COMO QUIEN OYE LLOVER
(29.11.2002)
Algo muy negativo que le puede ocurrir a una organización y que representa un claro indicador de decadencia es el hecho de que no sea sensible a las inquietudes de sus miembros. Toda organización, y en especial sus dirigentes, necesita unos mecanismos de diálogo interno, unos cauces por los que se transmitan los deseos y aspiraciones, las propuestas de todo tipo, las preocupaciones, inquietudes, etc., de sus miembros. Es muy importante que toda propuesta sea tenida en cuenta, toda crítica tomada en consideración, toda iniciativa valorada, y que, además, la persona o personas de quienes han partido reciban respuestas a sus demandas, críticas o proposiciones.
En cambio, la tendencia que en este terreno suele generalizarse más es la de estructurar unos cauces "oficiales", normalmente de arriba abajo y menos normalmente de abajo arriba, a través de los cuales se "encauzan", es decir, se "controlan" en la práctica las comunicaciones (al estilo tan poco democrático de nuestros actuales dirigentes políticos: "de esto hoy no toca hablar"), favoreciendo que lleguen a todos las disposiciones de la autoridad y limando o neutralizando las demandas incómodas que intentan subir hacia las alturas procedentes de los miembros "contestatarios" o simplemente "no conformes" con la situación actual.
Por eso lo normal es que se te dé la callada por respuesta cuando elevas tu voz fuera de los cauces oficiales, o que se te escuche con más o menos benignidad cuando vas a hablar personalmente con alguien "por encima tuyo". Con el tiempo, y al ver que nada ha cambiado, y que ni siquiera "el de arriba" te vuelve a sacar nunca más el tema que hablaste con él, te da la impresión de que te escuchan "como quien oye llover".
Todo lo anterior vale especialmente para una organización como nuestra Iglesia. Muchos de nosotros tenemos la triste experiencia de habernos dirigido hacia nuestros "superiores" a través de todo tipo de medios (entrevista personal, artículo colectivo en la prensa, carta colectiva al mandatario, etc.) y sobre diferentes tipos de cuestiones (organizativas, económicas, caritativas, etc.), recibiendo respuestas semejantes a las que acabo de enumerar o bien dando por zanjada la cuestión al decirnos que quien tiene problemas no es la Iglesia sino nosotros que somos problemáticos. Y el tan denostado "rodillo" se pone en marcha, y cunde el desánimo, y casi nada cambia, y todos cada vez más viejos.
Los dirigentes de nuestra Iglesia, y más concretamente los de nuestra Diócesis de Zaragoza, que imagino que creen en que el Espíritu actúa libremente en su interior y en su exterior, deberían estar especialmente atentos a lo que nos pasa (parte del mensaje del primer domingo de Adviento de este ciclo), a lo que pensamos, proponemos y aspiramos. Me es difícil asumir posturas como la de quienes se ven tan "Magisterio" que no necesitan no ya "aprender" sino ni siquiera "enterarse" de nuestras inquietudes y propuestas de solución. Me resulta muy difícil asumir que en una situación como la actual (en la que se incluye la situación de avanzada edad de nuestros dirigentes) no quieran examinar las críticas y propuestas que les hacemos y responder por un mínimo de sensibilidad. żEs que no necesitan ninguna ayuda? żEs que tan poco valemos? żEs que tan poco nos quieren?
Lo siento, pero eso no soluciona los problemas sino que los agrava. Y luego tendremos que continuar sufriéndolos especialmente nosotros, ya que ellos habrán pasado a una jubilación que les sitúe más allá.
Lo siento, pero los problemas continúan estando ahí y las soluciones tradicionales que se les ofrecen no nos están llevando muy lejos. Y ni tendremos más vocaciones por pedirlas más (como si Dios estuviera sordo y no continuara llamando) o por recurrir a los monaguillos, ni el domingo será más santificado por escribir documentos ad hoc, ni la gente se confesará más porque los curas pasemos más tiempo en los confesonarios, por poner sólo unos mínimos ejemplos.
Humildemente me atrevo a decir lo siguiente: la gente de Iglesia, precisamente por amor a nuestra Iglesia, tendremos que replantearnos muchas cosas y cuanto antes lo hagamos mejor, porque el tiempo corre en contra. Tendremos que replantearnos la catequesis, tanto de niños de 1Ş comunión, como de adolescentes, Confirmación, jóvenes, etc. Tendremos que replantearnos nuestras celebraciones (Ħqué pena me dio el otro día cuando al terminar de celebrar una boda uno de los asistentes me dio la enhorabuena porque llevaba cuatro bodas en pocos días y la que yo había celebrado había sido la única "humana" de todas ellas!). Tendremos que replantearnos los "ministerios", entre ellos especialmente el sacerdotal. Tendremos que replantearnos nuestra organización económica. Tendremos que replantearnos nuestros medios de comunicación. Tendremos que replantearnos nuestra acción "caritativa". Tendremos que replantearnos el papel de la jerarquía. Tendremos que replanteárnoslo todo o casi todo.
Y es que la Iglesia siempre debe estar reformándose porque la situación social es nueva. El Evangelio hay que ponerlo al alcance de toda la gente y, me temo, que nos hemos distanciado tanto del "mundo" que por más que alarguemos el brazo, si no nos movemos, no llegaremos a estar metidos dentro de él ni, por consiguiente, a desarrollar una "nueva" evangelización.