"Os
percibimos atrincherados e inmovilizados bajo el incienso de vuestros
turiferarios"
Jairo del Agua, 30
de noviembre de 2009
¿Qué
os ha ocurrido queridos hermanos Obispos? ¿Quién os ha cerrado los ojos?
¿Cómo no oís el clamor de este Pueblo que busca guías fieles y ejemplos
evangélicos? ¿Habéis olvidado vuestros días de fervor? Os imagino orando con
fe reventona, con el clamor del Evangelio en las
entrañas, con el amor al Pueblo de Dios apretado a la cintura hasta confundirse
con vuestra propia carne.
¿Qué pasa cuando os nombran Obispos? ¿Qué
cambia en vuestro interior? ¿Por qué os dejáis uncir como silentes bueyes a
la uniformidad, al paso lento, al pensamiento único, a los arcaicos signos y
estructuras? Eso no es unidad, hermanos míos, eso es claudicación ante la
permanente llamada del Espíritu renovador. ¿No sois vosotros los adalides
del Evangelio? Pues deberíais ser los primeros en reflejar el permanente
dinamismo de la vida: "He venido para que tengan vida y la tengan
abundante" (Jn 10,10).
Sin embargo, os percibimos atrincherados e
inmovilizados bajo el incienso de vuestros turiferarios. ¿Os habéis fijado
-por ejemplo- en quiénes conforman vuestros Consejos? Con los laicos contáis
poco, pero los que escogéis son siempre los bailadores del incensario. No
toleráis los distintos, críticos, disconformes, heridos, perdidos o buscadores.
Habéis borrado de vuestro particular evangelio a los "zaqueos",
"magdalenas", "mateos",
"leprosos", "paralíticos", "cananeas",
"adúlteras", "bartimeos",
"samaritanos" y demás gente sospechosa. Os encanta rodearos de
doctores, escribas y fariseos. Por supuesto, la oveja perdida ya
falleció de cansancio, desorientación y hambre hace mucho tiempo.
"Porque voy a poner en este país a un pastor
insensato, que no se preocupará de la oveja perdida, ni buscará la que anda
descarriada, ni curará a la herida, ni alimentará a las sanas; sino que comerá
la carne de las más gordas y no dejará ni las pezuñas" (Zac 11,16). Podría seguir con Ezequiel 34, pero de sobra lo
conocéis.
Hoy sólo quiero invitaros a meditar sobre
vuestros signos, vuestra apariencia, vuestra imagen ante nosotros y ante el
mundo. Bajo la pesada losa de la uniformidad e inmovilismo canónicos os
amancebáis con la pompa, el lujo, la púrpura, el boato y la profanidad. ¿Os
sentís cómodos con vuestras coronas, cetros y tronos? Un sirviente no
necesita ostentosa corona. No es propio, no es adecuado, no es digno. Su
entrega, su servicio y su sudor son su auténtica diadema. Un pastor bueno
escucha, conoce y camina sencillamente entre sus ovejas: "Conozco a mis
ovejas y ellas me conocen" (Jn 10,14). No se
ciñe picuda corona, ni se fabrica relucientes cetros, sino que apoya su
cansancio en un palo, que eso es un cayado.
Si queréis ser guías, mostrad con vuestro
ejemplo la luz del Evangelio. No os endioséis en tronos y sitiales que nos
confunden y abochornan. No aceptéis palio, baldaquino o dosel para ensalzar
vuestra dignidad, porque nada de eso necesitáis para vuestra misión. Es muy
difícil percibiros como apóstoles porque no sólo habéis caído en la ambición de
vuestra carrera eclesiástica: "uno a tu derecha y otro a tu
izquierda" (Mt 20,21), sino que os habéis subido
al mismísimo trono divino con la escusa de que sois sus representantes, sus
vicarios, sus apoderados, sus mediadores, su autoridad.
Vuestros signos no son los del Señor: "El
más pequeño de vosotros ése es el más importante" (Lc
9,48). "Ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni
bastón" (Mt 10,10). ¿Cómo podremos reconoceros
con tanto disfraz?
¡Rechazad toda apariencia de poder! ¡No os es
lícito convivir con esa concubina del encumbramiento, el fasto y oropel!
Vuestra legítima esposa es
¿Cómo podéis haceros llamar Santidad o Santo
Padre? ¿Por qué no os habéis conformado con el "servus
servorum"? ¿No sois vosotros los especialistas
en Escritura? Sus palabras son nítidas y transparentes:
- "Sólo Dios es Santo" (Mt 19,17).- "Tú eres el único Santo" (Ap 15,4).
- "Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto" (Mt 4,10).
- "No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria"
(Sal 115).
