NUNCA TANTOS HEMOS DEBIDO TANTO A TAN POCOS

 

En los últimos días nos hemos desayunado con la noticia de que CajaSur, entidad bancaria mayoritariamente perteneciente a la Iglesia (¿o sea que la Iglesia también tiene bancos?) y fundada por el Cabildo Catedralicio de la ciudad de Córdoba, ha sido intervenida por el Banco de España tras su fracasada fusión con Unicaja. Han aparecido diversas fotografías de unos cuantos canónigos, todos ellos en correcto clergyman, miembros del Consejo de Administración de la citada Caja de Ahorros. Y se ha destacado que han sido ellos, miembros prominentes de su Iglesia Diocesana, los que se han opuesto a la fusión, prefiriendo desaparecer como entidad bancaria, fieles al dicho de que o mía o de nadie, y mucho menos de una Caja autonómica en la que marcan la pauta los malvados de izquierdas que tienen la mayoría en la composición del Parlamento autonómico.

 

No voy a entrar ahora en cuestiones técnicas relativas a los criterios de fusión de entidades bancarias, aunque todo parece indicar que la decisión eclesiástica ha sido muy criticada por la inmensa mayoría. En lo que sí quiero entrar es en la cuestión de que un banco sea dirigido o administrado por clérigos. Durante 30 años ya hubo en esta misma Caja un canónigo que hizo y deshizo, hasta que fue “obligado” a apartarse del cargo, recibiendo por ello una sustanciosa jubilación para él y para sus hermanas una vez que él falleciera. Ahora eran varios los que han asumido el papel de este curioso predecesor y han acabado por llevar a Cajasur a su desaparición.

 

Y me pregunto, y nos preguntamos, ¿qué pintan unos curas dirigiendo un banco? Porque muy lejos están los tiempos en que estas Cajas fueron promovidas por la Iglesia para facilitar créditos baratos a personas que no podían acceder a los que concedían los bancos “normales”. Actualmente, más allá de un fondo social al que están obligadas, estas entidades bancarias se comportan como bancos puros y duros, haciendo de la “usura”, legal eso sí, su máxima preocupación, tratando de obtener los mayores beneficios. Más aún: se subieron al carro fácil de la burbuja ladrillera para obtener pingües beneficios y acabaron quedándose con las viviendas de quienes no pudieron devolver los créditos, es decir, dejando sin casa a los pobres, lo cual no es ciertamente muy evangélico.

 

¿Qué pintan unos curas, canónigos para mayor precisión, enfrascados en los negocios del dinero, especulando con la vivienda, que al final ha sido su perdición, que hasta cobraban dietas por asistir a procesiones de su propia Iglesia Católica? ¿Qué pintan unos obispos que han permitido esta situación? ¿Tiene esto algo que ver con la promesa de pobreza que hace un cura al ser ordenado o con la primera bienaventuranza? Si un cura dirige o posee un prostíbulo, supongo que el escándalo sería enorme y la reacción de su obispo sería inmediata haciéndole desistir de tal ocupación. Pero en cuestiones de dinero parece que no hay pecado, a diferencia de las del sexo.

 

Pero no es este dinero el único que tocan o administran muchos eclesiásticos. Me pregunto si es necesario que la administración de la economía diocesana esté llevada por un cura, lo mismo que la administración, mucho más humilde, de la economía de todas y cada una de las parroquias. ¿Es que no hay seglares que puedan hacerlo, liberando a los curas para que se dediquen a trabajos pastorales más congruentes con su misión?

 

Con todo ello, la imagen de la Iglesia sigue perdiendo enteros y cada vez se la identifica más con escándalos de todo tipo. “Nunca tantos hemos debido tanto a tan pocos”.  Nunca una Iglesia como la nuestra ha sido tan enfangada por los escándalos de unos pocos. Y siempre con el poder o el dinero de por medio. Necesitamos un auténtico cambio de paradigma que ponga en cuestión muchas cosas en nuestra Iglesia y muy especialmente nuestra relación con el dinero, al cual no podemos servir, como han hecho estos canónigos y quienes los han mantenido, si es que queremos estar a disposición y al servicio del Reino de Dios.

 

Pepe Nerín

26.5.2010