MISA Y COMIDAS (1ª PARTE)

(Luis Maldonado)

(Extractos del libro "Eucaristía en devenir")


EL SENTIDO HUMANO DEL COMER


Hay una triple dimensión en el comer. Es, ante todo, un hecho humano. Pero es también -puede ser- un hecho sagrado. Finalmente, puede convertirse en un hecho evangélico. Por otra parte es muy distinto el acto de la comida en una familia burguesa urbana o bien en un ambiente campesino de carácter rural. Y actualmente todos lamentan el predominio de las "comidas de trabajo", del autoservicio, de la comida rápida, etc., que desfiguran gran parte del significado existencial del comer.

El comer expresa una comunicación con la tierra de la que provienen el manjar y la bebida. Al mismo tiempo, la tierra y el cosmos son a su vez símbolos máximos de vida.

La comida-bebida es expresión de dependencia, de que somos criaturas. Por esta acción manifestamos y experimentamos que necesitamos salir de nosotros mismos para subsistir.

El comer es también signo eficaz de comunicación entre humanos porque de por sí se tiende a comer-con y no a solas, de ahí la tristeza que conlleva el comer en solitario. Comer con otros, beber juntos, es expresión de nuestra unidad de origen y de nuestra solidaridad en la condición humana.

Comer es muchas veces el resultado de un acto de convidar. la comida se convierte en convite. Es un paso más sobre el comer juntos. Es un compartir repartiendo, donando.

Pero el comer juntos no es sólo el acto de dos personas que se sientan a la misma mesa, invitada la una por la otra. Es frecuentemente la acción de un grupo humano. Como dicen los antropólogos, el comer juntos significa sellar la unión del grupo (la familia, la aldea, el barrio, la tribu...). Puede tener un carácter popular. Pensemos en ciertas fiestas, romerías, peregrinaciones. Todos se sientan y congregan en la misma plaza, en el mismo lugar, alrededor del mismo yantar. Así del yantar comunitario o vecinal surge realmente la comensalidad y la convivialidad. Todos tienen los mismos manjares, la misma bebida. Quizá la misma copa (o bota o porrón) va pasando de mano en mano. A todos invade un mismo sentimiento de alegría. Se contagian todos del mismo afecto. Hay confianza.

El pan ha sido siempre el alimento fundamental en la cultura mediterránea. o bien acompaña la comida de otros platos, o bien es el plato único. El vino es la bebida fundamental. El vino significa no sólo la tierra (como el pan) sino muy especialmente el sol que caldea la vid, las cepas, los pámpanos, los sarmientos que hacen brotar cada uno de los granos de la uva.

Pero todo lo dicho sólo es realidad cumplida si la comida es real, si el pan es pan de verdad, si el vino es bebido. Quiere decirse: que sea así y que aparezca también así. Y justamente no es eso lo que sucede en nuestras misas. Ni el pan parece pan ni se come realmente, ni se bebe el vino. Las "formas" son pan desde el punto de vista químico, pero no lo parecen en absoluto. Y el vino, de hecho sólo lo bebe el cura. La comunión bajo las dos especies apenas se practica. Se necesitan cambios importantes para que la eucaristía sea realmente un comer y un beber.


LAS COMIDAS DE JESÚS


En la Eucaristía cristiana culmina todo un conjunto de experiencias sobre el comer. La Eucaristía aparece de modo explícito por primera vez en la Última Cena, pero de forma implícita, como preparatoria, nos sale al encuentro mucho antes: las llamadas "comidas de Jesús" son como su gestación. Hasta hace poco la teología sólo analizaba la Última Cena, pero en los últimos tiempos la ha puesto en contacto con las otras comidas de Jesús ya que éstas tienen también muchos rasgos eucarísticos. Y no podemos olvidar la conexión de todas ellas con el banquete del Reino, el banquete del final de los tiempos.

Los textos más explícitos sobre la relación entre Reino y comida o banquete son los siguientes:

- "Os aseguro que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de los Cielos con Abrahán, Isaac y Jacob" (Mt 8,11; Lc 13,28).

- "Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros como mi Padre lo dispuso para mí, a fin de que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino" (Lc 22,28).

- "Uno de los convidados... dijo: Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios" (Lc 14,15).

