HACIA NUEVOS HORIZONTES ECLESIALES
Abro
hoy lunes diversos periódicos digitales y me sorprendo al constatar la
importancia que se da estos días a la religión, todo ello derivado no de la
celebración del nacimiento de Jesús sino de la concentración a favor de la
familia efectuada en Madrid a finales de año. Las críticas son especialmente
duras desde los medios de izquierdas, llegando a exigir la revisión de los
Acuerdos con
Una
de las figuras más debatidas en estos momentos es la del cardenal arzobispo de
Madrid Rouco Varela de quien se destaca su supuesta sed
de poder y deseos de volver a conseguir la presidencia de
La
proximidad de las elecciones en
Si
esto es así, y tiene bastantes visos de serlo, ¡pobre Iglesia Española jugando
este papel! ¡Pobres obispos nuestros que dedican sus apariciones públicas a
hablar en plan casi beligerante de determinados temas (familia, escuela,
bioética, etc.) que, a mi modo de ver, no tienen una importancia central ni
muchísimo menos en los Evangelios que la misma Iglesia nos ha transmitido y en
los que Jesús se expresa de forma bastante crítica hacia estas instituciones!
Mientras tanto las encuestas siguen insistiendo en la baja estima que
Con la mayoría de los cristianos “practicantes” en edades bastante avanzadas, hace falta como el comer metas colectivas eclesiales que nos animen, den esperanza y nos ilusionen. Y las metas, como no puede ser de otro modo en una Iglesia que se reclama de Jesucristo, no pueden ser más que los objetivos, traducidos al siglo XXI, que movían el ser y la actuación del mismo Jesucristo. Por eso mismo, porque me duele en el alma la situación eclesiástica actual y porque no renuncio a vivir en una Iglesia evangélica para la que fui ordenado cura, continúo con mis propuestas aunque resulten repetitivas. Estamos a comienzo de año y es momento oportuno:
- Necesitamos una Iglesia que
comunique
- Necesitamos una Iglesia que dé buenas noticias, las cuales, por su propia definición, son las noticias que hacen feliz a la gente, es decir, noticias relacionadas con su bienestar físico y espiritual, especialmente con el bienestar de los que peor lo pasan. Como hacía Jesús.
- Necesitamos una Iglesia que abra sus medios de comunicación a la pluralidad de tendencias existentes hoy en su seno, no que se limite a permitir voces siempre en la misma dirección ejerciendo, por consiguiente, una censura discriminatoria con los que no nos sentimos ni tenemos por qué sentirnos representados en determinados discursos y que tenemos el mismo derecho que ellos a ser escuchados y tenidos en cuenta. Como Jesús, que hacía hablar a los mudos.
- Necesitamos una Iglesia sin ambiciones de poder, sin camarillas de trepas, sin organismos que en lugar de ayudar sólo sirven para controlar y limitar, sin grupos de presión que siempre se llevan el agua a su molino, sin ostentaciones de ningún tipo, sin ornamentos propios de gente poderosa de otros tiempos, sin lenguajes sólo comprensibles para los selectos iniciados. Como hacía Jesús.
- Necesitamos una Iglesia sanadora en unos tiempos de crispación y de depresiones. Una Iglesia que contribuya al acercamiento y no a la confrontación; que ayude a aclarar y que no confunda; que anuncie a un Dios Padre y no castigador, un Dios que libera y que no somete a nadie ni le provoca traumas. Necesitamos una Iglesia que ayude a las personas a vivir más sanamente, sin preocupaciones obsesivas, sin compulsiones consumistas, sin ambiciones de triunfo por encima de todo. Como hacía Jesús.
- Necesitamos una Iglesia que ayude a los jóvenes porque ella misma sea joven. Que les ayude a descubrir nuevos horizontes, como hacía Jesús (“si quieres ser feliz…”), que no consistan precisamente en ganar dinero ante todo, disponer de los últimos adelantos en móviles o en tecnologías digitales, tener éxito rápido presentándose a los mil y un “castings” para ello, tener un trabajo en donde no haya que esforzarse demasiado, disponer de un cuerpo deseado por apetecible sexualmente, escuchar música a todas horas para evadirse de la dura realidad o estar manipulando constantemente el móvil para no sentirse solo en medio de la multitud.
- Necesitamos una Iglesia en donde los Planes Pastorales no sean el parto de los montes sino el resultado de un análisis serio de las necesidades de las personas y colectivos, especialmente de los más desfavorecidos. Unos Planes que ayuden a cambiar la realidad y no a entretenerse con ella. Como hacía Jesús.
- Necesitamos una Iglesia o unos obispos que dejen de ser portavoces de los intereses de la derecha más recalcitrante; que asuman la nueva realidad plural y democrática española; que no pretendan volver a posiciones de poder que tuvieron en tiempos felizmente superados; que dejen de pasearse por las calles más importantes en manifestaciones en defensa de sus propias posiciones ideológicas más que discutibles y, desde luego, no representativas de todo el conjunto eclesial; que no vayan contra nadie sino a favor del pobre real junto al cual estén permanentemente. Como hacía Jesús.
Especialmente preocupante es la ausencia de jóvenes en nuestras parroquias, a pesar de las buenas intenciones y esfuerzos de los pocos que, por edad, tratan de sacar adelante una Pastoral Juvenil cada vez más reducida. Por un lado, el joven nunca se siente a gusto en una comunidad de personas mayores, o incluso muy mayores como pasa actualmente en nuestras parroquias; por otro lado, tampoco suele ver ofertas atractivas, especialmente referidas al seguimiento vital de Jesús de Nazaret; y, finalmente, gran parte de la cultura actual, sobre todo la que más les llega a través de los medios de comunicación y de la publicidad ambiental, así como del estilo de vida imperante, les lleva en otra dirección que no tiene nada que ver con el Evangelio sino más bien con el mundo del espectáculo y del entretenimiento. Están en otro mundo y ni se enteran de nuestra existencia. Y cuando lo hacen reciben una imagen pésima que no les lleva precisamente a interesarse sino a desconectar. Estamos ante unos jóvenes a quienes no se les está ayudando precisamente a reflexionar, a tener sentido crítico, a profundizar en el sentido de la vida, a ir contracorriente, sino a consumir, a disfrutar porque supuestamente tienen derecho por el mero hecho de ser jóvenes, a fanatizarse, a repetir fórmulas de otros, a ser muy poco creativos, a ser espectadores más que actores.
Hace falta y con urgencia que afrontemos muy en serio toda esta realidad, sin limitaciones, con total honradez, sin autoengañarnos, sin echar balones fuera, sin falsos dogmatismos, sin imposiciones, con total libertad de expresión, escuchando voces incómodas, sin planes porque haya que hacer planes para entretener al personal, pero sí con método riguroso que tiene como sustento el profundo amor hacia nuestros hermanos que nos lleva a una profunda y sincera autocrítica, a una solidaridad efectiva, a una autotransformación y transformación de la realidad, e incluso a un sentirnos débiles y pedir humildemente ayuda. Ahí hay tarea para consejos episcopales, consejos presbiterales y pastorales, consejos vicariales y parroquiales. Si no lo hacemos así, nos queda poco por hacer y la historia será cruel con nosotros.
No
queda tiempo que perder. Me permito invitar humildemente al Arzobispo, entre
otras cosas, a que abandone el centro y se venga por la periferia para ver,
escuchar y dialogar; que se junte menos con el clero “alto” y más con la gente
de las parroquias; que promueva un análisis en profundidad de la situación de
¡Feliz Año Nuevo, con la felicidad de las bienaventuranzas de Jesús!
Pepe Nerín
7.1.2008