Presentamos a continuación una experiencia de mujeres al cargo de una parroquia. En estos tiempos de dificultades vocacionales es interesante reflexionar sobre nuevos caminos y nuevos estilos pastorales que también nos llegan de América, como muchas de las actuales vocaciones sacerdotales. Por eso le damos rango de editorial.

MUJERES

LLEVANDO UNA PARROQUIA

 

         Me llamo Mª Carmen. Mi juventud la viví en la Parroquia de Begoña y desde allí sentí el llamado de Consagrarme al Señor y lo hice en el Instituto de Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote. Ahora mi apostolado es en  ARS y colaboro en el Arciprestazgo Centro en catequesis de adultos. Un día, hablando con Pepe Nerín, me pidió que compartiera mi experiencia por tierras chilenas, donde estuve  14 años de mi vida, y aquí estoy dispuesta a contaros lo que viví y disfruté en ese hermoso país del Cono Sur.

 

         Llegué allí en el año 76, recién había pasado el golpe militar y estaba el General  Pinochet en el gobierno. Fueron tiempos duros y difíciles a todos los niveles, pero a la vez muy ricos en vivencias y compromiso.

 

         Al llegar fui a una parroquia campesina. Yo, nacida y criada en las Delicias, como que me asustó tanto campo, pues me dijeron que iba a un pueblito, pero yo allí no veía ninguna casa por ningún lado, ya que normalmente se tiene la casa y la tierra todo unido, así que las distancias son grandes.  Nosotras éramos tres y estábamos a cargo de la Parroquia. El sacerdote venía normalmente una vez al mes y nuestra labor era de evangelización, social, promocional, en fin lo que saliera, estábamos al servicio de la comunidad día y noche, digo lo de noche pues uno de los pocos coches que había era el nuestro y por las noches siempre había algún enfermo al que atender o llevar a la “posta “, al hospital.

 

         Todo que hacía lo disfrutaba muchísimo. Por un lado hay pobreza pero por otro la tierra es fértil y las  personas igual. Una va sembrando y enseguida ve el fruto. Cuando nosotras estuvimos allí, igual fue por la necesidad, la responsabilidad que nos dieron fue total, excepto confesar y celebrar la Eucaristía. Nosotras animábamos todo en la parroquia, celebrábamos los bautismos, los matrimonios, las liturgias. No tuvimos ningún problema con el “pueblo”, en ocasiones un poco con los sacerdotes, pues tenían a veces un poquito de envidia, pues podía ocurrir que la gente llegara a preferir que nosotras hiciéramos las celebraciones ya que éramos más pausadas, estábamos más con la gente. En fin, que tendría para escribir un libro con tantas cosas que vivimos. El trabajo de promoción y formación también era muy importante. Éramos conscientes de que nosotras estábamos de paso y lo que había que hacer era formar buenos agentes pastorales para que luego ellos siguieran  la labor comenzada por nosotras y por los que habían estado antes, pues el principal es el Espíritu y Él siempre está en el lugar. Algo muy importante que también viví fue la pastoral de conjunto. La Iglesia Chilena en esto hacía un esfuerzo muy grande y no se escatimaban reuniones y todo lo que fuera necesario para que esto fuera una realidad. Hablo en pasado, pues según tengo noticias las cosas también han cambiado por allí......

 

         Otra experiencia muy importante para mí fue la colaboración que tuve en la vicaría de la Solidaridad, vicaría formada para la defensa de los Derechos Humanos, fundada por el Cardenal Don Raúl Silva Enríquez en aquellos años tan duros y difíciles. Pude trabajar con personas de diferentes ideologías y juntas hacer equipo y afrontar situaciones muy difíciles de personas desaparecidas y violaciones de derechos humanos. Nunca podré agradecer tanto bien recibido.

 

         Todo lo vivido me ha ayudado a afrontar la vida de otra manera y lo mío me costó adaptarme nuevamente a toda esta realidad. No voy a alargarme más, he sido obediente y os he contado algo de mi experiencia. Seguimos unidos en esta página que tantas cosas nos aporta.

 

         Cariños.

         Mª Carmen Aznar, 10.10.2008