HACIA NUEVOS HORIZONTES ECLESIALES

 

            Abro hoy lunes diversos periódicos digitales y me sorprendo al constatar la importancia que se da estos días a la religión, todo ello derivado no de la celebración del nacimiento de Jesús sino de la concentración a favor de la familia efectuada en Madrid a finales de año. Las críticas son especialmente duras desde los medios de izquierdas, llegando a exigir la revisión de los Acuerdos con la Santa Sede y destacando la necesidad de acabar con los paños templados que el Gobierno sigue en sus relaciones con la Iglesia.

 

            Una de las figuras más debatidas en estos momentos es la del cardenal arzobispo de Madrid Rouco Varela de quien se destaca su supuesta sed de poder y deseos de volver a conseguir la presidencia de la Conferencia Episcopal Española, en detrimento de un tímido Blázquez, actual presidente y obispo de Bilbao, a quien se le compadece por haber tenido que lidiar con graduación de “sargento” a capitanes generales cual toros miuras como los cardenales García Gasco, Cañizares y el mencionado Rouco. Blázquez, hombre de derechas de toda la vida, es visto como la esperanza frustrada de una renovación eclesial y de un talante mucho más centrado que el de su predecesor.

 

            La proximidad de las elecciones en la CEE, coincidentes en el tiempo con las elecciones generales al Parlamento Español, hace que todo sea visto en clave electoral y que, por tanto, la Iglesia sea considerada como una organización política más con sus tendencias, estrategias políticas y campañas electorales más o menos explícitas. Una organización considerada como “intelectual orgánico” (la que le proporciona ideas) de la derecha española, íntimamente unida a los intereses del PP a quien ayuda a reconquistar el poder para compartirlo con él y que saca a la plaza pública cuestiones que ni los propios dirigentes de este partido se atreven a formular con tanta claridad.

 

            Si esto es así, y tiene bastantes visos de serlo, ¡pobre Iglesia Española jugando este papel! ¡Pobres obispos nuestros que dedican sus apariciones públicas a hablar en plan casi beligerante de determinados temas (familia, escuela, bioética, etc.) que, a mi modo de ver, no tienen una importancia central ni muchísimo menos en los Evangelios que la misma Iglesia nos ha transmitido y en los que Jesús se expresa de forma bastante crítica hacia estas instituciones! Mientras tanto las encuestas siguen insistiendo en la baja estima que la Iglesia Española merece para los ciudadanos, los jóvenes cada vez están más ausentes de la vida eclesial y faltan claros revulsivos que nos reilusionen en nuestra vida colectiva de Iglesia del siglo XXI. Y falta por ver las repercusiones de las tomas de postura episcopales (hay quienes las tememos bastante negativas) en la opción ciudadana por el apoyo económico a la Iglesia en la próxima declaración de la renta

 

            La Diócesis de Zaragoza no es una excepción, aunque nuestro Arzobispo parece más discreto que sus vecinos de Huesca y Tarazona, que ofrecen titulares a los medios por sus tomas de posición más radicalmente de derechas. En Zaragoza el nuevo Arzobispo ha llevado a cabo una renovación bastante amplia en las personas que ocupan los principales cargos directivos, con una consecuencia muy importante como ha sido el rejuvenecimiento claro de la edad de los vicarios episcopales, aunque manteniendo al casi octogenario pero no mortecino sino vital Vicario General, que lo es desde hace 30 años. Se ha impulsado desde arriba incluso un nuevo Plan Pastoral Diocesano aunque sin llegar a reencantar ni a lograr la participación que supuso en los años 80 el último Sínodo Diocesano; más bien parece haber sido un trabajo de grupos reducidos y fieles a la institución que se han esforzado generosamente por llegar a conclusiones operativas aunque de tono bastante de buenos deseos y con improbables resultados pastorales prácticos y renovadores.