- "Las gentes... le seguían, y él [Jesús], acogiéndolas, les hablaba del Reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzó a declinar... Él les dijo [a los Doce]: Dadles de comer" (Lc 9,11-13).

- "Se les apareció durante cuarenta días hablándoles del Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos... le preguntaron: ¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?" (Hch 1,3.4.6).

Podemos afirmar, dice J. Jeremías, que la Eucaristía cristiana arranca de la comensalidad del Jesús histórico y hunde sus raíces en la prácticas de Jesús de celebrar comidas con todo tipo de personas. Todas estas comidas, añade J. Blank, no son algo secundario respecto de la predicación de Jesús sino que tienen relación directa con el núcleo de su mensaje, a saber, con el Reino de Dios. Son el signo que demuestra la cercanía del Reino. Son signo de amor y de perdón. Tras la resurrección de Jesús son, además, expresión de la alegría pascual, de que ha llegado el tiempo final. Lo nuevo que añade la cena eucarística (la Última Cena) a las otras comidas de Jesús es la referencia explícita a la persona de éste y, más en concreto, a su muerte salvadora. Mussner concluye que la esencia del Cristianismo es el comer con otros, la comunidad de mesa, la comensalidad, la comunión.

Para comprender mejor esto hay que tener en cuenta que los judíos de entonces no distinguían como nosotros entre comidas profanas y comidas religiosas o sagradas. Consideraban que toda comida, incluida la diaria y profana, poseía un carácter sagrado. Por eso iba unida inevitablemente a una oración de alabanza y de acción de gracias a Dios.

Los judíos rechazaban completamente comer juntos con los paganos porque toda comida y bebida suponían una comunidad íntima entre los participantes procedente del hecho de que era Dios quien invitaba. Y daban por supuesto que Dios no tenía relación con los paganos. Tampoco era posible comer con los pobres, ya que éstos ni guardaban ni podían guardar bien la ley respecto de los manjares puros e impuros. Pero Jesús se sale completamente de estas normas y practica lo que se conoce como la "comensalidad abierta": no sólo come con sus discípulos sino con los desclasados y se deja invitar por ellos. Esta conducta de Jesús era no sólo chocante sino escandalosa y provocativa, además de una especie de acto simbólico: a través de su contacto con Jesús, estas gentes aparecían como invitadas por Dios. Los parias de Israel, dice Crossan, son los compañeros y compañeras de mesa de Jesús. No se trataba de comidas de "beneficencia" como las que se hacen en nuestros tiempos (del tipo "ponga a un pobre a su mesa"). Se trata de comer con cualquiera e incluso dejarlo al azar (los que vengan), con una mezcla de clases, sexos, rangos y escalas o grados sociales. Jesús no acepta las distinciones de rango, de "honra" social, que en realidad son divisiones y discriminaciones. Por eso la sociedad le considera "des-honrado" y le critica e insulta llamándole "comilón y borracho". La comensalidad abierta cuestiona y niega rotundamente las distinciones jerárquicas discriminatorias, los compartimentos estancos de hombres y mujeres, pobres y ricos, judíos y gentiles. Jesús no exige a sus discípulos que vayan a la misión como mendigos ni les recomienda vivir de limosna. No se trata de eso. De lo que se trata es de la comensalidad, de compartir la mesa. Se trata de una estrategia destinada a rehacer la convivencia humana arraigándola en el espíritu del Reino.

Estos rasgos de las comidas de Jesús culminan en la Última Cena, donde Jesús ahonda aún más en la dinámica de igualdad, acercamiento y reconciliación entre todos que quiere comunicar a sus discípulos. Lo hace, sobre todo, a través de su actitud de servicio, que le lleva a realizar el lavatorio de los pies, un servicio de criados y aun de esclavos. Así rompe definitivamente todo jerarquismo discriminatorio. Así va preparando Jesús el terreno fértil con su propio ejemplo para que surja la Iglesia como una comunidad de iguales.

Los datos del Nuevo Testamento nos dicen que este mensaje eclesiológico-comunitario de Jesús, a partir de sus comidas, tan revolucionario para todas las organizaciones jerarquistas, bien de tipo clerical, bien de tipo civil, encontró una doble y encarnizada resistencia. En primer lugar, un sector de sus propios discípulos, entre ellos Pedro, incluso tras recibir el Espíritu Santo en el pentecostés pascual, se cerraron en banda a esta enseñanza de Jesús. Es lo que recogen con sinceridad admirable, sin ninguna autocensura, la carta a los Gálatas (2,11-14) y los Hechos (11,1-3).

