OTRA JMJ ES POSIBLE

 

            Hace unos 20 años, cuando yo era Delegado Diocesano de Pastoral Juvenil en la diócesis de Zaragoza, propuse, en las reuniones de Delegados de toda España, un modelo de Jornada Mundial de la Juventud que no pudo llevarse a puerto, optando los obispos por el actual. Consideraba interesante que los jóvenes cristianos tuvieran unas jornadas para encontrarse, incluso con no cristianos o no creyentes, para reflexionar sobre su situación y sobre la situación del mundo que les ha tocado vivir, reflexionaran sobre su fe y sobre la Iglesia en la que la viven, hicieran propuestas de actuación y cambio, disfrutaran juntos, rezaran juntos, y recibieran la visita del Papa para escucharles y animarles, salvando el protagonismo de los propios jóvenes. Realizándose, como lo vienen haciendo, en países distintos, sería también una ocasión para profundizar en la fe juvenil y eclesial del país en el que tuviera lugar el evento. Y todo ello en un clima de fraternidad entre ellos, de respeto hacia los que no piensen o actúen como ellos, de austeridad y de solidaridad con el resto de los jóvenes.

 

            En cambio, se ha impuesto un modelo distinto y, a mi modo de ver, equivocado. No se trata de una Jornada Mundial de la Juventud protagonizada por los jóvenes, sino una concentración de jóvenes católicos de muchos países que, dirigidos por sacerdotes y religiosos/as, toman las calles con sus banderas y se disponen a recibir al Papa, a aclamarlo, a escucharlo, y a los que se les entretiene con la asistencia a multitud de actos religiosos, así como con juegos y bailes en centros puestos a su disposición, hasta el momento en que el Papa desciende del avión que le trae de Roma. Desde ese instante el protagonismo del obispo de Roma es total y todo termina cuando el pontífice toma de nuevo el avión para regresar al Vaticano.

 

            Nada de reunirse para reflexionar y hacer propuestas. Lo importante es escuchar lo que dice el Papa, tenga o no tenga que ver con los problemas y aspiraciones del mundo juvenil, aunque luego se haga caso omiso de sus palabras. También escuchar a los obispos, los cuales parecen encantados de verse rodeados al menos una vez al año por multitud de jóvenes en apariencia sumisos como si fueran sus alegres y vigorosos nietos. Todo parece apuntar hacia grandes concentraciones para dar una imagen de Iglesia llena de jóvenes, algo que choca con la ausencia de éstos en las parroquias y centros religiosos durante el resto del año. Lo importante no es que el Papa les escuche, ni se pretende eso lo más mínimo ya que no se promueven las ocasiones para ello, sino que le escuchen a él, al “vice-Cristo” como pomposamente le definía un presidente de un parlamento autonómico.

 

            Los jóvenes siempre resultan vistosos, coloristas, alegres. Estos días se han estado paseando en grupos impermeables por distintas ciudades españolas. Pero en esta JMJ parecen ser utilizados como extras, abundantes extras, indispensables extras para crear ambiente. Unos jóvenes cuyos viajes desde lejanos países de origen no están al alcance de cualquier bolsillo, lo cual permite pensar que están subvencionados e incluso seleccionados por su ideología. No es de extrañar, por tanto, la presencia abundante de jóvenes de los nuevos movimientos (Opus Dei, Comunión y Liberación, Carismáticos, Kikos, etc.) de tendencia claramente conservadora. Ni es de extrañar que los medios conservadores estén haciendo su agosto con este evento, presentado por algunos de ellos como confirmador de sus propias ideas.

 

            Me ha entristecido seguir algunos programas de la TV de la jerarquía, oir hablar a sus tertulianos de confrontación con los ateos. Algún tertuliano, el presidente citado, contraponía a éstos con la “gente de bien”, es decir, con los creyentes que participan en la movida religiosa de estos días. Lamentable. Hay incluso obispos que han tachado de “paletos” y “parásitos” a quienes han adoptado posturas críticas. Como lamentable me resulta que no se debata sobre los diálogos entre los jóvenes y sus propuestas sino más bien sobre los costes de la visita papal. Pero, ¿cómo van a debatir sobre unas propuestas inexistentes? Y ¿cómo no van a debatir sobre lo que nos cuesta el viaje de Papa cuando se nos habla de toda la parafernalia que lo envuelve por su condición de Jefe de Estado y vemos a los grandes ricachones del país hacerse la foto y aprovecharse de las desgravaciones fiscales? ¿No sería más sencillo que viniera como simple obispo y utilizara los medios que utiliza el resto de los ciudadanos? Porque es muy bueno que el Papa viaje y se acerque a la realidad, aunque tal como es y no tal como se la envuelven en papel de celofán. Estaríamos encantados de recibirle como padre y pastor, conversar con él, rezar y comer juntos. Igual que lo estaríamos si nuestro obispo hiciera lo mismo. ¿No sería maravilloso que viniera como un creyente sencilla y austeramente? Entonces seguro que no habría debates sobre el precio a pagar.

 

            En un país en que desde el 15 de mayo hay multitud de jóvenes (entre ellos muchos creyentes) en la calle y a la intemperie, sin más medios que su voz y su presencia física, proponiendo un cambio social y político en profundidad, resulta paradójica toda esta movida de JMJ tan aparentemente aséptica, tan “políticamente correcta”, tan alegre juventud, tan descomprometida en sí misma, a la que se prestan tantos jóvenes que seguramente en sus lugares de origen están comprometidos como el que más. Por eso, cuando termina la movida, ¿queda algo más que pompas de jabón?

 

            Va a resultar que estos dirigentes eclesiales tan conservadores son incapaces de organizar las cosas de otra manera. Así nos va. Lo siento por los muchos jóvenes anónimos que calladamente han apechugado con la infraestructura para que los jóvenes visitantes se sintieran a gusto. Se merecen algo más.

 

Pepe Nerín

13.8.2011