MÚSICA EN LA IGLESIA

Artículo de Luis Suñén en la revista El Ciervo, mayo 2001, pp.12-13.



Cuando éramos pequeños no se podía cantar en Semana Santa. El nacionalcatolicismo imponía su censura a las radios y a la televisión única y la copla era sustituida por la música clásica, como si El vuelo del moscardón fuera menos profano que Mi jaca.

Paralelamente, la Iglesia de verdad iba olvidando la importancia de la música en la liturgia -recuerdo los esfuerzos de Fedenco Sopeña en sentido contrario con sus misas en la Encarnación madrileña antes de los conciertos del Real- creyendo que a más facilidad mayor participación de los fieles y de la digna sencillez de los cánticos surgidos del espíritu del Concilio Vaticano II fue cayendo, para no levantarse, en la terrible pobreza actual, en ese guitarrerío que ahuyenta del templo a cualquier espíritu mínimamente sabedor de que Dios está en todas partes y, en la mayoría, sin semejante acompañamiento. Ha hecho oposiciones la Iglesia católica a alejar de sí a los amantes de la música y las ha ganado a base de voluntad y pundonor. El sufriente anglicanismo le ha dado una buena lección con su mantenimiento de los Salmos de David y unos cuantos himnos musicados por los mejores compositores ingleses -a la entrada de la iglesia los que acuden tienen una tablilla con cuáles y en qué orden habrán de cantarse- como pensando que por qué renegar de una costumbre hermosa. Por el otro lado, por el de la católica, uno ha escuchado en la misa desde fragmentos de La alegría de la huerta hasta la Marcha de pompa y circunstancia nº 1 de Elgar -obra compuesta para la coronación de Eduardo VII, lo que quizá refleje un oculto sentido ecuménico en su programador hispano pasando por escogidas piezas de los Beatles o Simon y Garfunkel. Así que cada vez que se piensa en los grandes conversos por la vía musical aparecen más y más como restos de una época pasada en la que la estética acompañaba al recogimiento como eficaz catalizador de la meditación. Hasta escuchando música escrita por agnósticos -García Morente con La infancia de Cristo de Berlioz, por ejemplo- se convirtieron algunos. Lo raro hoy es que no se apostate en masa, que los músicos creyentes no opten por practicar en la clandestinidad como los primeros cristianos, en convertir su casa en una catacumba con tocadiscos una vez tomada al asalto la de Dios por jóvenes acnésicos jaleados por párrocos sin escrúpulo artístico alguno. Por cierto, ¿no se forma musicalmente en los seminarios?, ¿no se anima a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, de un lado, a escuchar buena música litúrgica y, de otro, a resistir, con ayuda de Dios y de la psicología aplicada, los presumibles embates de las entusiastas juventudes parroquiales? Quizá la Iglesia debiera pensar también que el ser humano culto posee muchas veces una fe débil y sometida al canto de sirena de la belleza de un arte que, hoy por hoy, no se encuentra en las iglesias. Sean condenados los causantes de tal dislate a pasar su purgatorio escuchando las músicas que provocaron tal desafección mientras ven deleitarse a los santos y santas del Señor con Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero o Cristóbal de Morales, esos tíos tan antiguos.