- "Pero vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro
maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie en la
tierra llaméis padre, porque uno solo es vuestro Padre, el celestial. Ni os
dejéis llamar preceptores, porque uno solo es vuestro preceptor: el Mesías. El
más grande de vosotros que sea vuestro servidor. Pues el que se ensalza será
humillado y el que se humilla será ensalzado" (Mt
23,8).
Y lo cantamos a voz en cuello: "Sólo Tú eres
Santo, sólo Tú Señor, solo Tú Altísimo Jesucristo" (Gloria).
¿Cómo podéis haceros llamar "monseñor",
mi señor? Me aterra la lucidez que os ha sorbido esa aduladora vanagloria con
la que vivís. "¡No os es lícito!" (Mt
14,4). Me duele hasta el hondón del alma la ceguera a la que os ha reducido.
Camináis ciegos y sordos bajo vuestras ilustrísimas, excelentísimas,
reverendísimas y eminentísimas contradicciones. Cuanto más os encumbráis
más lejos estáis de este Pueblo y de su Dios. Habéis sido nombrados servidores
para ayudar, no para vuestro propio medro y prestigio. "¿Cómo podéis
creer, si sólo buscáis honores los unos de los otros, y no buscáis el honor que
viene del Dios único?" (Jn 5,44).
Os vestís afeminadamente con llamativos
colores, sedas, rasos, encajes y borlas. No me refiero a los ornamentos
eucarísticos, que prestan un servicio cara al Pueblo, sino a los que usáis para
vuestra pompa personal. Os encofráis la cabeza con arcaicos perifollos y os
significáis bajo teatrales capas. Os ceñís fajines de generales y nobles,
aceptáis reverencias ante vuestra pobre humanidad y no dais un paso sin vuestro
maestro de ceremonias. ¿Es propia del reino de Dios tanta farándula?
"Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con
vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos
en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes" (Mc 12,38).
Os colgáis preciosos pectorales, como
insignias o condecoraciones, pretendiendo que signifiquen vuestro cristianismo.
¿Se os ha olvidado cómo era
Vuestras manos han sido consagradas para
bendecir, ayudar, perdonar y guiar. Pero vosotros las habéis paganizado con
grandes anillos. ¿No os importa nada escandalizar? "Al que escandalice
a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello
una rueda de molino y lo tiraran al mar" (Mc
9,42). "Hacen todas sus obras para que los vean los demás. Ensanchan sus
filacterias y alargan los flecos del manto" (Mt
23,5). "¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que
cerráis el reino de Dios a los hombres! ¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a
los que quieren!" (Mt 23,13).
Por si todo eso fuera poco habitáis en palacios,
usáis blasones nobiliarios, os hacéis pintar grandes retratos para memoria de
los años venideros. ¿Memoria de qué? ¿De vuestro amancebamiento con el
poder, el lujo, la fama, la imagen, la ostentación y la vanidad del mundo?
"Por los frutos les conoceréis" (Mt 7,16).
Habéis elegido, como signos de vuestra dignidad, la exhibición de vuestra
indignidad cristiana porque os habéis rodeado de signos paganos. ¿No es eso lo
que se aprecia, a simple vista, sólo con observar cómo os presentáis ante
Me duele tener que deciros todo esto.
Siento una terrible vergüenza porque un pecador no es el indicado. Pero no
tengo más remedio que expulsar esta profecía que me lleva corroyendo las
entrañas mucho, muchísimo tiempo... ¡Daría por vosotros la vida! Pero no puedo
silenciar la contaminación mundana que os rodea. Sé que en los últimos años os
habéis simplificado, pero "os falta un largo camino" (1Re 19,7). Sé que
sois "creyentes", algunos incluso "fervorosos creyentes",
pero no resultáis "creíbles" porque os falta coherencia. "Como
cristiano que soy, digo la verdad, no miento. Mi conciencia, bajo la acción del
Espíritu Santo, me asegura que digo la verdad. Tengo una tristeza inmensa y un
profundo y continuo dolor" (Rom 9,1).
Tengo la esperanza de que, alguna vez, cuando
os arrodilléis a orar ante una talla del Crucificado, os fijéis bien en el
vestido que arropa su dignidad, en los rubíes que adornan sus manos, en su
corona de Rey, en la magnífica sede magisterial desde la que enseña. Espero,
tengo la esperanza, de que esa visión sea el comienzo de vuestra liberación.