La segunda oposición, más cruenta, vino del campo judío; es decir, del numeroso grupo que no aceptó a Jesús como el mesías, y un sector del cual acabó llevándolo a la cruz. Pues bien, diversos escrituristas afirman que uno de los motivos del juicio y condena a muerte de Jesús fue esa actitud suya de comensalidad abierta e igualitaria, por cuanto que subvertía muy profundamente el "status quo" de la sociedad a la que todos pertenecían. Lo afirma J.J. Karis cuando escribe: "Jesús fue crucificado por la forma en que comía".Evidentemente, esa "forma" no tiene que ver con una cuestión dietética, sino con el sentido social, revolucionario, de su actuar mesiánico.


LAS COMIDAS EN LOS EVANGELIOS


1) EVANGELIO DE MARCOS


La primera multiplicación de los panes tiene lugar en una zona en la que vivían judíos y la segunda en un lugar habitado sobre todo por paganos, en la Decápolis (Mc 7,31-8,1). En el primer relato se repite dos veces que el episodio tiene lugar en un "despoblado" (Mc 6,32-35). Luego se narra cómo Jesús, caminando sobre las aguas, ayuda a los discípulos a realizar la travesía del lago (Mc 6,48-53). Son dos rasgos que apuntan al sentido pascual del conjunto. Como en la primera Pascua Yahvé alimentó al pueblo en el desierto y le hizo atravesar el Mar Rojo, así ahora renueva los signos antiguos para actualizar la pascua salvadora.

Los gestos que Jesús realiza al repartir el pan son los mismos que describen los relatos de la Última Cena, cuando entrega su cuerpo. es decir, son claramente eucarísticos. Aluden a la relación entre esta acción de Jesús de multiplicación de panes y la eucaristía: tomar el pan (levantar los ojos al cielo), pronunciar la bendición, partirlo y repartirlo. De este modo, el evangelista nos da como una contraseña para interpretar la Última Cena en el sentido de la multiplicación de los panes, y la multiplicación en el sentido de la Cena. En ambos actos tenemos ese acontecimiento pascual de liberar, reunir, salvar, alimentar, curar, perdonar, vivificar.

El segundo relato nos da pistas claras para entenderlo en sentido ecuménico, universal. La comida mesiánica está destinada también a los paganos, a todos los pueblos. Además del dato geográfico, se nos dice que los invitados "han venido de lejos" (Mc 8,3), comen cuatro mil (el número simboliza los cuatro puntos cardinales) (Ap 7,1), se recogen siete canastas de trozos sobrantes (Mc 8,8), no doce como la primera vez (es otro número símbolo de totalidad, del conjunto de las naciones (Ap 5,6). Al relato de la segunda multiplicación de los panes sigue, como al primero, un episodio de Jesús navegando sobre el lago (Mc 8,13-21) en el que se dice que "sólo tenían un pan en la barca" (Mc 8,14): el pan único es Jesús, es decir, tras los panes de las comidas de Jesús está el mismo Jesús, su persona se hace presente en ellos, Él representa la novedad de vida. Más clara no puede ser la referencia a la eucaristía.

En el hecho de dar de comer se nos muestra a Jesús como portador de salvación, un portador que supera a todos los profetas del Antiguo Testamento. En Jesús y su acción están actuando la misericordia y la bondad de Dios como actuaron y se mostraron a lo largo de la historia del pueblo de Dios, pero especialmente en el desierto. El tiempo del desierto era considerado en el Antiguo Testamento y por los judíos piadosos de la época de Jesús como un período especial de salvación que habría de irrumpir de nuevo en los tiempos finales. Entonces se repetirían los signos de aquel período lejano, entre ellos el del maná. Se esperaba para entonces la aparición del pastor escatológico (del final de los tiempos). A la luz de estas expectativas, el relato de Marcos indica claramente que está llegando, acercándose los tiempos finales, y que Jesús es el profeta definitivo que realiza las antiguas acciones admirables, y aún mayores. Es el nuevo Moisés que sacia a su pueblo con pan y pescado (codornices procedentes del mar). Es el Mesías que conduce al pueblo como pastor.

