Dice en un post José Manuel Vidal, haciéndose eco de lamentaciones
papales jeremíacas, que está en crisis la confesión. Pero no importa
que esté en crisis el confesionario o que desaparezca la confesión, si
se recupera la fe en el perdón y la práctica de la reconciliación.
La
celebración de la penitencia no es cuestión de número y frecuencia.
Más importante que la confesión es el perdón como parte del Credo: Creo en el
perdón de los pecados.
Más
importante que la confesión es el perdón como parte del Padre Nuestro: Pedimos
perdón y capacidad para perdonar. Más importante que la confesión es el perdón
que pedimos y recibimos al principio de cada Misa y a lo largo de toda la
celebración Eucarística.
Más
importante que la confesión es que luchemos juntos para desarraigar el “pecado
estructural, social y colectivo del mundo”.
Pero puestos
a celebrar con sentido en algunos “momentos fuertes” el perdón en forma de
conversación (que no es privada, “entre Dios y yo”, sino pública, con el
acompañamiento mutuo de quien confiesa y quien es testigo, no juez, testimonio
de que Dios perdona), entonces habrá que hacerlo, no al estilo del
confesionario, sino del pacificatorio (como expliqué
en la serie de posts anteriores sobre la penitencia).
Cuando
sustituimos el confesionario tradicional por unos locutorios favorables al
coloquio penitencial, insistí al arquitecto en que evitásemos colocar a
penitente y confesor frente a frente, como ante una mesa burocrática. No se
arreglaba nada con solo cambiar la rejilla de celosía por el cara a cara de
ventanilla.
Tampoco eran
solución las celebraciones penitenciales colectivas, si no se daba la
absolución colectiva. Por eso fracasó la reforma de los nuevos rituales, mezcla
explosiva de lo ritual y lo rutinario. En los cambios hay que ir más al fondo.
Había que
formar un triángulo. Penitente y confesor, en oblicuo, se
orientan hacia el icono, la imagen o el crucifijo, formando un triángulo. Se
rompe la imagen del examinador o el juez, incluso la del mero terapeuta.
Confesor y penitente, mirándose lateralmente, orientan a la vez sus miradas
juntas hacia la imagen mediadora de la instancia absoluta desde la que viene el
perdón y la acogida.
Penitente y
confesor dialogan, pero a la vez oran juntos, se dirigen la mirada y la palabra
mutuamente, pero a la vez que las dirigen y orientan hacia un más allá de
ambos.
Y ahora que
Roma ha anunciado el año del sacerdocio ministerial (mejor que ministerio
sacerdotal; aunque habría sido mejor llamarlo el Año Ministerial),
es el momento de desear y orar porque en el futuro, tanto la presidencia de