Ni obediencia pura, ni denuncia pura. Un programa de reforma de la Iglesia

X. Pikaza, Religión Digital 13.09.11

 

Ayer he presentado diez aspectos de la Reforma Papal que muchos deseamos. Hoy quiero precisar el tema, en una perspectiva más amplia, desde el conjunto de la iglesia, retomando muchos argumentos tradicionales, para presentar así un programa básico de reforma de la Iglesia.

Me permito utilizar también algunas reflexiones que el Profesor F. Javier Elzo (máximo experto en sociología de la religión) ha presentado en el Congreso del Camino de Perfección (CITES, Ávila 4 del IX 2011). Javier Elzo fue indicando los aspectos más significativos de la Reforma de Teresa de Jesús, poniendo de relieve la forma en que ella respondió las críticas que la Inquisición (que tachó partes importantes de su “Camino”). Hemos olvidado ya los nombres de aquellos sesudos inquisidores, nos cuesta recordar los nombres de obispos y papas de su tiempo… Pero el programa de reforma de Santa Teresa sigue vivo, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

En esa línea, siguiendo el ejemplo de Teresa de Jesús, aprovechando algunas sabias indicaciones del Profesor Elzo, he querido recuperar cinco elementos de un camino de Reforma de la Iglesia, con una conclusión abierta:

1. En contra de una obediencia ciega

En tiempos de Santa Teresa, como ahora, abundaban los partidarios de una obediencia pura a la Jerarquía de la Iglesia: Que ella dijera, que ella marcara, callando siempre y haciendo sin más lo que otros mandan.

Pero una obediencia ciega olvida los mecanismos “oscuros” del mando (de los intermediarios…) y olvida la libertad cristiana, derivada de un Cristo que fue ejecutado precisamente por desobedecer a los sacerdotes.

Una pura obediencia, sin más, destruye a la persona (es inhumana) y deshonra a los que mandan, pues les considera autómatas, sin posibilidad de cambio, de iluminación. Obedecer es escuchar y dialogar. El que simplemente obedece y se somete no es persona, no es cristiano.

Los partidarios de una obediencia ciega a la jerarquía en el siglo XXI deshonran a la jerarquía, ponen en riesgo la pervivencia del mismo cristianismo, pues el diálogo amoroso, el amor en libertad es anterior a la obediencia.

La Reforma de la Iglesia no se hace con obediencia ciega a la Jerarquía, sino con obediencia más honda al Evangelio, en gesto de creatividad cristiana y humana.

2. En contra de la denuncia pura

En tiempos de Santa Teresa, se decía que los partidarios de la pura “denuncia” (de la protesta por la protesta) eran los protestantes, siempre indignados sin más, en gesto de ruptura con la Iglesia institucional. Hay en su gesto elementos positivos de creatividad cristiana, pero la pura desobediencia tampoco es principio de Reforma verdadera, como saben los mismos protestantes actuales.

Parece que también en el siglo XXI hay personas y grupos que buscan la denuncia pura, denuncia por la denuncia, pensando sistemáticamente que todo lo que dice el Papa es malo, que todo lo que dicen los obispos está equivocado… Se puede hablar de “teólogos de la denuncia”…, y sobre todo de cristianos de la denuncia, que se oponen sin más a todo. Pero la pura oposición nunca ha sido creadora.

La denuncia pura es también anticristiana, quizá por orgullosa y, sobre todo, porque niega el diálogo, la posibilidad de una búsqueda compartida, la escucha de los otros… Ciertamente, los indignados y protestantes son necesarios, pero es bueno que la protesta se convierta en principio de colaboración más alta.

No se trata de oponerse por oponerse, sino de oponerse escuchando, de oponerse para colaborar, de oponerse para (al fin y a la postre) buscar juntos. Entre la pura obediencia y la pura desobediencia está la síntesis más alta de la escucha común, de la búsqueda compartida, de la creatividad evangélica, abierta a la gran mutación humana y divina del Evangelio.

3. En contra del exilio interior

Pero entre la pura obediencia y la denuncia pura está creciendo, al menos en occidente, entre muchos de nosotros, una tendencia al “exilio interior” (no a una síntesis más alta…). Ese exilio es la tentación de muchos:

Ni obedecemos, ni desobedecemos, simplemente nos apartamos de este “rollo” de la Iglesia, pues hoy se puede vivir al margen de ella, al menos en nuestros países occidentales, pues no existe inquisición religiosas de Estado. Es como si pensáramos que la “iglesia oficial” ya no tiene salida, ni posibilidades de ofrecer un espacio de comunicación y de humanidad… Por eso nos vamos.