 

            Con la mayoría de los cristianos “practicantes” en edades bastante avanzadas, hace falta como el comer metas colectivas eclesiales que nos animen, den esperanza y nos ilusionen. Y las metas, como no puede ser de otro modo en una Iglesia que se reclama de Jesucristo, no pueden ser más que los objetivos, traducidos al siglo XXI, que movían el ser y la actuación del mismo Jesucristo. Por eso mismo, porque me duele en el alma la situación eclesiástica actual y porque no renuncio a vivir en una Iglesia evangélica para la que fui ordenado cura, continúo con mis propuestas aunque resulten repetitivas. Estamos a comienzo de año y es momento oportuno:

 

- Necesitamos una Iglesia que comunique la Buena Noticia y que sea ella misma buena noticia, para lo cual no ayudan las condenas ni las actitudes belicosas, sino la actitud de ayuda al personal a abrir nuevos horizontes en dirección a una sociedad mejor, más justa, humana y fraterna. Como hacía Jesús.

- Necesitamos una Iglesia que dé buenas noticias, las cuales, por su propia definición, son las noticias que hacen feliz a la gente, es decir, noticias relacionadas con su bienestar físico y espiritual, especialmente con el bienestar de los que peor lo pasan. Como hacía Jesús.

- Necesitamos una Iglesia que abra sus medios de comunicación a la pluralidad de tendencias existentes hoy en su seno, no que se limite a permitir voces siempre en la misma dirección ejerciendo, por consiguiente, una censura discriminatoria con los que no nos sentimos ni tenemos por qué sentirnos representados en determinados discursos y que tenemos el mismo derecho que ellos a ser escuchados y tenidos en cuenta. Como Jesús, que hacía hablar a los mudos.

- Necesitamos una Iglesia sin ambiciones de poder, sin camarillas de trepas, sin organismos que en lugar de ayudar sólo sirven para controlar y limitar, sin grupos de presión que siempre se llevan el agua a su molino, sin ostentaciones de ningún tipo, sin ornamentos propios de gente poderosa de otros tiempos, sin lenguajes sólo comprensibles para los selectos iniciados. Como hacía Jesús.

- Necesitamos una Iglesia sanadora en unos tiempos de crispación y de depresiones. Una Iglesia que contribuya al acercamiento y no a la confrontación; que ayude a aclarar y que no confunda; que anuncie a un Dios Padre y no castigador, un Dios que libera y que no somete a nadie ni le provoca traumas. Necesitamos una Iglesia que ayude a las personas a vivir más sanamente, sin preocupaciones obsesivas, sin compulsiones consumistas, sin ambiciones de triunfo por encima de todo. Como hacía Jesús.

- Necesitamos una Iglesia que ayude a los jóvenes porque ella misma sea joven. Que les ayude a descubrir nuevos horizontes, como hacía Jesús (“si quieres ser feliz…”), que no consistan precisamente en ganar dinero ante todo, disponer de los últimos adelantos en móviles o en tecnologías digitales, tener éxito rápido presentándose a los mil y un “castings” para ello, tener un trabajo en donde no haya que esforzarse demasiado, disponer de un cuerpo deseado por apetecible sexualmente, escuchar música a todas horas para evadirse de la dura realidad o estar manipulando constantemente el móvil para no sentirse solo en medio de la multitud.

- Necesitamos una Iglesia en donde los Planes Pastorales no sean el parto de los montes sino el resultado de un análisis serio de las necesidades de las personas y colectivos, especialmente de los más desfavorecidos. Unos Planes que ayuden a cambiar la realidad y no a entretenerse con ella. Como hacía Jesús.

- Necesitamos una Iglesia o unos obispos que dejen de ser portavoces de los intereses de la derecha más recalcitrante; que asuman la nueva realidad plural y democrática española; que no pretendan volver a posiciones de poder que tuvieron en tiempos felizmente superados; que dejen de pasearse por las calles más importantes en manifestaciones en defensa de sus propias posiciones ideológicas más que discutibles y, desde luego, no representativas de todo el conjunto eclesial; que no vayan contra nadie sino a favor del pobre real junto al cual estén permanentemente. Como hacía Jesús.

