¿POR ODIO A DIOS?
El Vicario General de la Diócesis, mi querido Paco Martínez, acaba de publicar un artículo en el Heraldo del lunes 5 de noviembre, glosando a los mártires recientemente beatificados y destacando que fueron mártires porque fueron asesinados por causa del "odio a Dios" que sentían sus verdugos. Por esta razón parece poner en duda que los curas y otros católicos asesinados en los territorios ocupados por el llamado "bando nacional" fueran "mártires" ya que parece excluir en sus verdugos este "odio a Dios" y suponer que éstos habían actuado por razones más bien políticas y no de odio a la religión, razones políticas que no se suponen en el martirio de los beatificados. Con todo, afirma, que esta cuestión habrá que ir dilucidándola caso por caso, algo obvio, me imagino, que se habrá realizado también con los elevados a los altares.
Siempre me ha llamado la atención lo del "odio a Dios". Puedo entender que alguien odie a otra persona deseándole todo tipo de males. De hecho la vida, las noticias de prensa, los relatos novelescos, nos presentan abundantes ejemplos de ello. Es el odio de una persona viva contra otra persona, también viva, motivado por una serie de agravios, más o menos reales, que la primera tiene contra la segunda. Lo que ya no entiendo es que alguien "odie" a Dios. Porque si lo odia ya le está reconociendo su existencia y suponiendo su "poderío"; pero si se trata de un ateo (y esto es lo que se dice de los que se cargaron a los mártires) no tiene sentido que odie a Dios, en cuya existencia no cree en absoluto. Por este motivo tampoco hago mucho caso cuando oigo a alguien pronunciar una blasfemia, cagándose en lo más alto: no creo nunca que la diga en serio, consciente plenamente de lo que está diciendo, sino que se trata de una expresión cultural, a mi modo de entender bastante incongruente y soez.
Por eso no pienso que se trate del "odio a Dios" sino del odio a una persona, a alguien meramente humano. Lo cual, evidentemente, no es lo mismo. Y entonces se trata de profundizar en las razones de este odio a personas concretas, razones que llevaron al asesinato cruel y siempre inmoral e injustificado. Repito: "injustificado", porque nunca hay justificaciones válidas que legitimen el asesinato y éste es siempre condenable, un crimen, un terrible mal.
Aparte de no olvidar que fueron unos militares los que se sublevaron y levantaron en armas, provocando de este modo el comienzo de una terrible guerra que duró tres años, pronto se creó una dinámica fratricida entre los combatientes de ambos bandos: la inevitable en toda guerra del "o ellos o nosotros", que acaba por justificar los actos más inciviles y que llena de estereotipos toda cultura y forma de pensar, hablar y actuar (el otro es el malo y puede atribuírsele todo lo malo que se nos ocurra convirtiéndolo en un "maniqueo"). Los "otros" eran los malos y los culpables de todo: los "fascistas", la "anti-España", los "sin Dios".
Lo que ocurre es que a los "otros" también es necesario ponerles rostro, incluso nombres concretos, para convertirlos en los chivos expiatorios, en los culpables de todo. En el territorio republicano se identificó de esta manera a dos colectivos: a los propietarios (sobre todo a los terratenientes rurales) y a los curas, y se fue a por el rico del pueblo y a por el sacerdote, a quienes se suponía cómplices de los del otro bando identificado con la burguesía, con las derechas calificadas de reaccionarias y fascistas que oprimían desde siempre a los proletarios y campesinos que trataban de hacer la revolución. Por ejemplo, fue en el pueblo en el que vivía donde se detuvo a mi tío, terrateniente, y al cura, además de a otros, y se los cargaron vilmente en una carretera.
En concreto se combatió a los curas como colectivo social identificándolos con la clase social de los poderosos y a todos los íntimamente relacionados con ellos. Se consideró, como así era, que la Iglesia había tomado partido en favor de uno de los bandos contendientes y que, por tanto, había que acabar con ella. Y para acabar con ella lo más fácil era cargarse a sus representantes más cualificados, fácilmente identificables hasta por sus atuendos y bastante asequibles por vivir en medio del pueblo sin más protección. Esto lo hicieron, además, personas fanatizadas, normalmente venidas de fuera, que querían implantar regímenes colectivistas a costa de lo que fuese y de quien fuese, sin importarles, al parecer, a cuántos hubiera que matar para ello.
Hubo, por tanto, verdugos y víctimas. Y hubo ensañamiento con símbolos religiosos, empezando por las personas que representaban a esa religión. Pero creo que es necesario ir más allá de lo religioso para no caer en una trampa bastante común: la utilización de lo religioso para encubrir otras razones, como sucede en tantas guerras. Y Dios también puede ser un símbolo de algo que es muy humano (convirtiéndose, por ello, en "dios", así en minúsculas). A mi modesto entender hubo ensañamiento contra personas y objetos religiosos porque los utilizaron como chivos expiatorios contra determinados poderes muy humanos que los verdugos querían combatir a muerte, como a muerte (estaban en guerra) eran combatidos desde el otro bando. Y fueron cobardemente contra los que tenían más a mano e indefensos normalmente.
Con todo esto, mi total reconocimiento hacia todas las víctimas mortales de una guerra trágica como todas las guerras. Los recientemente beatificados fueron realmente mártires, porque en el instante supremo dieron un sentido profundamente religioso a lo que tan trágicamente les estaba sucediendo. Por ello, por este ejemplo final de sus vidas, merecen ser venerados, independientemente del resto de circunstancias que rodearan tanto su vida como su muerte. A los vivos nos queda, especialmente a los católicos, además de venerarlos en su muerte, la tarea de eliminar las causas que lleven a enfrentamientos fratricidas siendo instrumentos de reconciliación y de unión, empezando por la Iglesia: todas las víctimas son hermanos nuestros y son nuestras víctimas; y todos los verdugos también lo son, y no podemos decir "¿qué tengo yo que ver con mi hermano?". Y, ¡atención!, porque restos o instintos de verdugos, aunque sean pequeños, los hay en todos nosotros, y a nadie podemos considerar cizaña creyéndonos nosotros trigo limpio.
Pepe Nerín
5.11.2007