NO ME SALEN LAS CUENTAS
El Arzobispo de Zaragoza, en su homilía de la misa de apertura de curso del CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) el lunes 2 de octubre entonó una amplia loa al Centro, a su historia, a su presente y a su hipotético futuro. No se anduvo con cicaterías, sino todo lo contrario, llegando incluso a exagerar acerca de su importancia. Esto sucedía tan sólo pocos días después de que él mismo hubiera expuesto la lección inaugural en la apertura de curso del renacido Seminario Diocesano de Tarazona. Al escucharle hablar y con tanto entusiasmo yo no sabía muy bien si se estaba metiendo en un jardín o nos quería llevar al huerto, porque lo cierto es que durante los 20 minutos que estuvimos esperando su comparecencia (por cierto, żes que sus ayudantes no miran el reloj y tiran de él?, aunque supongo que es complicado ya que es un hombre generoso en su trato con otros) los asistentes a la ceremonia no hablábamos de otra cosa: el "éxodo" de los seminaristas de Tarazona al que hay que añadir (ˇúltima noticia!) también el de los de Huesca y Jaca, llevado éste con más sigilo por su obispo. Por cierto que este último llegó tarde a la eucaristía pero fue invitado por el Arzobispo a bendecir a los fieles junto con los demás obispos, al tiempo que públicamente le invitaba a presidir el acto de apertura del próximo curso en el CRETA. Podremos encontrarnos con que un obispo que prescinde de este Centro para sus seminaristas asuma el papel institucional de presidir su apertura y rubricar con ello su validez para las diócesis aragonesas. Un poco complicado.
Y es que tras la loa al Centro vino la loa a la decisión tomada por el obispo de Tarazona, acompañada por un relato de lo que él se encontró en Murcia: el regreso de los seminaristas murcianos a su capital diocesana tras unos años de permanencia en Granada. Y el Arzobispo hablaba con el mismo entusiasmo del tema casi como invitando al resto de los obispos a hacer lo mismo, mientras los profesores manteníamos la respiración con evidente preocupación. Menos mal que los prelados de Barbastro y de Teruel parece que no están por la labor porque de lo contrario el tan maravilloso CRETA se quedaría en cuadro. Y es que no es compatible, vamos, pienso yo, potenciar este Centro y, a la vez, sacarle sus alumnos para que se vayan a estudiar a otro sitio. A mí, al menos, no me salen las cuentas.
Tras la eucaristía nos trasladamos al salón de actos en donde tuvo lugar el acto académico, por cierto con una presidencia colocada en lugar equivocado, el más oscuro. Se leyó la memoria del curso pasado, se nos conferenció doctamente sobre S. Gregorio de Elvira, el ousía y el homoousios (para anonadamiento o kénosis de alumnos primerizos) y se homenajeó a tres profesores eméritos (el vicario general, el moralista Félix Felipe y el patrólogo Sandalio) quienes escucharon encantados (como el resto de la concurrencia) las bellas e inteligentes palabras que les dedicaron otros colegas más jóvenes quienes resaltaron la profundidad, espiritualidad y valentía de sus vidas y trabajos, utilizando hermosas poesías y citas tan claras para quien quiera entenderlas como aquella de Chesterton: "Cuando entro en una iglesia se me pide que me quite el sombrero pero no la cabeza", modélica reivindicación de la libertad de pensamiento sin faltar por ello al respeto debido.
Por lo demás, el Arzobispo estuvo encantador en el cuerpo a cuerpo, antes, durante y tras la excelente comida a la que fuimos invitados profesores y alumnos, estos últimos junto con el rector sirviendo admirablemente los platos. Repartió saludos y abrazos, se mostró una vez más cercanísimo y manteniendo conversaciones amistosas con todo el mundo. Doy fe de ello porque me siento muy bien tratado por él y, además, está sabiendo encajar con sentido del humor y con fina ironía (esa ironía tan necesaria, e incluso tan evangélica, aunque a algunos les horrorice su utilización) mi sentido crítico. Se lo agradezco. Me lo está poniendo "difícil". Y al mismo tiempo me permito prevenirle ante los "palmeros" (como me decía uno), los que palmean todo lo que hace o dice, los que se inclinan cuando él se inclina, los que tratan de quedar bien por aquello de que "quien a buen árbol se arrima...". Hay trepas sueltos por ahí y otros que no quieren perder su cargo y que no las tienen todas consigo ante un Arzobispo que en cuestión de nombramientos no es nada inmovilista. Me permito sugerirle que imite al Cardenal Tarancón quien cuenta en sus memorias que invitó a un cura para que se fuera con él cuando le nombraron obispo de Solsona teniendo como única función decirle siempre la verdad acerca de su comportamiento episcopal, especialmente cuando se equivocara o metiera la pata. Si elogiable y humilde fue la petición del prelado no lo fue menos la condición que le puso el cura: que a cambio no le diera ningún cargo de relumbrón.
Pepe Nerín
2.10.2006