OTRA MANERA
DE CELEBRAR LA MISA
ES POSIBLE
La celebración de la misa del domingo es el momento culminante de la comunidad cristiana, tanto teológica como sociológicamente hablando. El grupo cristiano se reúne el "día del Señor" para alabarle, darle gracias, escuchar su Palabra, recordar la muerte y resurrección de Jesucristo, actualizar la última Cena, llenarse del Espíritu de Jesús, comulgar con Él, con su vida y mensaje, sentirse enviado para anunciar el Evangelio a todos, etc. En esta reunión, en este encuentro de cristianos, se hace visible la Iglesia. En definitiva, y como afirma el Concilio Vaticano II, la misa es el culmen de la vida cristiana al mismo tiempo que su fuente.
Todo esto es verdad teológicamente hablando, pero, desgraciadamente, no siempre es exactamente así en la realidad. En demasiadas ocasiones los cristianos más que "reunirnos" en misa nos comportamos como personas aisladas cada uno buscando su propio interés espiritual; en lugar de escuchar su Palabra se desconecta; en lugar de comulgar con Él, recibimos unas hostias consagradas que digerimos sin asimilarlas; en lugar de sentirnos enviados, nos vamos cada cual a nuestra casa a seguir en lo que estábamos. No parece que "celebremos" nada, si hacemos caso del aspecto de las caras de la mayoría de los asistentes; no parece que nos tengamos muy en cuenta unos a otros, a no ser en el momento de darnos ritualmente la paz; no parece que disfrutemos mucho con el encuentro con Dios y con los hermanos, pues miramos demasiado al reloj cuando nos da la impresión de que la cosa se alarga.
Todo esto lo han captado los jóvenes desde hace mucho. Y han dejado de acudir. En las encuestas lo expresan con gran claridad: se aburren, consideran que las misas no presentan ninguna novedad, que siempre es lo mismo, que todo o casi todo lo hace el cura, que no entienden los símbolos pues están alejados de su vida concreta, que la misma estética no les dice nada, que los asistentes salen como han entrado sin que se note cambio a mejor en sus vidas, etc. Pero no sólo ellos lo han captado. También los adultos, aunque, menos espontáneos, no lo expresan tan descaradamente. Y lo cierto es que no es que falten los jóvenes sino que, por lo general, tampoco solemos encontrar a personas menores de 50 años. Nuestras celebraciones eucarísticas cada vez se parecen más a reuniones de la tercera edad, con la excepción de las misas de niños que se siguen realizando en algunas de nuestras parroquias.
La cosa preocupa. En los años ochenta se realizó una encuesta en toda España a las personas que asistían a las misas dominicales y los resultados ya suponían entonces una seria llamada de atención. Desde entonces la situación no parece haber mejorado y los obispos ya anuncian su intención de repetir la encuesta para detectar cómo ha evolucionado el tema casi veinticinco años después. Entre tanto ha habido esfuerzos para revitalizar el domingo como día clave de la semana para los cristianos e incluso desde los organismos vaticanos nos llegó un documento dando instrucciones para corregir los "errores" que detectaban en las formas concretas de celebrar las eucaristías, documento caracterizado por su miedo a las novedades y su deseo de mantener una ortopraxis en los rituales que llenó de estupor a muchos.
Pero la historia sigue y la vida es tozuda. Los conservadores parecen basarlo todo en seguir el ritual sin modificar ni una coma pero muchos de sus resultados nos ofrecen unas misas muy correctas formalmente, en las que todo está medido como para que no te pillen en ninguna falta, pero en donde parece faltar el espíritu, la pasión del amor, la vida concreta, los problemas reales de cuantos sufren. Se insiste mucho en la idea de "sacrificio", destacando la ofrenda sacerdotal de la vida de Jesús y el perdón del Padre eterno. Pero da la impresión de que se pierde la comunidad celebrante, la comensalidad, el compromiso, la vivencia.
Como sacerdote de una parroquia de barrio, observo a personas que vienen a misa y se envuelven en sus rezos, haga lo que haga el sacerdote o los diversos ministerios. Suelen ser personas de avanzada edad y acostumbradas a este tipo de comportamientos que han ido asimilando a través de la formación que recibieron, especialmente por parte de los curas. Otras personas, que se sitúan normalmente en los bancos más apartados, cumplen con una obligación que les inculcaron e incluso sienten que han pecado si, por las razones que hayan sido (a veces incluso por cuidar a algún enfermo), no han podido acudir algún domingo a misa, pero no se nota demasiado entusiasmo en sus semblantes y en ocasiones se "distraen" con la hoja dominical o no dejan de hablar entre ellas, incluso algunas sin ponerse de pie cuando el momento celebrativo lo requiere. Los hay, y son bastantes, que siguen con interés la parte de las lecturas y de la homilía (única novedad de un domingo a otro), pero vuelven a convertirse en meros asistentes que escuchan sin más la plegaria eucarística recitada por el sacerdote. Una pequeña minoría lleva a cabo diversos ministerios (lectores, cantores, los que pasan la "bandeja", etc.) y procuran hacerlo lo mejor que pueden, incluso preparándolo con esmero con anterioridad.
