NO ES ÉSA, NO ES ESO

 

            Recientemente fueron ordenados en Zaragoza 6 nuevos diáconos, dándose la circunstancia de que todos ellos eran extranjeros. El día de la inauguración del CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) traté de descubrir algún seminarista de origen zaragozano y a duras penas lo hallé. En las clases del mismo centro ya hace tiempo que el colorido es multirracial. Y el otro día se me informó de que hay diócesis aragonesas que reciben cientos (sí, cientos) de solicitudes de chicos del extranjero, fundamentalmente hispanoamericanos, para ser aceptados como seminaristas.

 

            El fenómeno da que pensar, especialmente en lo que se refiere a las vocaciones procedentes de los países americanos de habla española. Los informes vaticanos nos hablan del fuerte aumento de las vocaciones en Asia y África, unido a la tradicional abundancia en algunos países del este europeo como Polonia, aunque el boom de vocaciones polacas parece haber ido remitiendo en los últimos años junto con el aumento de la secularización en ese país. Pero el fenómeno no parece darse en América, continente al que tradicionalmente la Iglesia española ha venido y sigue enviando sacerdotes ante la falta de un suficiente clero indígena. ¿Cómo es posible, entonces, que haya surgido en poco tiempo tanto interés de jóvenes de esos países en convertirse en alumnos de los Seminarios españoles? ¿Por qué no colaboran básicamente cubriendo las necesidades pastorales de sus propios países, dado que estas necesidades son patentes tal y como se nos han venido indicando desde hace tantos años y que se nos invita a destacar en la jornada del DOMUND? Me resulta difícil entenderlo y prefiero no agarrarme a suponer motivaciones extrasacerdotales en un cierto número de ellos.

 

            Con todo, lo más preocupante o, tal vez, lo más significativo, es la ausencia casi total de vocaciones indígenas en nuestra Diócesis y, en general, en todas las aragonesas. En estos días en que, como todos los años, celebramos el DOMUND, recordándonos la necesidad de enviar misioneros españoles a otros países (también sacerdotes), no nos queda más remedio que hacer una seria reflexión al respecto. Y es que celebrar este domingo mundial de las misiones en este nuevo contexto inmigratorio hacia España, también de vocaciones, obliga a predicar y a celebrarlo de forma algo diferente. Nos hemos convertido en receptores, frente al tradicional papel de “enviadores” de misioneros (sobre todo sacerdotes) a otros países. Es evidente que con la misma generosidad con que hemos enviado en otras épocas debemos ahora recibir a los que nos vienen de fuera. Y yo me alegro cuando entro en clase en el CRETA y me encuentro un horizonte distinto y variopinto.

 

            Porque el problema, naturalmente, no es el hecho de que vengan de fuera (hechas las matizaciones anteriores) sino que no surjan vocaciones en nuestra tierra. Y cuando me refiero a “vocaciones” estoy hablando, naturalmente, de lo que se exige/busca actualmente: chicos (no chicas) jóvenes que asuman ir a vivir a un seminario internos durante seis años y vivir como célibes el resto de su existencia. El aumento de las cifras de seminaristas, aumento tan querido y buscado por nuestros nuevos obispos que pueden enviar a Roma unas estadísticas vocacionales más “presentables”, no nos puede llamar a engaño. La tradicional vía de acceso al sacerdocio ya no convence a casi nadie en esta tierra de cristianos viejos y viejo cristianismo. ¿No es posible intentar nuevas vías, tan evangélicas como las anteriores? ¿No es muy significativo que casi ningún zaragozano quiera irse a vivir a un seminario?

 

            Nuestro Arzobispo se ha cargado de un plumazo la presencia de los sacerdotes operarios que desde hace más de un siglo gestionaban la labor pastoral en el Seminario Diocesano. Más allá de la forma de hacerlo, y que ha causado dolor en los afectados, dolor llevado con benemérita humildad, obediencia y discreción eclesial, habría que pensar que lo ha hecho porque tiene una alternativa con más visos de eficacia que la anterior. Démosle tiempo al tiempo y a los nuevos gestores que destacan casi todos ellos por su juventud en un presbiterio de avanzada edad media. Pero no hay que olvidar que van a estar al frente de un seminario “internacional”, al menos en cuanto a la procedencia de los seminaristas, y no tanto zaragozano. Esperamos una renovación en las ideas, en las formas y en los proyectos, fruto de una reflexión profunda para dar respuesta a los actuales interrogantes vocacionales. Cambiar personas por cambiarlas no conduce a nada si no se renueva a fondo la situación. De momento no hemos conocido nada de sus intenciones ni proyectos.

 

            Finalmente, preocupa el choque cultural que los nuevos curas puedan sufrir o provocar en las parroquias a las que van siendo destinados. No es fácil, procediendo de estilos de religiosidad distintos, saber adaptarse a la realidad pastoral de nuestras gentes que viven ya en una sociedad en gran medida pos-religiosa, al menos culturalmente, y esto tanto en las ciudades como en los pueblos. Nos llegan ejemplos que nos hacen temer que van a proliferar situaciones difíciles. Nos preocupa igualmente la pérdida de memoria histórica, el desconocimiento que los nuevos curas puedan tener de la historia de nuestra Diócesis, especialmente de lo acaecido en los últimos 50 años y que tanto ha marcado nuestra realidad eclesial e incluso social. Y también, ¿por qué no decirlo?, nos preocupa el talante conservador de muchos de ellos especialmente en el aspecto religioso: seminaristas de muchos rezos y liturgias pero de menor afición a visitar a los pobres, itinerantes entre el Seminario y la basílica del Pilar pero ausentes de los barrios “bajos”.

 

            Por todo ello, lo digo una vez más: para mí, humilde pero claramente, la solución vocacional de nuestra Diócesis no pasa por ahí. No es ésa, no es eso. Si no parece haber vocaciones sacerdotales en nuestra Diócesis que asuman el actual “recorrido” que se exige para llegar al sacerdocio, por algo será. Y hay que afrontarlo sin miedos, sin más demoras. Y, sin miedo, respetuosamente, pido a nuestros obispos que tengan la valentía de plantearlo ante las autoridades vaticanas, aunque puedan chocar con inercias ya conocidas. Por otra parte, bienvenidas sean cuantas personas vocacionadas procedentes del extranjero quieran colaborar en la pastoral de nuestras diócesis insertándose en ellas, asumiendo nuestra cultura y nuestra historia, como tantos misioneros aragoneses lo han hecho y siguen haciendo en países más allá de nuestras fronteras. Pero buscar la solución a la carencia de vocaciones sacerdotales aragonesas en la importación de seminaristas o clérigos inmigrantes, en ficharlos como sea para tratar de llenar nuestros seminarios o los huecos de nuestras parroquias, es pan para hoy y hambre para mañana, es autoengañarse, es no querer coger el toro por los cuernos.

 

Pepe Nerín

8.10.2008

 

Desde aquí rezo por mi arzobispo esperando su rápida recuperación tras la operación de corazón a la que ha sido sometido y expreso mis deseos de que pronto podamos verlo activo y dinámico visitando y animando nuestras comunidades y parroquias, como la nuestra de Begoña.