NI DIOS ES DE DERECHAS,

NI EL PODER ES SAGRADO


Me ha dado estos días por fijarme en la cantidad de veces que en los textos litúrgicos se califica a Dios de "todopoderoso" y lo cierto es que son muchas, tanto en las oraciones, como en las plegarias eucarísticas (canon), como en el credo, etc. Me viene a la mente una discusión amistosa que tuve hace poco con un ex-seminarista a propósito precisamente de aplicar a Dios el concepto "poder", algo que me parece una auténtica paradoja, sobre todo si tenemos en cuenta que al que llamamos "Hijo de Dios", a Jesucristo, le oímos decir tantas veces que Él no vino a ser servido sino a servir y que el que quiera mandar, es decir, tener poder, que se vaya a los últimos puestos a ver si de esta forma se le pasa. Dios no es "todopoderoso" en el sentido de que todo lo puede. Porque en ese caso tenemos ya una maravillosa excusa para echarle en cara todo lo que podía haber evitado y no lo ha hecho así. Desde Auschwitz conviene hablar de Dios de otra forma. Pero, mira por dónde, la liturgia, es decir, los que han decidido cómo hay que expresarse en las celebraciones, se decanta por hablar del Dios del poder y no por el Dios del servicio. Y al resto se nos suele considerar como "siervos" (más bien esclavos), contraviniendo las palabras de Jesús cuando nos dice que "ya no os llamo siervos sino amigos".

Este hecho no es en sí baladí, ya que la utilización tanto teórica como práctica del poder por los que a lo largo de los siglos nos consideramos discípulos de Jesús ha sido muy numerosa. La historia pasada y actual está llena de concomitancias, de cercanías, e incluso de identificaciones, entre la Iglesia, es decir, entre los dirigentes de la misma pero no sólo entre ellos, y el poder. Hubo momentos en que se consideró al "poder" papal como al poder supremo en el mundo: Inocencio III y Bonifacio VIII son buenos ejemplos de ello. Y, sin necesidad de llenar este artículo de citas, podemos afirmar que en la mente de muchísimas personas la Iglesia actual es considerada como un poder, todo lo bueno que se quiera para algunos, pero como un poder y real. Entendiendo por poder esa capacidad de tomar decisiones y de ser obedecido porque se tiene la fuerza coactiva, los medios necesarios, para ello. Ese poder es real, aunque sus detentores se empeñen muchas veces en decir que lo suyo no es poder sino servicio. Hemos llegado incluso a hablar en la Iglesia de "jerarquía", concepto que, como se sabe, significa "poder sagrado". Si el poder era algo rechazado por Jesucristo, fácil es suponer cuál debe ser su rechazo si al sustantivo "poder" le añadimos el calificativo de "sagrado". Desde la óptica evangélica, eso es una aberración ya que si algo es sagrado, es decir, bendecido por Dios, es el servicio humilde a los demás. "No sea así entre vosotros": no queráis tener poder, imponeros sobre los demás. Creo que habría que cambiar ese término y, sobre todo, cambiar usos y costumbres en esta materia tan sensible.

