NI SE MUERE, NI CENAMOS
Traigo a colación esta frase tan conocida a propósito de la situación estructural de nuestra querida Iglesia Católica. Da la impresión de que en estos momentos todo está paralizado en las alturas a la espera de "acontecimientos futuros" ("previsiones sucesorias" se decía en otros tiempos y contextos). El Papa vive una larga agonía con múltiples idas y venidas al hospital, mientras que en Zaragoza el Arzobispo ha cumplido ya dos años de "prórroga" y, tras la marcha del Obispo Auxiliar a Barbastro, ha decidido no nombrar a un nuevo Vicario Episcopal para ocupar el puesto que dejó vacante en la Vicaría II, encomendando esta tarea a uno de los Vicarios que ya lleva casi 27 años en el puesto. Se dice que el cambio arzobispal se producirá en mayo, cuando termine el Año Santo de la Coronación de la Virgen del Pilar. Del cambio romano nadie se atreve a poner fecha.
De la situación papal poco queda por decir que no se haya dicho ya. Para los defensores de la continuidad de Juan Pablo II, la razón principal es el ejemplo sublime de llegar con la cruz hasta el final, lo cual empalma perfectamente con estas fechas de pasión, muerte y resurrección que estamos atravesando. Indudablemente, se trata de un gran esfuerzo por parte del Papa y de un gran ejemplo de hacer frente al debilitamiento de la vida manteniendo el coraje. Su ejemplo no es único. Mi amigo Tomás lleva muchos años tumbado en la cama y sin posibilidades de recuperación; nunca pierde la sonrisa cuando le vas a ver; prácticamente no articula palabra pero se le nota gratitud por la visita. Su mujer, compañera permanente a su lado, mantiene su gracia andaluza aun cuando te comenta los múltiples dolores e incomodidades que la enfermedad de su marido le ha acarreado también a ella. Pero Tomás ya no ejerce de válido sino de minusválido y deja hacer a otros porque su situación no le permite otro tipo de reacción. Ni es Papa, ni Obispo, ni Párroco, ni mucho menos lo pretende. Asume su situación y espera desde la "pasividad" el encuentro definitivo con el Padre.
Tomás ha asumido su papel de enfermo. El Papa quiere además continuar asumiendo el ministerio de Pedro. Y eso ya es otra cosa, algo no compatible, al parecer de tantos entre los que me cuento, con su situación física ni con su edad. Porque el ministerio petrino trae consigo la "dirección" y "animación" de una Iglesia con más, se dice, de mil millones de personas. Para ello hay que estar en unas condiciones físicas y mentales en las que no se encuentra actualmente Juan Pablo II. Las evidencias están ahí, por más que los miembros de la estructura oficial se empeñen en justificar lo contrario. A causa de esta situación, todo el mundo católico parece estar pendiente y en vilo por la salud del Papa, descuidando inevitablemente otras preocupaciones. Si se quiere argumentar que, pese a ello, la Iglesia sigue funcionando como si tal cosa, entonces la argumentación se vuelve en contra: entonces, ¿para qué es necesario un Papa? Y, sin embargo, sí que es necesario, sí que tiene una importante misión que cumplir como pastor referente de la Iglesia universal.
Al no jubilarse el Papa, pierde sentido que los obispos lo hagan al cumplir los 75 años e incluso que esto se aplique a los curas. De ahí que lo normal sea no aceptar la renuncia de los prelados, manteniéndolos, como a nuestro Arzobispo, varios años más en el cargo, o que se venga hablando de que el cura no se jubila nunca. El cura no, pero, ¿por qué el párroco tampoco?, ¿o el vicario episcopal?, ¿o el...? Porque una cosa es lo que uno es y otra el cargo. Pero, al parecer, vivimos momentos en que no gustan los matices.
Todo ello sucede en una época en que el envejecimiento se ha adueñado de nuestra Iglesia, al menos en Europa y, por supuesto, en España. Los datos relativos al clero y religiosos en nuestra Diócesis son cada vez más significativos a este respecto. La mitad de los sacerdotes incardinados ha cumplido ya los 66 años, mientras que el colectivo más numeroso es el comprendido entre los 70 y 74 años. En el caso de las religiosas la situación es incluso más preocupante: la mitad de las "activas" ya ha cumplido 72 años, cifra que se eleva a 74 en las de conventos de clausura; en ambos casos, además, el colectivo más numeroso es el de las que ya han sobrepasado los 80 años.
Estos curas y religiosos tienen que animar a unos cristianos que también se envejecen a pasos agigantados, a la vez que se hunde estrepitosamente la pastoral juvenil y los jóvenes se van quedando sin el Evangelio de Jesucristo, ese Evangelio que es a quienes más debería entusiasmar porque sus propuestas son fundamentalmente para jóvenes, para la vida.
Hay, pues, una Iglesia que no acaba de morir para así poder disfrutar de la Pascua del Señor. Y otra Iglesia que no acaba de ponerse a "cenar", que no acaba de cumplir entusiasmada la misión que Jesucristo le ha encomendado. Esa "cena", a imitación de la Cena del Señor, que debería potenciar en nosotros audacia y libertad, propuestas novedosas y misión renovada. Porque no es suficiente ya dedicarnos a los que "están", a los que vienen al templo, a los que se mueven en nuestros círculos parroquiales. Pero se trata de la pescadilla que se muerde la cola: como somos pocos y tenemos que atender a muchos frentes, nos justificamos con la excusa de que no nos queda tiempo más que para dedicarnos a éstos. Y, sin embargo, en este momento más que nunca es imprescindible un esfuerzo imaginativo para formular y llevar adelante propuestas pastorales nuevas e imaginativas que lleguen especialmente a quienes normalmente no llegamos. Jesús se movía de un lugar para otro sin dejar por ello de "cultivar" a las personas que le acompañaban en el camino. Jesús se metía allí donde no lo hacían los profesionales de la religión. Hagamos nosotros lo mismo. Es la única manera de reanimarnos y recobrar tantas esperanzas perdidas a causa del marasmo de la institución y de nuestra comodidad. De lo contrario, como escribe mi amigo José Mª. Vigil, no nos va a quedar más tarea que ayudar a la Iglesia a morir con dignidad, tarea a la cual yo no me apunto.
Pepe Nerín