Nota: Coincido plenamente con este artículo y, por
eso, le doy rango de editorial.
MOVILIZACIONES EN
DEFENSA DE
ANTONIO GARRIDO Y MAITE DORRONSORO, Laicos
de
MADRID.
ECLESALIA, 28/12/07.- Observamos con cierto estupor
como a lo largo de estos días se nos ha venido convocando, a través de las
parroquias, obispados y diversos medios de comunicación, para concentrarnos y
manifestarnos “en favor de la familia cristiana”. Ya se había hecho con
anterioridad, y esta reiteración aún nos preocupa más, si cabe, pues no
teníamos conciencia de que estuviésemos en peligro. Es más, no sabemos muy bien
de qué o de quién debemos defendernos y, con cierto desconcierto, nos hemos
planteado: ¿quién nos ataca?
Somos
un matrimonio próximo a cumplir 30 años de vida en común, creyentes cristianos
y miembros activos de nuestra Iglesia desde muy jóvenes; de hecho nos conocimos
en grupos parroquiales en los que ambos nos formábamos en la fe e intentábamos
desarrollarla. Nada ni nadie, si exceptuamos nuestras propias limitaciones,
impidió, ni tan siquiera entorpeció, para que desarrolláramos nuestra vida,
personal y de pareja en ninguna de sus facetas; nuestra militancia cristiana
fue perfectamente aceptada y compatible con otros grupos sociales y políticos
con los que compartimos anhelos de cambio social en nuestra España de los años
70 y en la transición, aportando a todo ello nuestra visión social cristiana
tal y como el Concilio Vaticano II nos había impulsado. Hemos educado a nuestros
hijos de la mejor manera que nosotros considerábamos, sin que nadie nos
impusiese nada y acudiendo a colegios de ideario religioso cristiano que,
además, estaban subvencionados por el gobierno de turno. Ellos han podido
elegir libremente sus referencias vitales y lo han hecho en la fe cristiana,
continuando, como nosotros, una militancia activa en
En
definitiva, hemos sido libres para declarar y vivir nuestra creencia cristiana
y para actuar en la sociedad según la misma; por lo tanto, insistimos ¿dónde
está el problema?
A
nosotros nadie nos los ha creado. No lo crean nuestros vecinos, Adolfo y
Sergio, que son homosexuales e intentan construir una pareja con todas sus
dificultades y con toda su ilusión, pues tienen derecho a ello; no son enfermos
que, como si fuesen los leprosos de antaño, deban ser excluidos. Compartimos
con ellos el amor y la fidelidad que desean vivir y los proyectos comunes por
una sociedad más justa y tolerante, que a nosotros nos mueven desde el
evangelio; el cual, por cierto, no establece normas para la confección de una
familia o de una determinada organización social, que esto es cambiante a lo
largo de los tiempos y los lugares, sino unos valores. Y entre ellos está la
tolerancia y no está la exclusión.
Tampoco
nos los crea Lola, nuestra amiga que, una vez conseguido el divorcio, sigue
tirando del carro para que se mantenga la familia que constituyen sus hijos y
ella. Nosotros la apoyamos para ayudar a que siga adelante, confiando en el
cariño de las personas y en la bondad de la convivencia.
Tampoco
lo hace multitud de parejas que no son creyentes y con las que trabajamos día a
día en diversas tareas de nuestro ámbito. Ellas entienden su compromiso
matrimonial desde otras perspectivas y se esfuerzan, lo mismo que nosotros, por
madurar juntos y educar a sus hijos en los valores éticos en los que creen y
que son ampliamente compartidos por nosotros. A estas parejas les agradecemos,
además, su coherencia y el profundo respeto que sienten por nuestra creencia y
que manifiestan, entre otras cosas, al no hacer la pantomima social de casarse
por la iglesia o de introducir a sus hijos en unos sacramentos que no tienen
entronque con su vida.
Y
por supuesto, no nos crea ningún problema que se tengan distintos puntos de
vista sobre un tema tan profunda y maravillosamente humano, y por lo tanto
sujeto a tantos avatares sociales, históricos y culturales, como es el de la
sexualidad. La importancia está en que todos, desde sus particulares creencias
o increencias, aportemos experiencias de relaciones
psicológicamente maduras y gratificantes; no se trata de moralizar, sino de
caminar hacia relaciones interpersonales maduras y, en lo posible, estables,
pero siempre atentos a los problemas y situaciones de cada persona.
En
donde sí puede estar el problema de todo esto es en el tratar de imponer una
sola visión sobre el tipo de pareja y de familia que hay que hacer, sobre el
tipo de sociedad que se debe construir, excluyendo, por malas e inmorales,
otros tipos de visión del mundo y de la sociedad. Y esto no es de recibo; el
Evangelio no es un recetario sobre como construir la sociedad, sino la adopción
de un estilo personal de vida con unos valores para ofrecer libremente y
compartir en la sociedad que nos ha tocado vivir, que no es mala en sí, pues
está preñada de vida y de esperanzas, de personas con grandezas y miserias que
buscan, se pierden y, a veces, van encontrando. “Y vio Dios que todo era
bueno”.
Defender
a la familia, ¿no tendrá más que ver con trabajar para eliminar las pésimas
condiciones de trabajo de tantas parejas, los bajos salarios, la imposibilidad
de hacer frente a una hipoteca sin trabajar los dos miembros de la pareja en
jornadas interminables, de no poder congeniar aceptablemente el trabajo y la
paternidad o maternidad? En definitiva, con mejorar las condiciones vitales de
tantas familias que padecen incomunicación, falta de estímulo, pobreza y un
largo etcétera de situaciones que limitan su capacidad normal de
funcionamiento. Luego, eso sí, decimos alegremente que se desmoronan las
familias como si de un azar caprichoso se tratase o de la acción de un
determinado gobierno.
¿Cuántos
de los que se manifiestan por las familias son responsables, en base a su
posición social o laboral, del mantenimiento de esas situaciones injustas?
Porque la contribución a un mundo más justo y solidario en el que se respete la
dignidad de cada persona y se erradique la necesidad y la pobreza sí que está
en el evangelio. Y la necesidad, en sus diversas variantes, y la pobreza, absoluta
o relativa, si que son causa de deterioro social y no tanto, como creen algunos
miopes, los pecados personales contra la carne.
Dicho
esto solo nos quedar pasar un poco de vergüenza ajena y expresar a nuestra
sociedad la convicción de que no todos los cristianos pensamos y vivimos como
el grupo que se manifestará; es más, que ese grupo no es mayoritario en nuestra
Iglesia, y nos estamos refiriendo a