OBISPOS Y COMUNIDAD

 

A comienzos del siglo IV la comunidad cristiana de Zaragoza se encuentra en una situación dramática porque las autoridades políticas quieren reprimir su expansión. A la cabeza, un obispo lleno de limitaciones pero inteligente para delegar funciones, pedir colaboración y rodearse de quienes pudieran suplir su pobreza. No podía hablar pero puede ser el símbolo de la libertad de expresión.

 

         Es Valero, patrono de Zaragoza y muerto en Roda de Isábena, centro del polémico litigio de estos tiempos por los bienes de la franja. Vivió la represión, sufrió el destierro, compartió el dolor y mantuvo la esperanza de una comunidad destrozada por la hostilidad pero muy fuerte de ánimo. Supo ponerse al servicio de los suyos a quienes quiso.

 

         La Iglesia no es una sociedad democrática, eso lo sabemos todos, no es ningún juicio de valor, simplemente es una forma distinta de regirse, sin olvidar que fue la primera institución europea en elegir a quienes ostentaban las máximas responsabilidades en la comunidad.

 

         Tampoco es incompatible con la democracia porque las democracias también son jerárquicas y nadie discute la legitimidad de quien es elegido correctamente en un proceso de votación popular. A S. Agustín se le ordenó obispo después de ser elegido.

 

         La forma de ejercer la autoridad tiene un fondo de concepción que es más importante aun que la forma de llegar a ella, sin disminuir la importancia de las formas democráticas. Pero todos vemos ejemplos de democracias en donde el autoritarismo, la demagogia y la corrupción son tan frecuentes y tan difíciles de erradicar.

 

         En cualquier grupo humano el poder tiene un halo de atracción seductora que deslumbra a muchos y hay personas que se sienten tentadoramente atrapadas en su aspiración, tamizada con muchas justificaciones y oculta con muchos ropajes. Es muy humano y legítimo intentar llegar a ocupar esos puestos de responsabilidad, en los que lo más importante, vuelvo a repetir, es la concepción de fondo, más allá de las palabras solemnes con que lo vistamos.

 

         A nadie se le obliga a ocupar un puesto, pero a todos hay que exigirles la sensibilidad de comprensión y cercanía con las personas que forman el grupo y la capacidad de sacrificio para poner, por encima de todo, el bien común y el interés de todos.

 

         Cada uno, sin embargo, tiene una idea de ejercer la autoridad muy deudora del contexto en el que se ha educado y del ambiente en el que la ejerce. Hay autoridades que ejercen con un anacronismo exagerado y hay autoridades que saben evolucionar hacia la colaboración con los miembros de sus grupos y hacia el trabajo en equipo, buscando más la eficiencia que la apariencia.

 

         Aplicando esto a la realidad eclesial de Aragón, en donde estamos estrenando jerarquías en todas las diócesis y después de un tiempo en el que hemos ido viendo la forma de ejercer la autoridad que tienen todos los obispos venidos de fuera, salvo el de Barbastro-Monzón, que ya la ejercía en Zaragoza como obispo auxiliar, hemos de insistir en que, efectivamente, la Iglesia no es una comunidad de elección democrática de sus autoridades. Pero eso no impide que puedan ejercerla desde la sincera actitud de escucha y servicio.

 

         Escucha para oir los problemas, necesidades y sentido cultural de una comunidad a la que no conocen y que tiene su historia de aspiraciones, proyectos y frustraciones. Servicio para demostrar que se puede vivir integrado en esta comunidad sin tener que buscar en otros horizontes la razón del trabajo o la meta de un destino mejor.

 

         Les deseamos todo lo mejor, les ofrecemos la colaboración de las capacidades que cada uno tiene y les pedimos que, en estos tiempos de distancia cultural y social con la religión, sepan aprovechar el entusiasmo que nos queda y superar el desánimo que, a veces, nos tienta.

 

         Ser obispo no es tarea fácil pero nos tienen a todos dispuestos a ayudarles como colaboradores deseosos de participar en la ya larga marcha del cristianismo en Aragón. Necesitamos obispos, como S. Valero, que, sin hablar, entregó su vida a la comunidad y compartió con sus fieles el ánimo, la esperanza y el dolor.

 

Pepe Alegre y 22 sacerdotes más.