Hoy os ruego que meditéis sólo sobre vuestros
signos externos, lo que se ve, lo que os desprestigia y os ata. No me
siento con fuerza para hablar de vuestro autoritarismo o de vuestra afición a
arrancar supuestas cizañas sin esperar a la siega, en contra del mandato
evangélico: "¡No! No sea que al recoger la cizaña, arranquéis con ella el
trigo" (Mt 13,29). Tampoco quiero extenderme con
vuestro protagonismo, con vuestra creencia de que sois los garantes de
Habéis institucionalizado vuestros escándalos,
por eso no los veis. Todo lo justificáis bajo un burdo disfraz: la
sacralización. Esa capacidad que os arrogáis para convertir en sagrado lo
profano o inmoral. Habéis llegado a sacralizar y santificar el oro, la plata,
las joyas, las piedras preciosas, el arte profano, es decir, la riqueza
mundana. Convertís el oro en "oro del templo" y todos justificados. Habéis
promocionado su uso, acumulación y exhibición como signos de religiosidad.
Coronáis y enjoyáis imágenes, construís riquísimas custodias, coleccionáis
valiosos cálices, copas, relicarios, etc. ¿De verdad creéis que el Señor se
encuentra cómodo entre tanta brillante riqueza?
Decís: "para el culto a Dios lo mejor, lo
más valioso". ¿De verdad pensáis que lo más valioso es la riqueza
material? ¿Qué haremos entonces los que, como vuestros predecesores Pedro y
Juan, "no tenemos oro ni plata" (He 3,6)?
Habéis sustituido los "novillos
cebados" por lujos y objetos preciosos. ¿Eso le agrada al Señor? "Si
alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría
despreciable" (Cant 8,7). ¿Se os olvidó que el
verdadero culto a Dios está unido a la misericordia? "Cuando lo hicisteis
con alguno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,40). "Porque yo quiero amor, no sacrificios;
conocimiento de Dios, y no holocaustos" (Os 6,6).
Incluso habéis creado museos para exhibir la
historia de vuestras riquezas, algunas muy antiguas, como antigua es vuestra
ceguera. El otro día me hirió de repente una visión aberrante: un famoso
Nazareno con corona de espinas... ¡de oro! ¡Qué corrupción tan infame de la
religión!
- "Si me ofrecéis holocaustos y ofrendas, no
los aceptaré; no me digno mirar el sacrificio de vuestros novillos cebados...
Quiero que el derecho fluya como el agua y la justicia como torrente
perenne" (Am 5,22).
- "Escuchad mi voz, y yo seré entonces
vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; seguid cabalmente el camino que os he
prescrito para vuestra felicidad" (Jr 7,22).
- "Vuestra riqueza está corrompida y
vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están
herrumbrados, y esa herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará
vuestra carne como el fuego" (Sant 5,2).
Mientras tanto, muchos hermanos nuestros
suplican medicinas, pan, escuelas, iglesias, catequesis, tantas y tantas cosas
muchísimo más importantes que la riqueza que atesoráis en museos y sacristías.
"No atesoréis en la tierra, donde la polilla y el orín corroen y donde los
ladrones socaban y roban. Atesorad, más bien, en el
cielo, donde ni la polilla ni el orín corroen, ni los ladrones socaban ni roban" (Mt 6,19).
"Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres... después ven y
sígueme" (Mt 19,21). ¿No fue eso lo que os dijo
al principio, cuando os miró y llamó con tanto amor? ¡Volved
al desierto "donde os hablaré al corazón, como en los días de
juventud"¡ (Os 2,16).
No es que los tiempos estén en vuestra contra,
ni que haya católicos lenguaraces que os abominan. Es que vosotros mismos
os habéis desprestigiado, os habéis convertido en sonrojo para los de dentro y
en irrisión para los de fuera. Es que vuestro escándalo clama al cielo y el
Pueblo no cesa de llorar por vosotros y por vuestra amnesia: "el dios del
mundo éste les ha cegado la mente y no distinguen el resplandor de la buena
noticia del Mesías glorioso, imagen de Dios. Porque no nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, y nosotros somos vuestros siervos
por amor de Jesús" (2Cor 4,4).
¡Desnudaos, sumergíos en el Evangelio, volved al
corazón de
Empezad por los signos y atributos, no os dejéis
engañar. ¡Volved, volved y caminaremos juntos hacia la evangelización de
nuestra Iglesia! No cerremos los oídos a la dulce voz: "¡Levántate, amada
mía, hermosa mía, ven a Mí!" (Cant 2,10).
¡Volved y podréis vivir con gozo vuestra misión de santificar, enseñar y
gobernar en medio del Pueblo!
Hace poco Benedicto XVI, citando a san Juan Leonardi, dijo textualmente: "La renovación de
¡No me lo digáis! Lo sé, lo sé... "Todo tú eres pecado desde que naciste, y ¿nos enseñas a nosotros?" (Jn 9,34). ¡Tenéis razón! Por eso necesito vuestra ayuda, vuestro ejemplo, vuestro caminar delante. ¡Ayudadme, por favor, ayudadme! ¡No me dejéis cargado con mis pecados y los vuestros!