NO EXISTE “LA”
FAMILIA CRISTIANA
Cuando
me dispongo a escribir este editorial está a punto de celebrarse en Madrid el
domingo 2 de enero una nueva concentración de familias para reivindicar la
importancia de la familia cristiana mediante una misa multitudinaria ocupando
el espacio público. Es la repetición de algo que empezó en 2007 y que ha
continuado año tras año con una dimensión europea. Coincide que el domingo
pasado, día 26 de diciembre, celebramos litúrgicamente la fiesta de
De
entrada me atrevo a decir que no existe la llamada y proclamada “familia
cristiana”. No existe en el mismo sentido en que tampoco existe un “partido
cristiano” que reclame para sí el voto de los cristianos como la única opción
que resume el ideal político de los mismos. También es un abuso hablar de “escuela
católica” como si hubiera un modelo que se adecuara plenamente a las exigencias
evangélicas acerca de la educación. El no tener en cuenta esta realidad ha dado
lugar a serias confusiones entre lo que es el Evangelio y lo que es ideología. Porque,
por ejemplo, hablar de partido político “cristiano” supone en la práctica
elegir una ideología determinada y darle abusivamente el nombre de “cristiana”,
y lo mismo en el caso de la escuela o, en este caso, en el de la familia. Podríamos
hablar de partidos o de centros escolares de “inspiración” cristiana, es decir,
que entre sus componentes ideológicos seleccionaran, junto a otros, principios
deducidos del Evangelio, pero ello trae como consecuencia que otros partidos o
escuelas pueden hacer lo mismo (como de hecho ha sucedido adoptando unos el
nombre de democristianos, otros el de socialcristianos, etc.), con lo cual no
dispondríamos de un modelo único, tanto en política como en enseñanza. Y lo
mismo podríamos decir de la familia, es decir, que pueden existir modelos que
traten de reclamarse evangélicos o cristianos porque han tomado de ahí algunos
valores importantes, pero lo que no es legítimo es que se reclamen como los únicos
que resumen plenamente la realidad evangélica o cristiana de la familia. Por
tanto, varios modelos pero no uno solo. Es curioso que esta tendencia
conservadora respecto a calificar de cristiano sólo lo suyo coincida en el
tiempo con los deseos o intentos de crear un partido político “cristiano” que
una en la lucha política a todos los creyentes en Jesucristo, intento que
esperamos para bien de
En la homilía dialogada que tuvimos en la misa parroquial de las doce del mediodía tratamos de aclararnos sobre este tema para llegar a acercarnos a descubrir qué es en el fondo lo que tendría que caracterizar a una familia que desee considerarse como cristiana. El modelo podría ser (ha sido tradicionalmente) el de la sagrada familia de Nazaret. Pero llegamos a la conclusión de que apenas sabemos nada de ella más allá de algo esencial que se nos quiere transmitir por los evangelistas como la clave de todo: la plena disposición de sus miembros a seguir la voluntad de Dios Padre. María lo resume en su conocida frase: “Hágase en mí según tu Palabra”. José cambia de idea en cuanto Dios le va desvelando el fondo de lo que está sucediendo y que él no comprende. Y Jesús, callado durante toda su infancia, habla cuando sus padres le encuentran en el templo entre los doctores: “¿No sabías que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”. Por tanto, clave de una familia que quiera seguir el modelo de la de Nazaret, que se supone que es el gran modelo cristiano de familia, es que ponga a Dios en su centro y viva tratando de seguir la voluntad de Dios. Lo demás, en cuanto a las formas, es totalmente relativo.
Por eso tratamos de distinguir entre el quién, el qué y el cómo. ¿Quiénes forman parte de una familia? La respuesta fue que una gran gama de personas: padres, hijos, abuelos, tíos, etc. Puede haber familias en donde estén todos ellos, pero lo normal (a diferencia de épocas pasadas) es que exista una familia nuclear de padres e hijos, cada vez más apoyados por los abuelos para hacerse cargo de los nietos ayudando a unos padres que trabajan fuera de casa. Cada vez más frecuente, sin embargo, es encontrarnos con formaciones uniparentales en los que falta uno de los dos cónyuges, familias con hijos adoptados y naturales o con tan sólo unos de ellos, parejas sin hijos, parejas del mismo sexo, etc. Ante tal variedad, lo importante no parece ser quién forma parte de una familia ya que existen de hecho muchos modelos al respecto.