Personalmente creo que si queremos salvar el sentido profundo de las celebraciones dominicales a estas alturas de la película no podemos limitarnos a celebrar misas siguiendo escrupulosamente las actuales rúbricas y sin saltarnos ni una coma. Eso es lo más cómodo, lo más fácil pero no lo más eficaz pastoralmente hablando. Hay misas en las que parece que el sacerdote cae en actitudes mágicas, es decir, en la actitud de creer que por recitar fórmulas inalterables y misteriosas se produce inevitablemente el milagro de la transubstanciación, es decir, de la conversión del pan en el cuerpo del mismísimo Jesucristo. Ha habido alguna misa a la que yo he acudido sin concelebrar en la que el sacerdote no nos ha mirado a los "fieles" en ningún momento. Y los hay también, incluidos obispos, que parece que sólo concedan valor a la plegaria eucarística nº 1, precisamente la preconciliar y que más insiste en el valor sacrificial, ya que es la única que siguen.
No pretendo ninguna revolución ni que nos reinventemos la misa. Ésta es lo que es, y al principio de este editorial he intentado resumir su sentido y sus valores fundamentales. Ni siquiera pretendo romper su actual estructura (las partes fundamentales de la misa) pues me parece más que válida. Pero creo que es necesaria una renovación, una revitalización de las mismas para que realmente celebremos lo que estamos celebrando, para que, entre otras cosas, la vivamos en profundidad así como sus grandes valores, conectemos con la vida concreta de la gente que acude a ella y del entorno en que la celebramos, desarrollemos una estética agradable (decoración, música, etc.), sea una celebración comprometida (incita a compromisos), adoradora del Misterio (de un Dios desbordante), nos ayude a encontrarnos (entre nosotros y facilitar el encuentro con Dios), a sentirnos y ser comunidad de creyentes, a dar gracias a Dios, a recordar y hacer presente su oferta de salvación, a compartir, etc. Es preciso hacer una "pedagogía" sobre la misa, introduciendo al mismo tiempo variedad y alicientes aunque dentro de un esquema que no podemos obviar. Pienso que más "ortodoxa" no puede ser mi intención, aunque estoy seguro de que habrá quien se ponga furioso con mis moderadísimos planteamientos.
Dicho todo lo anterior, os presento algunas sugerencias respecto a cada una de las partes fundamentales de la misa con la intención de abrir con ello un positivo debate que contribuya a mejorar nuestras misas dominicales.
1) Introducción.
El "espacio" apropiado de esta parte de la celebración es aquél en el que se sitúa la gente que va llegando, incluso el hall o patio anterior al recinto. Puede aprovecharse la ocasión para ambientar con música religiosa clásica. Lo importante es lograr que el personal sienta que acude a algo colectivo, no a una devoción particular ni a una obligación. Puede cuidarse la acogida, el contacto personal, al mismo tiempo que se mantiene un ambiente no alborotado, recogido, de expectación ante el misterio que vamos a celebrar.
Deberíamos comenzar siempre con un saludo no meramente ritual, no de repetir una fórmula, incluso sería bueno sorprender cada domingo con alguna novedad. El saludo recuerda el objetivo de encontrarnos, especialmente con el Dios Padre que nos ha invitado y que nos acoge con todo su cariño. El saludo debe recordarnos que no hacemos algo que corta con nuestra vida cotidiana sino que la asume y que nos une al resto de nuestros vecinos del barrio. Incluso podemos recordar al resto de la Iglesia, tanto la de aquí como la que ha llegado a su consumación (se puede hacer una semblanza del santo del día, sobre todo si éste es relevante).
Si la misa supone un momento especial que rompe la cotidianidad, no tiene por qué suponer un corte con nuestra vida ni con la del resto de la gente, sino todo lo contrario. Creo que es muy conveniente que nos situemos en la realidad del barrio, de los problemas, logros y aspiraciones del resto de la gente. Tal vez convendría recordar las noticias significativas de la semana (mediante información directa de los asistentes, lectura de noticias de los periódicos, de internet, etc.).
Tras ello podemos pedir perdón todos juntos. ¿Habría que traerlo preparado en función de las lecturas, como hacemos ahora en nuestra parroquia, o improvisarlo en función de lo comentado?
El siguiente paso es dar gloria al Dios que nos perdona, que nos ha invitado, que se hace presente entre nosotros, y ello puede realizarse mediante el Gloria o a través de un canto apropiado.
Esta primera parte podría terminarse con una oración que resumiera todo lo anterior.
2. Dios Padre nos dirige su Palabra.
El lugar especial de esta parte de la misa es el ambón. Desde él se nos va a proclamar la Palabra de Dios. Convendría incluso centrar toda la luz en él, oscureciendo el resto del templo. En el ambón pienso que sólo se debería leer esta Palabra; no la homilía, ni avisos, ni peticiones.
