NUEVO CURSO:

RENOVARSE O MORIR

 

Entramos en septiembre con la mirada puesta en el nuevo curso que comienza e inevitablemente, olvidándonos de la relajación veraniega, no nos queda más remedio que ponernos las pilas y marcarnos objetivos que ayuden a revitalizar la fe de nuestras comunidades y de la Iglesia en general. La nueva situación social nos urge a encontrar nuevos caminos por los que transitar siguiendo el estilo de Jesucristo que va delante de nosotros.

 

Recientemente me comentaba un cura amigo mío la desazón que le embarga cuando tras alguna celebración, dinámica y participada, en la que toman parte personas que ya hace muchos años no frecuentan los templos junto con otras que mantienen la práctica dominical a pesar de todos los pesares, le dicen que así sí, que cuando participan en algo dinámico, participativo y al mismo tiempo profundo sienten renacer en ellos muchas esperanzas perdidas entre el ritualismo y el aburrimiento repetitivo de tantas misas. Así sí, en esa manera de vivir y celebrar la fe estarían dispuestos a recomenzar o a reanimarse.

 

Pero lo tenemos difícil. A la menor novedad se te echan encima los defensores de no sé qué quintaesencias y te ordenan el sometimiento absoluto a un ritual y a unas fórmulas que ya hace mucho dejaron de decir algo a tantos creyentes. La gente se aburre en la mayor parte de las misas. Y no es que éstas tengan que ser un espectáculo divertido, pero es que se aburren porque no hay más que palabras, gestos trasnochados y vacío vital. Son un recuerdo muerto que no invita a nada, que no estimula, que no aumenta la fe ni la reanima. Y los asistentes a la celebración, cada vez personas de más edad, mantienen la práctica por fidelidad, por fundamentalismo o por rutina, pero no por entusiasmo ni esperanza.

 

Lo tenemos difícil. Ayer estuve en el cine viendo una de las enésimas películas que reflejan el ambiente de la España franquista. Y de nuevo aparece la omnipresencia agobiante (y que fue real) de una religión católica y de un clero controlador social y político en un ambiente de miedo y desconfianza. No es difícil presumir que los espectadores se quedan con la mala imagen de los curas y que ésa se proyecta sobre el clero actual y sobre las prácticas religiosas. Por eso, y aunque intentes otra cosa en las misas que celebras, luego pueden darte las gracias por el buen rato espiritual pasado pero les notas que te consideran una excepción y que se convertirá simplemente en un grato recuerdo, pero que la Iglesia va por donde siempre, sin ofrecer vida sino sólo ritos que ya no dicen nada envueltos en vestimentas de la época de los romanos que alcanzan su mayor excentricidad en las celebraciones con presencia episcopal, mitras, báculos y solideos incluidos. ¿Es que aún hay alguien que se confiesa?, te preguntan, acostumbrados como están al bodrio como se escenifica este sacramento frecuentemente en las pantallas.

 

Volviendo a la misa del domingo: en ella nos jugamos gran parte de nuestro presente y de nuestro futuro. Unas misas en las que se reúnen los cristianos de la parroquia tienen que tener en cuenta este dato fundamental, ya que apenas hay otro momento en que lo hagan. Por ello tienen que ayudar a los asistentes a encontrarse con Dios encontrándose unos con otros, de ahí la importancia de la acogida, de los gestos cariñosos, del poner en común lo vivido durante la semana, del lenguaje comprensible, de la cercanía, de la alegría real no meramente litúrgica por el reencuentro, del interesarnos unos por otros, de poner en el centro la imagen y presencia de un Dios Padre de todos, de un Jesucristo hermano mayor nuestro que nos acompaña y nos da ejemplo de vida, de un Espíritu que nos reanima e impulsa a seguir los pasos del Maestro. Al cura, por ejemplo, cuando sale a celebrar se le tiene que notar que disfruta al ver y encontrarse con los parroquianos, que se siente a gusto y estimulado por ellos. Y que no se trata de una misa más que le toca celebrar porque toda misa es distinta, aunque mantenga una estructura que se repite, estructura que debería ser mucho más flexible. Y es distinta porque la vida sigue, porque vamos a escuchar una Palabra de Dios que no es la del domingo anterior, porque las experiencias de los asistentes a lo largo de la semana tienen matices diferenciadores, porque las noticias del mundo se van sucediendo y no son siempre las mismas, porque hay nuevos pobres y nuevas hambres, porque Dios nos sorprende a cada momento ya que es creador y creativo, porque…

 

Con todo, la misa no es lo único importante, aunque sí esencial. Y la Iglesia en su conjunto no entusiasma, ni estimula, ni alegra. Tras el renacer del Concilio Vaticano II, las personas y tendencias conservadoras se han adueñado de su estructura, de su lenguaje, de su estilo y han apagado demasiados pábilos vacilantes. Da pena ver a tantos curas jóvenes aferrados a estilos y prácticas que responden a épocas ya superadas y que provocan estupor en las parroquias en las que caen. Da pena ver cómo las organizaciones más conservadoras son las que controlan el aparato y marcan las pautas. Da pena ver a tantos obispos y eclesiásticos que parecen dar un rodeo para no toparse con el hombre asaltado en el camino ya que tienen prisa por llegar a otras ceremonias. Y da pena ver a tantos cristianos de buena voluntad a los que se les ha hecho creer que el mundo es malo, que hay que parapetarse, que hay que cumplir ritos y obligaciones al pie de la letra si es que quieren encontrar seguridades y salvarse del caos. Da pena constatar el odio que algunos destilan contra quienes pensamos y decimos cosas diferentes a las oficiales (no hay más que leer algunas cartas de mi libro de visitas).

 

Pero ese camino no lleva a ninguna parte, más allá de la irrelevancia, el enfrentamiento o la muerte.

 

Por eso, en este comienzo de curso, propongo ser realistas, es decir, analizar al menos mínimamente bien el mundo en que vivimos y tratar de marcarnos unos objetivos bien concretos que ayuden al personal a dar nuevos pasos en su fe, en su amor hacia los demás, en su seguimiento de Jesucristo y en su compromiso con los más pobres. No hay que llenarse la boca con grandes planes que no pisan tierra, sino partir de las necesidades concretas de la gente a la que hemos sido enviados.

 

Pepe Nerín

1.9.2008