucristo, alfa y omega, principio y fin de la Iglesia; una “jerarquía” que, a pesar de que el nombre significa “poder sagrado”, prescinde del poder y se basa en el servicio como actitud sacral. El Papa es el obispo de Roma, el mayor entre sus hermanos obispos, pero éstos son corresponsables con él de la marcha de la Iglesia y no sus peones. Se opone a la separación entre el clero y un laicado con un papel activo y responsable. Son partidarios de una organización democrática (sabiendo que se trata de seguidores de Jesucristo que es quien marca el punto de partida, el de llegada y el estilo del caminar, que no pueden ser sometidos a discusión) frente a la monarquía absoluta actual y se preguntan por qué no puede aceptarse el sistema democrático (mucho más cercano al modo de funcionamiento de las primeras comunidades en los primeros siglos) cuando sí se aceptó el monárquico. Se oponen por tanto a los nombramientos a dedo por parte de un poder superior sin intervención del pueblo seglar. Comunión (en las dos direcciones: con el obispo y de éste con los diocesanos) y corresponsabilidad de todos son sus señas de identidad en este terreno.

 

No se trata de ser como un ejército, primando el mando, la obediencia y la disciplina, sino de formar comunidades de hermanos que tratan de apoyarse en el seguimiento de Jesús, el cual es el único Maestro. La crítica como corrección fraterna forma parte del modo normal de proceder, así como la reunión en asamblea para resolver los problemas, obedientes a la inspiración del Espíritu. El “superior” no siempre tiene razón y hay que hacérselo notar.

 

Frente a la uniformidad que acaba con las particularidades se destaca la inevitable pluralidad, según aquello de unidos en lo esencial pero libres y tolerantes en lo demás, tratando siempre de ponernos de acuerdo por amor. La diversidad enriquece al conjunto. La encarnación en las diversas culturas es un principio irrenunciable. No se trata de marcar diferencias entre nosotros sino de vivir sin distinciones, como lo hace la gente común. Por lo cual resulta fuera de lugar la utilización de vestimentas como la sotana o hábitos religiosos que puedan sugerir cualquier tipo de superioridad sacral: lo mejor es la sencillez y la acomodación a los usos normales de la población civil.

 

Por encima de la “ortodoxia” (sobre todo cuando ésta se presenta como pretensión de poseer la verdad) está la “ortopraxis”, es decir, vivir evangélicamente al estilo de Jesús. Ponen mucho menos énfasis en los dogmas, que son muy pocos y, además, no deben ser asumidos al pie de la letra, usando terminologías de otras épocas, sino reinterpretados, máxime cuando rechazan la interpretación literal de la Biblia. No poseemos la “Verdad” sino que debemos estar siempre en actitud de buscarla y, además, junto con nuestros hermanos de otras confesiones religiosas. De ahí que el ecumenismo se entiende como encuentro y no como sumisión, como darnos la mano para seguir juntos el camino de Jesucristo. Fuera de la Iglesia también hay salvación, como reconoció el Vaticano II, hay ideas muy interesantes, hay aportaciones que nos pueden hacer mucho bien. Por eso la actitud intelectual ante ideas distintas no puede ser la del recelo ni mucho menos la condena a priori sino el diálogo, especialmente conveniente en el interior de la Iglesia para que la teología no se convierta en esclava o mero eco de las ideas de la jerarquía, como ocurre actualmente.

 

Se oponen a confundir el plano político con el religioso, de ahí que sean sensibles al “escándalo” que para tanta gente supone el Estado Vaticano, sus riquezas, su poder e influencia política en el plano internacional. El Papa no debe ser un Jefe de Estado, ni disponer de embajadores, ni apoyarse en un aparato burocrático esclerotizado y siniestro. Se impone una simplificación de la Curia y una democratización de la misma, siendo controlada por las diferentes comunidades y no al revés. Es necesaria una democratización en la elección del Papa, de los obispos y de los párrocos; sobran los cardenales nombrados a dedo, que pueden ser sustituidos en un primer momento por los presidentes de las Conferencias Episcopales de cada país. El Papa debe visitar las diversas Iglesias no como Jefe de Estado (con todos los gastos y la pompa que ello conlleva) sino como Obispo que visita a sus hermanos, por lo cual debe utilizar los medios de transporte normales para el resto de los mortales. La época de los partidos políticos confesionales (democracias cristianas) ha sido ya superada y los católicos deben participar en los diferentes partidos, sobre todo en aquéllos que defiendan con más intensidad los derechos de los pobres. La Iglesia no debe tratar de influir en los parlamentarios sino respetar los diversos planos.

