NECESITAMOS ESQUEMAS PRÁCTICOS DE ACTUACIÓN PARROQUIAL

 

Cuando en septiembre de 1974 fui enviado, cura joven e inexperto, a mis primeros pueblos situados en el más alto Pirineo, allá por la meseta de Laspaúles en el Valle de Benasque, llegué a mi destino con un Seat-127 estrenado en ese mismo viaje, una maleta con mis pertenencias y un no saber qué hacer en aquel pueblo que no superaba los 100 habitantes entre todos sus núcleos dispersos. Porque, aunque resulte curioso, nadie me había dicho (obispo, vicario, ni siquiera en el Seminario) en qué iba a consistir mi labor pastoral. Llegué en blanco, yo que, además, nunca había residido en un pueblo, y menos en uno tan pequeño, y que me había pasado mis últimos años estudiando en una ciudad de más de tres millones de pobladores, como era el caso de Roma.

 

Viene este recuerdo al caso porque estas situaciones siguen reproduciéndose. Los últimos ejemplos, como ya he comentado en editoriales precedentes, son los de los curas jóvenes colombianos a los que se les ha encargado la labor pastoral en pueblos y se les ha dejado en ellos para que, como suele decirse, se las apañen como puedan. Pero esto le sucede igualmente a cualquier cura joven que comience. No es, por tanto, sorprendente que le entre a uno un cierto temor escénico y que llegue un momento en que empiece a tomar en consideración la idea de marcharse a otros territorios mejor conocidos.

 

No fue ése mi caso, ya que desde el primer instante, y como relaté en mis memorias, me hice la siguiente composición de lugar: aquí me han enviado, aquí tengo que vivir los próximos tiempos y no me queda más remedio que espabilarme. Y me espabilé. Pero tuve que empezar desde el principio: saludar a la gente y darme a conocer, situarme en el pueblo y en sus características, apalabrar el sitio donde comer (yo no tenía ni idea de cocina), enterarme de los horarios de misas (pues se supone que un cura es, sobre todo, el que celebra misa), pensar en que habría que organizar primeras comuniones pues veía chavales de esas edades, ser informado de la existencia de personas enfermas, encamadas, a las que había que visitar y acercar los llamados “auxilios espirituales”, ser requerido para participar en las sesiones de una cofradía ancestral que tenía una misión importante en los entierros (yo no tenía ni idea de que pudiera existir una organización de esas características), así como visitar los seis pueblos de los que era encargado según el nombramiento. Poco a poco. Abriendo bien los ojos y los oídos, fui captando más y más la realidad de aquella buena gente que tan bien me había acogido, y empecé a hacer mis propias reflexiones que me llevaron a nuevas iniciativas, como la de organizar una biblioteca en el pueblo, cosa que llevé a feliz término, aunque luego mi sucesor no le prestara la menor importancia y la dejara morir; o la de abrir la “abadía” (la casa del cura) para que los chavales corrieran por ella y por mi habitación, pasando muy buenos ratos casi todos los días y saliendo de excursión con ellos a explorar los terrenos lindantes con el pueblo. Tuve suerte de que los curas vecinos fueran jóvenes como yo, uno de mi mismo curso y otro de uno inferior, de modo que recurrí a ellos en cuanto algo se me cruzaba y no sabía cómo resolverlo; ellos me enseñaron a rellenar papeles oficiales, elaborar expedientes matrimoniales, partidas de bautismo, etc. Y ellos me conectaron con la gente joven de la zona, a la que habían ayudado a organizarse hasta el punto de que fueron capaces incluso de publicar una revista hecha por los mismos jóvenes (que al final fue clausurada gubernativamente en cuanto se entrometió en cuestiones “políticas” como la cuestión de la leche, en aquellos años del final del franquismo).

 

Y uno se pregunta: ¿por qué no se prepara a los curas para que dispongan de unos esquemas pastorales claros, de unos medios más o menos eficaces, de una iniciativa pastoral, de unos métodos de análisis de la realidad, hasta si me apuras de plantillas con los puntos básicos a afrontar en un ambiente como el de la parroquia, sea ésta rural o urbana? La única respuesta que se me ocurre es la evidente: porque quienes nos dirigen, nos envían, nos nombran, no tienen tampoco una idea clara de lo que hay que hacer. Se supone, imagino, que cuando llega un cura a una nueva parroquia lo que se piensa es que tiene que continuar la tarea que venía realizando el cura anterior, con más o menos acierto, más o menos encanto.

 

Pero no es mi idea criticar a mis llamados “superiores”. Lo que pretendo humildemente es tratar de contribuir a que dispongamos de unos esquemas de actuación mínimamente coherentes y concretos, no sólo teóricos, tanto para los curas y agentes pastorales como para lo que podrían ser unas parroquias con una gestión que no ruborizara a quienes acostumbrados a la organización “empresarial” común en pleno siglo XXI echaran un vistazo para ver lo que ocurre en nuestras estructuras pastorales. No disponer de todo eso impide realizar una revisión a fondo de nuestras actuaciones y favorece la molicie pastoral, el que el cura se limite a celebrar misa, estar en un despacho, organizar catequesis, etc., no llenando ni de lejos un horario laboral como todo hijo de vecino Y no digamos ya lo que ocurre en los meses de verano en que los grupos parroquiales se toman vacaciones.

 

Por eso me comprometo a desarrollar en los próximos editoriales mis pequeñas ideas al respecto, ideas prácticas sobre todo, no con la intención de ponerme de ejemplo o de crear una nueva ortodoxia (¡Dios me libre!), sino de contribuir humilde y buenamente a situarnos más en consonancia con lo que debería ser una pastoral parroquial mínimamente “profesional” y no sólo “vocacional” a la buena de Dios. Y si otros también se animan, que sepan que estas páginas están a su disposición. De momento todo lo que voy a apuntar será un desarrollo concreto de mis anteriores editoriales “para salir de la crisis eclesial”.

 

Pepe Nerín

4.8.2010