Tampoco parece ser lo más significativo el qué, es decir, a qué se dedican sus componentes. De la familia de Nazaret se dice (apoyándose en los escritos apócrifos) que José era carpintero/albañil, mientras que de María no se dice nada y se supone que se dedicaba a lo de las mujeres de entonces, fundamentalmente al cuidado de la casa. Pero todo esto es un mero suponer, ya que a lo mejor no fue así. Actualmente se ha roto el predominio absoluto de la fórmula “padre trabaja fuera, madre en casa”, y las mujeres cada vez más se han lanzado a trabajar fuera del domicilio (siempre que el paro no se lo impide), lo cual ha supuesto que han tenido que luchar por el reparto de tareas dentro del hogar. La educación y cría de los hijos va dejando de ser algo exclusivo de las mujeres y, dependiendo de la situación laboral exterior, hay padres que se dedican exclusivamente a sus hijos mientras las madres trabajan fuera. Ha cambiado igualmente el modelo autoritario tradicional en el que el marido era el cabeza y jefe de familia para ir hacia un modelo democrático que, por desgracia, sigue sin ser aceptado por muchos hombres y cuya no aceptación está en la raíz de los malos tratos a las mujeres. No es, por consiguiente, significativo decir que una familia que se considere cristiana tenga que seguir un único modelo en cuanto a roles familiares.
Nos queda, por tanto, el cómo, es decir, cómo se vive todo esto, con qué espíritu, y aquí nos vale lo dicho al principio: una familia podrá considerarse cristiana si coloca a Dios en el centro y trata de seguir su voluntad, una voluntad divina no de imposición sino de hacernos propuestas para que sigamos caminos de felicidad, amor y solidaridad y no de enfrentamiento y egoísmo. De ahí, lógicamente, se seguirá el asumir unos valores como nos presentaba San Pablo ese mismo domingo: aceptación, sobrellevarse mutuamente, paz, misericordia, etc. Pero lo importante es lo primero: Dios en el centro y nosotros a su disposición siempre benefactora de lo humano.
Dicho lo cual volvemos a la afirmación del principio: no existe un único modelo de familia cristiana, y mucho menos si se trata del modelo conservador o incluso ultraconservador que tratan de imponernos con la excusa de que está siendo atacado por los laicistas y desde el Gobierno. Éste tiene que atender a la pluralidad de modelos familiares actualmente existentes en nuestra sociedad y no puede plegarse a las exigencias de uno de estos modelos por fuertes que sean sus influencias, su poder social o el número de simpatizantes o manifestantes. Confundir esta actitud con la de persecución del modelo de familia cristiana que representan los que acuden cada año a la misa de las familias de Madrid es situarse en otro terreno, el ideológico, en el que nadie está legitimado para imponer sus criterios.
¡Ah!, el reclamo de “cristiano” nunca debe hacerse para considerarse como superior a otros modelos. Todavía late en muchos cristianos e incluso dirigentes eclesiales la idea de que el auténtico matrimonio es el “cristiano” mientras que los matrimonios meramente civiles son inferiores, cuando no “concubinatos” según los fundamentalistas. ¡Qué vas a comparar un matrimonio por la iglesia con uno por el juzgado!, y lo que ya les saca totalmente de quicio es llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Que se preparen estos últimos para cuando llegue al Gobierno el PP ya que acabará con ese estado de cosas. Ya lo veremos puesto que en política todo es posible y donde dije digo digo Diego. Me parece a mí que un matrimonio que se autodenomina cristiano y se sitúa prepotentemente por encima de los demás (como dice el obispo de Alcalá en el caso de los malos trataos al cónyuge) es la negación del espíritu de misericordia y de servicio que caracteriza el seguimiento de Jesucristo. En cambio, ¿habrá que negar el nombre de cristianas a las parejas que intentan seguir el único criterio plenamente determinante y significativo de poner a Dios en el centro de su vida de pareja, aunque sus componentes sean del mismo sexo? Ahí queda eso.
Pepe Nerín
29.12.2010