AÑO NUEVO, IGLESIA...
Comenzamos un año nuevo y a mí me acaban de caer sesenta. Es, por tanto, un buen momento para revisar dónde estamos, hacerse preguntas y formular deseos, todo ello dirigido tanto a la realidad eclesial en que nos encontramos como a mi situación personal. Me limitaré, no obstante, en estas líneas a formular algo sobre lo primero, dejando para mi intimidad el resto.
Como ya expliqué en anterior editorial, me preocupa la mala imagen que venimos dando. Pero también me preocupa, incluso más, la ausencia de jóvenes en las movidas parroquiales, con la excepción de grupitos muy reducidos, formados por chicos y chicas que llevan ya una larga trayectoria, que rondan casi todos los treinta años (límite más o menos convencional de la juventud) y que mantienen encendida con más moral que el Alcoyano la llama de una pastoral juvenil que ha ido declinando numérica y drásticamente en la última década y cada vez a mayor velocidad. Y me preocupa, igualmente, la no incorporación de nuevos miembros, no ya sólo jóvenes sino también adultos, especialmente adultos jóvenes; es triste que cuando un anciano se nos muere, no suela haber otra persona que rellene el vacío que deja en los bancos de nuestros templos.
Ante esta situación encuentro personas muy comprometidas en la parroquia que aparentemente no parecen darle a ello demasiada importancia. Ejemplos de esto son las afirmaciones que se hicieron en la mesa redonda "¿Qué hace una parroquia como tú en un barrio como éste?" que aparece en la revista que publicamos en la sección "Parroquia" de esta página web. Lo importante, se dice allí, es que vivamos como cristianos, seamos muchos o pocos, y que demos testimonio de ello, ya que no se trata de convertirnos en proselitistas. En otra mesa redonda en que participé hace no mucho en la sede de una organización católica, alguien se rebeló contra la expresión "el último que apague la luz" y la sustituyó por esta otra: "el último que deje la luz encendida" para que pueda iluminar a quien así se la encuentre y que venga detrás de nosotros a esta gran habitación que llamamos Iglesia.
Sin dejar de estar de acuerdo en general con estas afirmaciones, no puedo dejar de pensar que tienen algo de "escapatoria", de no ir al fondo que refleja esa situación. Y en el fondo, o en la superficie y con evidencia supina aparece la realidad de una Iglesia cuyos componentes se han ido haciendo cada vez más viejos, mientras los jóvenes no conectan y quienes han ido en los últimos años organizando su vida (la generación reflejada en la serie televisiva "Friends", los treintañeros) sientan sus bases y su visión de la vida sobre otros parámetros muy diferentes.
Y es que podemos incluso decir que la sociedad en su conjunto se mueve en direcciones que no convergen con lo que aparentemente se mueve en nuestra realidad eclesial, al menos en la que resulta más visible. Esto lo confirman diversos autores. Así, por ejemplo, José Mª. Castillo, en el libro "Iglesia y sociedad en España" (Trotta, 2005), llega a afirmar que "está emergiendo una nueva cultura y, con ella, un nuevo tipo de hombre", y cita a A. Giddens para decir que los cambios se están produciendo en todos los niveles, pero especialmente en nuestra vida privada ya que "hay en marcha una revolución mundial sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo formulamos lazos y relaciones con los demás". Castillo concluye que "la historia, la cultura y la sociedad han cambiado, han progresado, son distintas, mientras que las religiones, y concretamente las iglesias, no han evolucionado al ritmo y a la velocidad que lo han hecho las sociedades y las culturas; de donde resulta que las religiones (y con ellas la Iglesia) son organizaciones que, ante grandes sectores de la opinión pública, se muestran como instituciones anacrónicas y, por tanto, inadaptadas, que no encajan ni en el modelo de sociedad, ni en el modelo de cultura en el que vivimos en la actualidad".
Se puede estar más o menos de acuerdo con lo anterior, pero a mí me da la sensación de que la Iglesia, sobre todo la "oficial", es decir, la representada por el clero en general y por los obispos en particular, conecta cada vez menos en sus declaraciones y en su estilo de vida con la realidad de la vida de la gente. Y eso aunque luego resulte que haya también bastantes personas, ubicadas especialmente en la derecha sociopolítica, que se manifiestan en las calles siguiendo consignas emanadas de los obispos (sobre todo en cuestiones familiares, escolares o sexuales) o que frecuentan nuestros templos y organizaciones eclesiales.
El camino, sin embargo, no creo que esté en la confrontación, como tantas veces y últimamente se viene produciendo, poniéndose ideológicamente del lado de una parte de la sociedad, la más conservadora. Ni en las presiones de tipo político para que las leyes se amolden a un determinado tipo de moral pretendidamente evangélica. Ni en pensar que nos "persiguen" porque el "mal" (los malos) siempre persigue al supuesto "bien" (los buenos), o, dicho de otra forma, "ladran, luego cabalgamos" (porque se puede cabalgar por caminos equivocados y considerar "ladridos" lo que pueden ser críticas acertadas).