En las primeras comunidades cristianas la comida comunitaria era el centro de la vida de la comunidad eclesial. Era una comida eucarística sacramental, pero que también estaba destinada a saciar el hambre comunitariamente. Se ve por 1 Cor 11,17-34 que cada participante debía llevar comida para luego compartirla con los demás. Así pues, uno de los fines era dar de comer a los pobres (a los que no tenían).

Hay, pues, un clima de expectación del final de los tiempos. El banquete que se celebra es un anticipo del banquete mesiánico definitivo, esperado sin demora. Y la desaparición del hambre, de la pobreza, es una de las señales mesiánicas más elocuentes al respecto (Hch 4,34; Dt 15,4).

Hasta ahora todo lo dicho se refiere al comer en el Evangelio de Marcos. No hemos dicho nada del beber. Y, sin embargo, el beber tiene también un papel destacado en este evangelista. No se trata sólo de la copa de la Última Cena, sino de otras copas que aparecen antes y después de la institución eucarística, pero que tienen relación con la de ésta. Jesús les descubre a sus discípulos, asustados y atemorizados (Mc 10,32) que el seguimiento consiste en beber la copa que él va a beber cuando le llegue la hora de la pascua (Mc 10,38-39). Aquí aparece, pues, la copa del sufrimiento, del dolor, de la pasión. Es la copa de la sangre que Jesús ofrece en la Última Cena (Mc 14,23-24). Aquí la copa eucarística y el bautismo, que se revelan en todo su realismo, distan mucho de ser meros ritos. Son hechos históricos, absolutamente dramáticos, que luego serán significados, rememorados, en el rito sacramental. El rito tiene, pues, una tremenda conexión con la vida. Simboliza y actualiza el compromiso supremo de entregar la vida para salvar y liberar a los que tienen hambre y sed de justicia (Mt 5,6). La copa reaparece tras la Cena, en el momento quizás más dramático de la vida de Jesús: su hora de Getsemaní. Es el tiempo de la agonía, de la lucha última, del desgarramiento, de la angustia mortal (Mc 14,36). La copa tiene aquí también un contexto litúrgico, oracional. Está presente dentro de la plegaria al Padre. Pero es una oración que de momento no tiene respuesta. Jesús expresa con la copa del dolor el silencio de Dios.


2) EVANGELIO DE MATEO


El número de referencias eucarísticas fuera del relato de la Última Cena es mayor en el Evangelio de Mateo que en el de Marcos, aunque menor que en el de Lucas. Mateo no sólo concede a las dos multiplicaciones de panes la misma relevancia que Marcos, sino que introduce la misma temática en otra serie de pasajes.

Sentido de la eucaristía es ser lugar de encuentro y comunión entre los de dentro y los de fuera, entre los de cerca y los de lejos, para ir formando de ese modo el único cuerpo que Dios quiere que sea la humanidad por Él creada a imagen del cuerpo de su Hijo. En medio de las numerosas curaciones que Mateo narra en los capítulos 8 y 9, sitúa la llamada a Mateo y la comida que Jesús comparte con él (Mt 9,10-13). Lo que le interesa es expresar por el signo de la mesa la otra universalidad que trae Jesús: la que lleva a la comunidad a abrirse a los pecadores. La comunidad de los justos debe estar siempre abierta, mediante su mesa eucarística, a los que no lo son, para ofrecerles el don del perdón misericordioso de Dios. La eucaristía es el sacramento central del perdón. Por eso dice que "mientras estaba Jesús sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron y se sentaron con él y con sus discípulos" (Mt 9,10). Y Jesús, cuando contesta a las críticas que le hacen los "justos de toda la vida", exclama con ironía: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Entended lo que significa 'misericordia quiero y no sacrificio'. Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores" (Mt 9,12-13). Es decir, que si alguien no es misericordioso para con su prójimo, de nada le servirán todos sus sacrificios rituales y sus ofrendas legales. Esos ritos deben estar subordinados al mandamiento del amor". En síntesis: la eucaristía debe ser el signo del perdón, la acogida, la misericordia. Y todas las normas legales deben estar subordinadas a este fin. A Jesús se le confunde con un borracho y un comilón y por eso se le rechaza. En realidad se están rechazando las comidas de Jesús en cuanto que son signo del perdón gratuito, sin condiciones previas, sin exclusiones.