Vamos a escuchar la Palabra de Dios, lo cual requiere que abramos nuestros oídos y nuestro corazón para ello. Un toque de atención en estos momentos podría ser muy conveniente (no empezar las lecturas sin más). Se puede traer el leccionario solemnemente.
Tras la escucha de las tres lecturas propongo que nos sentemos todos y mantengamos unos breves minutos de silencio respetuoso y meditativo. Actualmente solemos hacerlo tras la homilía del cura con lo cual parece que le demos más importancia a ésta que a la propia Palabra de Dios.
A continuación viene nuestra respuesta a la Palabra que hemos escuchado: lo más lógico sería una homilía compartida. El cura puede presentar sus reflexiones, pero también otras personas deberían poder hacerlo, incluso las podrían traer escritas o pensadas desde su propia casa, como hace el cura, para lo cual convendría informarles de una semana para otra cuáles son las lecturas del próximo domingo.
Después vendrían las peticiones, fomentando las que surjan espontáneamente de los asistentes, si bien puede dejarse a la entrada del templo, como hacemos actualmente en nuestra parroquia, una hoja para que quienes no se atreven a formularlas en voz alta delante de todos puedan dejarlas por escrito.
Esta parte concluye con el Credo, la confesión de fe en común.
3. Memorial de la Cena.
El lugar especial es, lógicamente, el altar.
Se trataría de crear un ambiente que nos situara incluso físicamente en este momento fundamental de la vida de Jesús. Incluso el cura convendría que no estuviera solo en esta parte, como dando la impresión de que todo depende de él, sino que le acompañaran diversos miembros de la comunidad. Por supuesto que los alimentos deberían ser claramente pan y vino, y no las clásicas formas que no nos recuerdan precisamente al pan. El relato de la Plegaria no debería ser tampoco sólo cosa del cura sino que deberían introducirse intervenciones aclamatorias de todos. Y, por supuesto, no limitarse a leer siempre la misma Plegaria sino ir utilizando todas ellas, en función de los matices que introducen las lecturas del día.
4. Compartimos al mismo Jesucristo.
El espacio clave se extiende a todo el templo, altar y bancos. Vamos a rezar juntos (Padrenuestro), a darnos la paz, a comulgar. Es el gran momento de la fusión entre Dios y nosotros y de los participantes entre sí. Lo sagrado y lo profano se dan la mano. El Espíritu revolotea por toda la asamblea. Todos participamos de un mismo destino.
Rezamos juntos el Padrenuestro. Podemos darnos la mano como símbolo de unidad. Podemos cantarlo como símbolo de alegría por ello. Pero lo importante es que nos sintamos hermanos por ser hijos del mismo Padre.
Nos damos a continuación la paz, reconociéndola como regalo de Dios que nosotros tenemos que potenciar y favorecer.
Y comulgamos, dando a este gesto el significado de comunión con Jesús, su vida y su mensaje. Viviendo este momento como un compromiso muy serio, no como una devoción particular y como una relación meramente individual con el mismo Jesús. Conviene que comulguemos bajo las dos especies. Como hay bastantes personas que reciben la comunión en la boca, es preciso que el sacerdote y otros "ministros" administren la comunión; pero también cabe dejar un copón sobre el altar para que se la administren los que lo hacen con la mano. En cualquier caso, conviene dejar igualmente sobre el altar un cáliz para que quienes lo deseen puedan comulgar también del vino. Además hay personas (enfermos de celiaquía) que no pueden tomar pan y que nos han pedido comulgar del cáliz.
5. Final.
El final de la misa apunta hacia la puerta que da acceso a la calle, al mundo de lo cotidiano. Tal vez sería conveniente una solemne apertura de puertas en el momento final para dar a entender que la misa continúa fuera y que la escucha y comunión con el Cristo debe hacerse realidad ahora en la vida y entre todos los hombres y mujeres, especialmente entre aquéllos que no acuden a las celebraciones.
Podemos recordar los compromisos suscitados por la escucha de la Palabra de Dios.
También es el momento para dar una serie de avisos que en toda parroquia o comunidad conviene dar recordando actividades de la semana.
Rezamos juntos una oración final que resume lo celebrado.
Y recibimos la bendición, significando claramente que Dios quiere acompañarnos en nuestras vidas y ser la fuente de nuestras actuaciones.
Hasta aquí toda esta serie de observaciones. No he tocado muchos otros aspectos como pueden ser los diferentes ministerios, los cantos, las posturas, etc. No he pretendido ser exhaustivo sino contribuir a abrir un diálogo para mejorar nuestras celebraciones. Es un diálogo que vamos a mantener en nuestra parroquia pero que sería bueno que mantuviéramos también a través de esta página web.
Por ello se os invita a todos los que queráis a enviarnos vuestras propuestas. Serán publicadas y, si son numerosas, crearemos una nueva sección sobre este tema. Muchas gracias de antemano.
Pepe Nerín
18.9.2006