 

Ya terminó la Iglesia de Cristiandad y vamos entrando en una Iglesia de diáspora, una Iglesia que ha dejado de ser prepotentemente mayoritaria y que está formada por minorías de ciudadanos que tratan de vivir su fe con humildad y ser fermento en el interior de la sociedad. No se es partidario de las grandes masas o concentraciones (que siempre destilan un tufillo totalitario) sino de los pequeños grupos de iguales, sin paternalismos, en los que todos aprenden unos de otros tratando de profundizar en las enseñanzas del único Maestro. Se rompe la dualidad jerarquía-laicos y se prefiere la de comunidad-ministerios en la que todos somos adultos y tratados como tales. Se rechaza cualquier tipo de machismo y se defiende el acceso de las mujeres a cualquier tipo de responsabilidad dentro de la Iglesia. Se quiere una Iglesia que opte preferentemente por los pobres, al igual que Jesús, que les acompañe en su promoción y no sometida a los intereses de los poderosos.

 

Dios en este modelo no es un Juez terrible sino el Padre del hijo pródigo, que no quiere condenar sino salvar y ayudar. No es el Todopoderoso (como culmen de poder) sino el que necesita de nuestra ayuda. La “Virgen” es María, la madre de Jesús, una creyente imitable precisamente por eso. Los santos son modelos de creyentes que nos han precedido (son muy escépticos respecto al modo de realizar las canonizaciones que siempre favorecen a quienes tienen detrás una potente organización que se hace cargo de los gastos). Se busca a Dios en lo sencillo, en la vida cotidiana, lejos de lo teatral maravilloso. Frente a las actitudes mágicas, que intentan manipular a Dios, se opta por la adoración, el reconocimiento de Dios como Misterio de Amor ante el que hay que quitarse el sombrero dada la admiración que nos produce su inmensa generosidad.

 

Hay que ir hacia una fe adulta y madura, de acuerdo con nuestra situación de mayores de edad. Nada de fanatismos sino personas que confiesan su fe con humildad y que tratan de dialogar desde sus convicciones respetando a los demás. Una fe que hay que cuidarla, vivirla, experimentarla, profundizarla, de ahí la necesidad de formación permanente para entender mejor a Dios desde la realidad humana en la que nos encontramos (por ello no es muy partidario de catecismos que reducen a fórmulas lo que tiene que ser vida). Una espiritualidad, por tanto, que pisa tierra y trata de descubrir en medio de la realidad y de los problemas comunes de cada día al Dios escondido y que sale a nuestro encuentro. La fe se prueba en el compromiso transformador de la injusta realidad, en la opción concreta y real por los más pobres.

 

La misa tiene que ser una gozosa celebración colectiva de la muerte y resurrección de Jesús, de su vida que nos salva indicándonos el camino hacia la felicidad que supone la unión con el Padre y en Él con los demás a través de su Espíritu. No es una devoción individual sino una celebración colectiva. Frente a la noción de “sacrificio” se destaca la de “banquete” al estilo de las comidas de Jesús, símbolo de fraternidad e igualdad y de participación en un mismo destino. No es el pecado lo importante sino la gracia de Dios que lo desborda todo. La vida no es para mortificarse sino para resucitar, incluido nuestro cuerpo con toda su dignidad que se extiende así mismo al sexo. La alegría y la fiesta son signos de resurrección, el pesimismo no es cristiano porque reniega de la esperanza. La oración es contemplación, meditación sobre la Palabra de Dios en nuestra vida, aceptación, entrega, con palabras tomadas de la Biblia o de nuestras experiencias, palabras que nos salen de dentro, silencios respetuosos o expectantes.

 

Lo importante no es la solemnidad, el boato litúrgico sino la sencillez, la cercanía, la comunicación y el amor mutuo. Lo importante no es seguir las rúbricas al pie de la letra sino la flexibilidad de acercarse a la realidad y tratar de expresar lo que el pueblo siente, sus alegrías y sus penas. Lo importante no es la separación sino el darnos las manos unidos al resucitado. Lo importante es con-celebrar todos juntos, participar, comprometernos juntos a la luz de la Palabra de Dios. Lo importante no es la forma de comulgar (aunque hacerlo en la boca no da idea de personas adultas) sino el unirnos a Jesús, su vida y su destino.

