No creáis en el demonio
J. Masiá 13.02.10, Religión Digital
Para la celeridad de Google o Firefox no hay fronteras y , sin
necesidad de traducción simultánea, ya está enterada este domingo mi feligresía
japonesa de la noticia difundida el sábado sobre el congreso polaco de
exorcistas.
En el retiro preparatorio de cara al
próximo Miércoles de Ceniza, al compartir el eco que nos provoca la
lectura de Lc 4, 1-11, hay quienes preguntan: “¿Sabía
el demonio quién era Jesús? ¿Practicó Jesús en esa ocasión un exorcismo? ¿No
estaba Jesús, por su divinidad, libre de toda tentación desde el principio?”
“Bueno, bueno, vamos por partes,
¡menuda ristra de preguntas! Ante todo, nada de creer en demonios y exorcismos . Y luego, a ver cómo entendemos qué significa
tentación” .
Con cara de desconcierto, insisten
en la pregunta: “Entonces, ¿no hay que creer que el
demonio tienta y no hay que hacer nada para expulsarlo”.
Respondo: Primero: El demonio no
forma parte de nuestro credo. Creemos en Dios, no en el diablo.
Segundo, no hace falta ningún demonio
para tentarnos, ya nos bastamos nosotros solos con nuestro egoísmo para eso.
Tercero, el exorcismo es una
ingenuidad supersticiosa de quien cree en la posesión demoníaca o en la
eficacia del exorcismo para superarla, así como un engaño (¡ojalá no sea un
timo!) por parte del exorcista que lo practica engañando a quienes lo
solicitan...
Dicho esto, vayamos con la narración
de Lucas. Jesús no estuvo ayunando cuarenta días, ni se le apareció ningún
diablo en el desierto. Esta mitificación dramática personifica en la figura del
diablo el tema de la tentación y escenifica la vivencia que Jesús, como
auténtico hombre, tiene de la radical contradicción interna que padecemos los
humanos, la que Pablo expresó atinadamente en Rom 7,
15: “Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto y,
en cambio, lo que detesto, eso lo hago”.
Las tres tentaciones que escenifican
narrativamente los evangelistas son, en realidad, una única tentación, la
tentación de convertir la religión en poder y magia al servicio propio:
convertir mágicamente piedras en pan para no morirse de hambre y huir del
destino humano de la muerte, rendirse ante las ideologías del poder para
recibir a cambio algunas migajas de dominio y superar
las condiciones físicas naturales con un milagro espectacular propio de los deus
ex machina que obligue al pueblo sencillo a creer a la fuerza.
Cuando Lucas dice que se aleja el
tentador “por un tiempo” hasta otro momento, está adelantando que la hora de la
pasión y muerte será para Jesús la de la última tentación.
La tentación para Jesús no era “la
chica”, como equivocadamente sugería el pobre filme de Scorsese
(influido por arraigados prejuicios antifeministas de la tradición cristiana).
¡La última tentación era bajarse de
la cruz!. Le tienta la voz que dice: “sálvate a tí
mismo mágicamente, usa el poder...” (Lc 23, 35-37).
Él había orado e invitado a orar en el huerto “para no ceder a esa tentación” (Lc 22,40).
Hoy la iglesia confronta en su seno
la tentación cuando se ve inclinada a optar por el poder, o a buscar peso
social y cotas de poder en la vida pública, o a imponer al mundo no creyente
normativas presuntamente llamadas de “ley natural” o a fomentar entre los
creyentes la religiosidad mágica, ya sea en las pseudo-apariciones
marianas de pseudo/videntes o en los exorcismos por
intercesión del papa polaco...
Pero, puesto que insiste el personal
en preguntar sobre tentaciones, tomémonos nuestro tiempo y vamos a comentar
durante esta cuaresma el tema de la tentación, tratando de desmitificarlo.
Continuará en próximos posts...