El camino, en mi modesta opinión, debería ir más bien por hacer una seria y sincera reflexión sobre nuestro ser y realidad como cristianos en este siglo XXI, y sobre la misión que nos corresponde como seguidores de Jesucristo. Me imagino que en las alturas eclesiásticas jerárquicas mi opinión no va a pesar nada, ni lo pretendo, a parte de que mi voz no tiene por qué llegarles. Pero sé que hay muchas personas (no sé cuántas ni importa demasiado, pero creo que no son pocas) que no están de acuerdo con muchas de las orientaciones oficiales, que sufren en silencio los pasos en falso que se dan, que continúan en la brecha a pesar de que ya hace muchos años, tal vez desde poco después de finalizado el Concilio Vaticano II, que no reciben noticias eclesiales entusiasmantes (a no ser las procedentes de testimonios de personas individuales o de pequeños grupos que trabajan en medio de los marginados, y que viven una vida "martirial" en el sentido más exacto de la palabra, es decir, testimonial a tope). Algunas de estas personas conectan conmigo y son las que me animan a seguir escribiendo y a mantener mi página web. A ellas les debo en gran medida mis ilusiones y les dedico mis esfuerzos semanales en Internet.
¿Qué significa ser cristiano en estos comienzos de 2007? ¿Qué podemos aportar a nuestros vecinos? ¿Cuál es nuestra misión en concreto, más allá de fórmulas genéricas, aunque verdaderas, como la de "continuar la tarea de Jesucristo anunciando el Reino de Dios"? ¿Qué tipo de organización deberíamos tener? ¿Por qué de nuestro "mensaje" pasan sin mayor problema la mayoría de los jóvenes, cuando se trata, sin embargo, del mensaje de alguien tan vital como Jesús de Nazaret? ¿Por qué actuar siempre como "freno" ante cualquier nuevo paso que da la humanidad en lugar de servir como "estímulo" para nuevos pasos, para la esperanza, en definitiva, en un mundo y una vida mejor? ¿Por qué insistir en unas normas derivadas de unos principios abstractos en lugar de hacer sugerencias para ayudar a la gente a vivir de modo más pleno y humano? ¿Por qué la "Iglesia" tiene que ser "conservadora" por sistema? ¿Por qué el "sistema" eclesiástico acaba por engullir a quienes son promovidos a cargos de responsabilidad? ¿Por qué se ha reducido la libertad de expresión en nuestra Iglesia y nos sorprendemos con envidia de la libertad que se ejercía hace 40 años en los tiempos conciliares e inmediatamente posteriores? ¿Por qué se ha tenido tanta manga ancha con trepas y personajes (o clanes) siniestros que han llegado incluso a elaborar fichas cuasi policíacas sobre quienes en ocasiones somos o hemos sido contestatarios en determinadas cuestiones, e incluso sobre obispos? ¿Por qué nos cuesta dar pasos concretos de compromiso profundo con los marginados (que son los primeros que deberían recibir la "Buena Noticia", no lo olvidemos), pasos que supusieran en pura lógica cambios profundos en nuestra manera de vivir el Evangelio y de organizarnos? ¿Por qué los medios de comunicación dependientes de la Iglesia (emisoras de radio o de televisión, boletines, revistas, etc.) han de estar por lo general y férreamente en manos de los conservadores de la derecha y en plan batalla contra los de la izquierda? ¿Por qué los órganos consultivos del Obispo (Consejo Presbiteral, Pastoral, Episcopal, etc.) resultan tan poco eficaces para promover nuevos pasos e ilusionarnos y renovarnos más allá de insistir en la necesidad de formación y poco más?
Muchas preguntas y más que se me ocurren, pero no quiero cansar ni agobiar. Lo que sí puedo decir es que yo, como uno de mis deseos de comienzo de año, quiero ir hacia delante, quiero contribuir a abrir nuevos caminos más adecuados a la realidad de la gente y de la sociedad de hoy, no quiero resignarme a esperar una jubilación (que en la práctica se nos niega a los curas), no quiero tampoco resignarme a que haya que esperar otros 40 años (a mí ya no me quedan tantos) para que algo se mueva o para que recuperemos lo retrocedido. Trataré en próximos editoriales de responder de alguna forma a los anteriores interrogantes e invito a reflexionar sobre estas o parecidas cuestiones y a elaborar propuestas concretas y prácticas para hacérnoslas llegar a todos, estén arriba o abajo. Ofrezco esta página web a cuantos quieran "sembrar esperanza" de que otra Iglesia, en la que quepamos todos con alegría y no con resignación o pesimismo, es posible y publicaré lo que me envíen.
Un fuerte abrazo y ¡Feliz año nuevo, Iglesia de mis amores!
Pepe Nerín
31.12.2006