 

Jesús rompe con la estricta separación entre sagrado y profano, y eso es lo que hace este modelo, ya que en cualquier espacio y lugar puede adorarse al Dios de la vida. No hay personas sagradas frente a otras que no lo son. Todos estamos consagrados a Dios, todos estamos llamados a servir a los demás. De ahí la necesidad de ayudar a la “humanización” de la sociedad, contribuyendo con ello a su evangelización ya que desde la encarnación de Jesús todo lo humano se ha hecho divino y en lo humano encontramos al Dios que diviniza. El compromiso solidario, por tanto, es fundamental y signo eficaz del amor a los demás. La defensa y promoción del reconocimiento de los Derechos Humanos, también en el interior de la Iglesia, es una tarea irrenunciable. La justicia y la caridad-amor se dan la mano y no pueden prescindir la una de la otra. Son ecologistas en el sentido de tratar de hacer de la tierra un lugar habitable para todos.

 

Rechazan los dualismos simplificadores de la realidad y que acaban por ser injustos. Nadie hay bueno ni malo, todos somos mezcla y la cizaña convive con el trigo en la sociedad y en cada uno de nosotros. Lo importante no es la seguridad egoísta que se enroca a la defensiva sino el riesgo de la fe que nos hace salir de nosotros mismos. Las normas deben estar al servicio de los creyentes y no al revés. La flexibilidad y la creatividad son imprescindibles en un mundo tan en cambio rápido como el nuestro. Y el pacifismo y la dimensión universalista (no encerrada en patrias excluyentes) son la lógica consecuencia del respeto mutuo y de no querer imponer nuestros puntos de vista.

 

Este modelo está siendo vivido pacientemente por cuantos creyentes no se resignan al modelo preconciliar y creen que otra Iglesia es posible. No una Iglesia que quiera empezar de cero y rompa radicalmente con todo lo anterior, sino una Iglesia que vuelva sus ojos hacia Jesús y su Evangelio como su principal punto de referencia. Tras el Concilio pareció posible pero pronto fueron ahogadas casi todas las esperanzas y además por ordeno y mando. Llevamos muchos años, por tanto, aguardando una nueva primavera que, sin duda, acabará por producirse, aunque no sé si los actuales la veremos.

 

¿A QUIÉN INTERESA ESTE MODELO?

 

A mi entender, este modelo tendría que interesarnos a todos, ya que es mucho más evangélico que el preconciliar. Pero no todo el mundo lo entiende así o tiene la suficiente libertad para manifestarlo. Y hay fuerzas muy poderosas en las altas esferas eclesiásticas que lo combaten con saña, conscientes de que perjudica claramente sus intereses no precisamente santos. En cambio, interesa especialmente a cuantos no han perdido la esperanza, como acabo de mencionar en el párrafo anterior. A cuantos se alegraron con el Concilio Vaticano II y desean-confían en que sus resoluciones se lleven a la práctica. A cuantos continúan en la Iglesia, a pesar de los desconciertos que les crean tantas orientaciones y disposiciones oficiales. A quienes se sitúan en la frontera a la espera de signos positivos que les afiancen sus deseos de permanencia a pesar de todo. A cuantos han sido capaces de fundirse con el pueblo y ser uno más, actuando como buena semilla. A cuantos, fuera de la Iglesia, desearían una Iglesia evangélica con la que colaborar codo a codo para mejorar nuestra sociedad. A cuantos, a derecha e izquierda, piensan que el modelo preconciliar está agotado y que su permanencia pone en peligro la viabilidad de nuestra Iglesia.

 

Acabo, dejando de lado el dicho sobre las lentejas, mencionado en mi anterior editorial. Tampoco recurro al de “habas contadas”. Prefiero lo de la multiplicación de los panes y los peces, prefiero apostar por lo que en el momento actual parece casi imposible. Prefiero ir más allá de una realidad eclesial con unas sombras muy potentes, aunque, eso sí, con signos de vida en la base que renuevan la esperanza. La alternativa, por tanto, es no sólo posible sino evangélicamente deseable.

 

Pepe Nerín

17.9.2010