Así como las curaciones no son meramente simbólicas, tampoco lo son las multiplicaciones. Jesús daba realmente de comer. Hacía que se repartiera y compartiera el alimento. Impulsaba a sus discípulos a combatir la pobreza del hambre compartiendo la mesa y dándole a la eucaristía una encarnadura muy material, nada espiritualizante, de ágape sacramental.

La segunda multiplicación de panes del Evangelio de Mateo (15,32-39) tiene un sentido distinto de la narrada por Marcos. No pretende Mateo mostrarnos una comida con paganos. Su finalidad es otra. Quiere insistir en los rasgos de la primera multiplicación. Así pues, Mateo narra dos multiplicaciones de panes no para distinguirlas sino, al revés, para equipararlas, reiterarlas, reforzando así su significado. Lo que Mateo nos quiere decir es que, tal como informan los relatos de curación y multiplicación, Jesús ha actuado una y otra vez de ese modo en medio de su pueblo Israel. Ha curado y ha dado de comer repetidas veces. Ha ayudado a su pueblo de una manera concreta, encarnatoria, histórica. Así ha sido su actuar salvífico: incorporando la dimensión material de la persona al don de la gracia y el perdón divinos. Es errónea, por tanto, la interpretación (bastante frecuente) que contrapone las necesidades materiales y las espirituales, como si Jesús hubiera aconsejado ocuparse sólo de éstas.


3) EL EVANGELIO DE LUCAS


Lucas es el evangelista en el que las comidas de Jesús ocupan un lugar más relevante. Se puede añadir que en él esas comidas presentan unas conexiones más claras con la eucaristía. Su Evangelio nos cuenta la historia de la eucaristía dentro de otra historia más amplia: la de las comidas y los viajes de Jesús.

La fe cristiana es una peregrinación, a veces interminable, que exige detenerse de vez en cuando para reponer el "viático". La Iglesia es denominada por los Hechos "el camino" y los cristianos son los "seguidores de ese camino" (Hch 19,9.23;22,4;24,14-22) y tienen un sacramento que es la eucaristía. Por eso tanto los viajes como las comidas adquieren un relieve y una valoración especiales en Lucas. Pero ninguno de sus viajes puede compararse con el viaje a Jerusalén (ocupa 15 capítulos de los 24 de su Evangelio). Es un viaje cuya meta última es Dios Padre. Pues bien, a lo largo de este itinerario va Lucas desplegando la historia de las comidas de Jesús como hitos significativos que lo jalonan y sostienen. Se pueden contabilizar un total de diez.

Del mismo modo que el gran viaje es más un itinerario vital en compañía de Jesús que un recorrido material-geográfico, así también las comidas de Jesús y con Jesús proporcionan algo más que un alimento físico. Ofrecen salud y fuerza, tanto corporal como espiritual, para el viaje de esa aventura que es la fe cristiana.

Las comidas relatadas pueden ser divididas en dos categorías principales: unas pertenecerían al estilo helenístico del "simposio" y otras al estilo más sencillo de comidas de hospitalidad. El simposio tenía lugar en ambientes pudientes. Los invitados se reclinaban sobre "triclinios", una especie de lechos para tres. Primero se servía la comida, generalmente al atardecer, sin bebidas. Luego, tras ser retiradas las mesas de la comida, venía el "simposio" propiamente dicho: se servían las bebidas mientras el anfitrión dirigía a sus invitados hacia una conversación que permitía al huésped de honor, frecuentemente un hombre distinguido y sabio, exponer sus ideas. Aquí sólo participaban los varones adultos y libres. Si se admitía a mujeres, esclavos, muchachos, era con vistas a una prostitución más o menos encubierta. Por eso el hecho de que los primeros cristianos abrieran su banquete eucarístico a mujeres, niños y esclavos, en plano de igualdad con el resto de los participantes, constituía un escándalo grave. Se les acusaba de subvertir el orden establecido.