En la práctica el uso del poder es de derechas, incluso aunque quien lo utilice se reclame de izquierdas. Entiendo por "derecha" políticamente hablando lo que relata uno de sus miembros en su libro "¿Qué son las derechas?" (Ricardo de la Cierva, La Gaya Ciencia, Barcelona 1975, pág. 14): "El contenido permanente de la derecha es precisamente su vocación de permanencia; su aferramiento (que puede ser muy positivo, cuando no cae en excesos) a los valores tradicionales, a los ritos, a las convenciones establecidas; su recelo ante el cambio; su intento de monopolizar políticamente los grandes valores del pasado, las grandes ideas como la patria, los grandes símbolos como la bandera, las grandes vivencias como la religión... La derecha se inclina por la conservación. La derecha puede ser, y de hecho ha sido muchas veces, inteligente y progresiva; pero cuando se enfrenta al cambio se reviste de prudencia que muchas veces también degenera en inmovilismo. La derecha tiende al freno; es una postura estática más que dinámica; se resiste a la aventura, y sólo cuando es imprescindible asume el riesgo. La derecha suele ser una actitud y una actuación trascendente a todos los planos; es, a la vez, derecha política, derecha económica, derecha social, derecha cultural. Como, por esencia, la derecha es conservadora, radica principalmente en las clases y los estamentos conservadores; que son, por definición, quienes tienen algo que conservar. No sólo un patrimonio; también una tradición, unas vinculaciones, una religión, unas ideologías". Hasta aquí esta amplia cita de este conocido conservador libre de toda sospecha al respecto, cita que no considero "palabra de Dios", evidentemente, pero que nos puede servir para irnos aclarando en relación al concepto que estoy utilizando.

A mí, la verdad, la idea de "derechas" no me cuadra con las ideas y actitudes del Jesús del Evangelio ni con el Dios del que es su Testigo y Palabra. De un Jesús que no tenía ningún patrimonio que conservar; que no se agarraba a las normas del pasado sino que las cambiaba cuando había que favorecer al necesitado; que convivía fundamentalmente con los marginados y que, cuando lo hacía con los de otras clases, era para ayudarles a convertirse, a cambiar, a compartir con los necesitados; que asumía riesgos y tantos que le llevaron a la muerte. La verdad es que difícilmente podemos encuadrar a Jesús entre las "derechas".

Y, sin embargo, qué diferente es lo que ha ocurrido después de Él. ¿Cómo es posible que los dirigentes de la Iglesia, pero no sólo ellos, se hayan identificado por regla general tanto teórica como prácticamente con las "derechas"? ¿Cómo es posible al contemplar a Jesucristo muerto en una cruz como un malhechor y marginado, y "ajusticiado" precisamente por quienes detentaban el poder político y religioso de su tiempo? Pues yo creo que en gran medida esto ha sido y es posible por el uso del poder en la Iglesia en lugar de por la práctica del servicio.

Por ello lamento muy de veras cuántas veces nuestros dirigentes adoptan posturas y declaraciones claramente de derechas. Cuando se rodean de símbolos de poder y viven en sitios "poderosos" y exclusivos. Pero también lamento cuando observo a tantos grupos, asociaciones, movimientos, etc., que se mueven con tanta facilidad dentro de nuestra Iglesia y, especialmente, tienen las puertas abiertas de par en par en las estancias de quienes detentan el poder eclesial, cuando les observo, digo, adoptar militancias derechistas, considerar que la suya es la única actitud posible entre los cristianos, descalificar a quienes no estamos en su longitud de onda.

Me permito confesar que, a mi corto entender, todo ello ha ido provocando una cultura eclesial bastante rancia, reacia a los cambios, de muy corto recorrido histórico en cuanto al alcance de lo que es la tradición. Cualquier novedad parece condenada, cualquier manifestación artística de vanguardia es despreciada, cualquier investigación teológica o científica es puesta bajo sospecha cuando no condenada. El inmovilismo es la norma, incluido, claro está, el inmovilismo en los cargos dirigentes, empezando por el del Papa, noble y agotado anciano de 84 años. Pero, toco madera, porque por haber sugerido al ex-seminarista la lógica jubilación de una persona de tan avanzada edad fui condenado a escuchar la fatídica pregunta: ¿es que no quieres a Juan Pablo II? Moraleja: si sugieres cambios prudentes y razonables en la Iglesia te pueden acusar de falta de amor a la misma. A mí ya me han acusado de ello en otras ocasiones.

Pepe Nerín

Nota: lo dicho sobre las derechas vale también para la derecha vergonzante que prefiere maquillarse como de "centro". Sobre las izquierdas, para que no se me acuse de unilateralismo, que ya lo veo venir, ya hablaré otro día, que de todo hay que hablar.