NO ES ÉSTE EL CAMINO
La hoja semanal "Iglesia en Zaragoza" del domingo 24 de septiembre de 2006 publica la noticia "Nueva etapa en el Seminario diocesano de Tarazona". La "nueva etapa" (que más bien suena o es una vuelta a situaciones anteriores, es decir, una "nueva vieja etapa") significa que los seminaristas dejan de acudir a cursar sus estudios al CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) ubicado en la ciudad de Zaragoza y lo harán a partir de ahora en el Seminario de la capital del Queiles, junto al Moncayo. Según su obispo, "la vuelta a Tarazona de la comunidad de seminaristas mayores es un enriquecimiento para nuestra Diócesis, pequeña y humilde, pero que tiene capacidad para formar en todos sus aspectos a los que van a ser sacerdotes".
La noticia no nos coge por sorpresa ya que durante el curso anterior, el obispo sacó a los seminaristas del CRETA y los dedicó durante todo un curso a un plan de espiritualidad (algo así como una especie de noviciado) en la misma Tarazona (en régimen cerrado) y dirigidos por un sacerdote traído con este motivo de Toledo (de donde procede el prelado). Ya manifestamos en su momento nuestra inquietud al respecto (ver el editorial "Una decisión preocupante") y el paso dado ahora confirma nuestros peores temores, unido, además, al hecho de que sea el Arzobispo de Zaragoza el que esté al cargo de la lección inaugural en la jornada de apertura del nuevo centro de estudios y seminario.
Hay que destacar que el CRETA fue creado en 1970 por la Iglesia de Aragón representada por sus obispos, tras todo un proceso de gestación en el que participaron diferentes sectores y personas, como un instrumento para sumar fuerzas eclesiales aragonesas y mejorar la calidad de la formación de los futuros sacerdotes, ya que cada diócesis por separado no podía garantizarla. No creemos que las circunstancias hayan cambiado, a pesar de la afirmación del obispo de Tarazona. Pero vamos a pasar en nuestra Iglesia del "sumar" al "restar", con todo lo triste y descorazonador que es ello. Por otra parte, dada la gravedad de esta decisión que afecta a tantas personas, ¿se trata de algo seria, amplia y largamente reflexionado por la comunidad eclesial de esta diócesis hermana o una iniciativa individual del nuevo obispo, caiga quien caiga?
Se rompe de esta manera y unilateralmente un organismo de unidad de la Iglesia de Aragón, dando la impresión de que a partir de ahora cada obispo va a dedicarse a buscar las soluciones por su cuenta individual, prescindiendo de las aportaciones de los demás. Curiosamente la primera en empezar es la Diócesis que cuenta con menos población y, por tanto, efectivos. Pienso que, desgraciadamente, estamos ante un serio paso atrás que puede, además, ser imitado por otros obispos. Mucho se ha comentado sobre las tentaciones al respecto del obispo de Huesca y Jaca, así como de la "incomodidad" que parece sentir el nuevo arzobispo de Zaragoza ante organismos de decisión colectivos que "limitan" (en su opinión) su capacidad de maniobra. Parece que lo que puede prevalecer a partir de ahora es el supuesto interés particular y parcial de cada diócesis (o de cada obispo) frente al interés general de los cristianos aragoneses. Deseo que no y que Dios no lo quiera.
No se produce este paso por casualidad sino que tiene lugar en un tema tan sensible como el de las vocaciones sacerdotales. Desde hace tiempo es vox populi que el cambio radical de obispos de las sedes aragonesas que supuso la llegada de prelados procedentes de otras comunidades autónomas, y con orientaciones ideológicas de talante mucho más conservador que sus predecesores, estaba relacionado con el descenso de vocaciones experimentado en nuestra comunidad en las últimas décadas. Incluso algún obispo se ha permitido criticar la pastoral vocacional llevada hasta ahora como si prácticamente apenas se hubiera hecho nada al respecto hasta su llegada. Pero las pistas de la nueva orientación que venimos observando parecen reducirse al desmantelamiento de un centro de la categoría del CRETA (paradójicamente con nuevas y buenas instalaciones inauguradas hace tan sólo un año y con un director procedente de la diócesis de Tarazona al que se le deja en una situación muy difícil), a suplir el déficit de sacerdotes importando presbíteros del extranjero (muchos de ellos con una espiritualidad y pastoral preconciliar) y a intentar engrosar el número de seminaristas con personas que no han surgido de nuestras comunidades pastorales y que ni siquiera son de nuestra tierra, aunque el obispo lo justifique con expresiones retóricas como que "la Iglesia no conoce fronteras y en este sentido todos son de casa". Suena a una forma de maquillar el problema del déficit vocacional (que afecta igualmente a los religiosos y religiosas, aunque este último no parece preocupar tanto a los obispos como el de vocaciones sacerdotales), presentar cifras con las que justificar pretendidos éxitos en pastoral vocacional (asunto, al parecer, muy sensible en los dicasterios romanos) y potenciar supuestas autosuficiencias diocesanas que no tienen nada que ver con una realidad en la que los cristianos cada vez estamos más envejecidos y somos menos.
No creo que sea éste el camino. Y lo siento. Se vuelve a situaciones y estructuras de tiempos pasados, renunciando, por tanto, a profundizar en la realidad del mundo actual, en las causas del déficit vocacional, en el camino vocacional que hoy necesitaríamos, en la esencia de los ministerios en la Iglesia, en el papel de casados y mujeres, etc. Y, sobre todo, parece abandonarse a las comunidades "indígenas" como terreno fértil en el que surjan las distintas vocaciones confiando en que sean capaces de abrir caminos nuevos, aunque difieran, por tanto, de los tradicionales que no tienen por qué ser santificados y considerados únicos.
Pepe Nerín
24.9.2006