 

            Especialmente preocupante es la ausencia de jóvenes en nuestras parroquias, a pesar de las buenas intenciones y esfuerzos de los pocos que, por edad, tratan de sacar adelante una Pastoral Juvenil cada vez más reducida. Por un lado, el joven nunca se siente a gusto en una comunidad de personas mayores, o incluso muy mayores como pasa actualmente en nuestras parroquias; por otro lado, tampoco suele ver ofertas atractivas, especialmente referidas al seguimiento vital de Jesús de Nazaret; y, finalmente, gran parte de la cultura actual, sobre todo la que más les llega a través de los medios de comunicación y de la publicidad ambiental, así como del estilo de vida imperante, les lleva en otra dirección que no tiene nada que ver con el Evangelio sino más bien con el mundo del espectáculo y del entretenimiento. Están en otro mundo y ni se enteran de nuestra existencia. Y cuando lo hacen reciben una imagen pésima que no les lleva precisamente a interesarse sino a desconectar. Estamos ante unos jóvenes a quienes no se les está ayudando precisamente a reflexionar, a tener sentido crítico, a profundizar en el sentido de la vida, a ir contracorriente, sino a consumir, a disfrutar porque supuestamente tienen derecho por el mero hecho de ser jóvenes, a fanatizarse, a repetir fórmulas de otros, a ser muy poco creativos, a ser espectadores más que actores.

 

            Hace falta y con urgencia que afrontemos muy en serio toda esta realidad, sin limitaciones, con total honradez, sin autoengañarnos, sin echar balones fuera, sin falsos dogmatismos, sin imposiciones, con total libertad de expresión, escuchando voces incómodas, sin planes porque haya que hacer planes para entretener al personal, pero sí con método riguroso que tiene como sustento el profundo amor hacia nuestros hermanos que nos lleva a una profunda y sincera autocrítica, a una solidaridad efectiva, a una autotransformación y transformación de la realidad, e incluso a un sentirnos débiles y pedir humildemente ayuda. Ahí hay tarea para consejos episcopales, consejos presbiterales y pastorales, consejos vicariales y parroquiales. Si no lo hacemos así, nos queda poco por hacer y la historia será cruel con nosotros.

 

            No queda tiempo que perder. Me permito invitar humildemente al Arzobispo, entre otras cosas, a que abandone el centro y se venga por la periferia para ver, escuchar y dialogar; que se junte menos con el clero “alto” y más con la gente de las parroquias; que promueva un análisis en profundidad de la situación de la Diócesis, para poner sobre la mesa los problemas y aspiraciones de los creyentes y también de los no creyentes; que sea noticia por su estar con los pobres; que haga declaraciones públicas en favor de ellos denunciando su injusta situación; que cambie a los dirigentes de Cáritas para hacer frente a su actual crisis; que potencie una información plural para cambiar la imagen de nuestra Iglesia; que favorezca los debates y el encuentro de posturas eclesiales diversas; que dé paso a los seglares en todos los órganos de decisión para que ellos tomen las riendas, quedando los curas como “consejeros” (consiliarios); que no trate tanto de fichar para el seminario a chicos de lejanas tierras para ocultar de esa forma el déficit de seminaristas autóctonos, sino que abra un debate sincero sobre las causas reales de la falta de vocaciones sacerdotales que surjan de nuestras comunidades; que se declare a favor de celebraciones gozosas y festivas, encarnadas en la realidad, en las antípodas de tantas misas que aburren al más pintado y dejan vacíos a sus asistentes; que promueva una formación para hacer cristianos adultos, maduros en su fe, críticos y corresponsables; que tome medidas eficaces para que los jóvenes sientan que la Iglesia es también de ellos, teniendo en cuenta que sin ellos no hay ningún futuro eclesial (que es lo que va a suceder si no se remedia). Y a todo esto invito igualmente a cuantos miembros de la Iglesia se encuentran desasosegados por el actual estado de cosas eclesial y aspiran a una Iglesia de todos, ilusionante y esperanzadora.

 

            ¡Feliz Año Nuevo, con la felicidad de las bienaventuranzas de Jesús!

 

            Pepe Nerín

            7.1.2008