La comida de hospitalidad la hallamos frecuentemente en la Biblia. La hospitalidad ha sido un valor fundamental en la cultura mediterránea oriental. A la hospitalidad estaba obligado incluso el pobre. No es asunto sólo de ricos, como el simposio. A diferencia de ésta, esta comida no estaba preparada y había que improvisarla. Tenía lugar cuando alguien llegaba de viaje. No se requería una habitación especial (comedor). La mujer participaba, pero los esclavos estaban excluidos y tenían que comer después.

Hay una serie de rasgos que van apareciendo en las comidas que narra Lucas: - la mesa que Jesús quiere compartir es signo de perdón, fuente de conversión, gesto de misericordia;

- si para los judíos una persona que ha sido pecadora lo es para siempre, en la vida de la comunidad cristiana sí se acepta el arrepentimiento;

- el Reino se acerca -lo acercamos- dando de comer y participando en la eucaristía;

- importancia de que en la mesa haya palabra, diálogo, simposio: no puede haber contraposición entre la mesa de la Palabra y la mesa de la comida del sacramento;

- el ágape comunitario es un engaño si no va acompañado de un sentido de justicia y de amor;

- si está ausente el pobre, la comensalidad se vacía y degenera en ritualismo legalista;

- se trata de una comensalidad abierta, universal;

- la eucaristía es la manifestación principal de la Iglesia como comunidad de iguales;

- deben asistir al banquete todos los que "anden por caminos y cercas" (Lc 14,23), es decir, transeúntes, marginados, etc.;

- el Reino de Dios llega cuando los pobres se sacian sentados a la mesa del banquete;

- la eucaristía es la comunidad de mesa con el Resucitado;

- la comensalidad cristiana es fiesta, celebración por el encuentro con el Resucitado, pero la resurrección no va separada de la cruz;

- la eucaristía culmina fuera de ella, en la misión.


En la comida cristiana confluyen estas tres grandes realidades tan íntimamente unidas: la fe, la conversión, la salvación. Ahora bien, la conversión tiene como signo muy palpable y concreto luchar contra la pobreza, liberar al pobre, compartir con él los bienes. La eucaristía debe ser un momento privilegiado de ese compartir mesa y dinero (u otros bienes humanos) con los pobres de este mundo.


4) EL EVANGELIO DE JUAN


La actividad pública de Jesús comienza con su asistencia a un banquete de bodas. De este modo, la comida cobra un relieve único en este Evangelio y, además, aparece con un nuevo matiz: es un banquete nupcial. Se nos presenta el ágape de Caná revestido de connotaciones eucarísticas y la eucaristía como un banquete pascual. Este relato está descubriendo, por sus referencias simbólicas, que a través de Jesús, de su comunidad, de su comida eucarística, se cumplen las promesas de los profetas en torno a una comida abundante y a un banquete de bodas.

El signo sacramental del festín eucarístico de bodas es alimento sobre todo de la fe. Sin la comensalidad y el convivir propios del sacramento no hay fe viva. Pero también lo contrario es verdad: sin fe no es posible participar en la mesa festiva y descubrir en ella la gloria del Misterio. La eucaristía es un banquete nupcial sobre el que se proyecta la luz de la gloria y la sombra de la cruz.

En este Evangelio se acentúa fuertemente el carácter eucarístico de las comidas de Jesús o que tienen como anfitrión a Jesús. Retoma la tradición de entender la eucaristía como la comida del Reino que reúne y restaura al pueblo disperso y congrega en torno a él a todos los otros pueblos.

En la Última Cena hay un rito que es descrito con todo detalle recibiendo un extraordinario relieve: el lavatorio de los pies. Parece como si para Juan la cena se redujera a ese gesto. Se trata de un servicio; y todo el rito del banquete es un servicio. El gesto de lavar los pies expresa una actitud de entrega al otro hasta el rebajamiento. Está anticipando la crucifixión que va a sufrir tras esa cena de despedida. Juan, pues, interpreta la cena como "diakonía", como servicio y, sobre todo, como trastocamiento del sentido de jerarquía usual en este mundo. Este talante debe resaltar sobre todo en la celebración eucarística. El presidente no debe sobresalir ni aparecer como señor sino como el servidor y el último de todos.

La fracción del pan, la mesa compartida, es el signo cardinal de la presencia del Resucitado en medio de la comunidad de discípulos. Está realmente presente, pero de modo invisible. El Resucitado se deja sentir, pero no se deja apresar. Es la dialéctica de la presencia en la ausencia.