Pero no nos vamos a otro sitio (al menos los mejores…). Los mejores no se van ya a la política (más contaminada que la Iglesia), ni a la lucha social (lugar que parece sin salida…). Muchos de los mejores se van a su soledad. Para vivir un cristianismo aislado de los otros, con la sensación de que no se puede hacer nada.

En este contexto, muchos los mejores no son ya ni protestantes, ni “indignados”, pues ni la protesta crea, ni la indignación ayuda a madurar… Muchos de los mejores se encierran en una intimidad de fondo cristiano, dejando que pase la vida… Pero en el puro exilio, sin comunión de amor y de vida, el fondo cristiano se seca, de manera que en una o dos generaciones los exilados se adaptan simplemente a la lucha por la vida y pierden los ideales del evangelio.

4. Compromiso personal, buscar maneras de crear comunión cristiana

En el exilio interior he hablado de algunos que son de los mejores… Pero, a mi juicio, los mejores de los mejores están allí donde no triunfa ni la pura obediencia, ni la protesta pura, ni el simple exilio, sino allí donde se abre un compromiso personal nuevo, en clave de evangelio, en comunión con otros (y en especial con los rechazados del mundo).

Se trata de trazar caminos de Iglesia (de humanidad cristiana) en humildad activa, con un nuevo pensamiento, con un nuevo compromiso por la humanidad (por los pobres), en línea de verdad (como Jesús). Para ello es preciso colaborar con la Gran Iglesia, de un modo leal, pero siempre con reservar (sabiendo que hay algo más grande que esta Iglesia).

Se trata de protestar y de reformar (como quiso Lutero, como quiso Teresa de Jesús), pero no para destruir y quedarme con mi protesta (¡eso es lo más fácil!), no para hacerme víctima de otros (¡eso a la postre es miedo a crear y cobardía..!).

Se trata de protestar para ir creando caminos, con todos los que creen en el evangelio, sabiendo que podemos equivocarnos, para con una gran confianza en la misma Iglesia (es decir, en el camino de Jesús en la historia, en este momento actual).

5. Con la gran “reserva”, que es la oración personal y comunitaria

Se solía hablar de una “Reserva del Santísimo” (la Eucaristía es más que las formas externas de la Iglesia). Se suele hablar ahora de una “Reserva Escatológica” (esperamos que se revele al final la verdad). Sin negar esos dos matices cristianos de la palabra, quiero hablar de una “reserva orante”.

La reserva orante es propia del que sabe que su vida es revelación de Dios, es propia de aquel que cultiva en oración el gran misterio de la presencia de Dios… Quien así ora sabe que son importantes los caminos “externos”, pero que hay un camino más hondo, que es el despliegue del amor (1 Cor 13).

Es una reserva hecha de “amor”: Amar a todos, en especial a los más pobres, pero también a los que han recibido cargas jerárquicas que les pesan y deforman…

Es una reserva hecha de “humor”, como cuando Teresa de Jesús decía a un “conocido”: Dios le quiso para santo (es decir, para cristiano) y Usted se quedó en Canónigo (u obispo)… Es un humor que viene de saber que somos creaturas, que este mundo es una “parábola”, un espejo borroso de la verdad completa…

Éste es el tiempo de la oración compartida, para escuchar la voz de Dios, para “aprender” en humanidad, para compartir en búsqueda de Reino, subiendo otra vez a la nueva Jerusalén, donde subió Jesús (aunque le mataran), buscando la Séptima Morada de la vida, que es la morada interior, más interior del Dios-Amante-Hermano, con todos los hermanos, en Cristo.

Conclusión abierta

En el fondo de estos cinco momentos de un camino eclesial quiero poner la “lealtad” (es decir, la fe). La fe en Dios (nuestra vida es una expresión y expansión de su gracia) y la fe en los hombres y mujeres, en todos.

Por eso ni la obediencia es fin en sí mismo, ni la desobediencia/protesta. Lo único que es fin en sí mismo es el amor creador de vida, como el amor del Padre Dios en quien somos, como el amor de Cristo Hermano, con quien caminamos… Un amor en libertad abierta a la comunión, sin sacralizar nada (¡nada más que el amor!), pero sin despreciar nada ni a nadie (ni a los pobres, ni a los muy ricos y jerarcas).