PAQUIRRÍN

 

Se paseó recientemente por nuestra tierra el popular Paquirrín, uno de los tipos más singulares y exóticos de la fauna mediática. Le habían contratado para aparecer en una discoteca que cada fin de semana congrega en una liturgia nocturna a cientos de adolescentes y jóvenes que llegan de aquí y de allá.

 

Su presencia en un local de jóvenes me llamó la atención. Me interesaba sobremanera ver en qué trabajaba y cómo se ganaba el sustento el artista. Inocente de mí, pensé que si al tipo lo llevaban a un local de jóvenes, debía ser algún referente a imitar por sus cualidades laborales, artísticas o lo que fuera.

 

Debe cantar, pensé yo; pero no, aunque su madre canta, el retoño no lo hace (gracias a Dios, dicen los entendidos); no sé… debe contar chistes… pues tampoco, la única vena cómica que le sale al fulano es, al parecer, cuando se pone serio, entonces dicen que tiene una gracia que no se puede aguantar. Quizás debe bailar… pues tampoco, se ve que no tiene mucha gracia dando brincos y que no le acompaña demasiado el físico para estos menesteres… En un momento de debilidad, imaginé que quizás venía a dar una conferencia sobre algún tema de interés cultural, pero, a juzgar por las horas en que iba a estar en el local, me pareció que no debía ser ése su cometido.

 

Recientemente parece que ha trabajado, y eso sí que es noticia. Una casa de muebles le ha contratado para anunciar unos sillones. Se sentaba el hombre en un sillón, repantigado y comodísimo, y, con pocas palabras, tenía que decir lo bien que se sentía. Con una naturalidad encomiable, Paquirrín “trabajó” estupendamente en el anuncio. No necesitó muchos ensayos. En lo de andar repantingado en las butacas es un artista, un auténtico profesional.

 

¿Para qué vendrá, pues, este artista de la publicidad de sillones a un local de jóvenes? Pues para nada, oiga usted, para nada. Anduvo Paquirrín por la discoteca en la que anunciaban su presencia; se calzó entre pecho y espalda unos cuantos cubatas, se fotografió con algunos chavales, se embolsó una pasta por la faena, y se despidió del respetable. Un trabajo alucinante.

 

La verdad es que no me extraña. Días antes en el mismo local habían organizado la fiesta de la cerveza, el concurso de miss camiseta mojada y otras lindezas. También intelectuales de pro como la bruja Lola se habían paseado anteriormente por esa pasarela tan cachonda exhibiendo su talento.

 

Esos mismos días, colectivos generosos de chicos y chicas preparaban con esmero Colonias, Convivencias, Campamentos, Rutas…algunos incluso son monitores y monitoras que iban a trabajar sin cobrar, dedicando el tiempo libre a buscar alternativas a la vida y a educar a chavales más pequeños. Normalmente a estas instituciones que organizan estas actividades la Administración les exige unas condiciones para autorizar las instalaciones y actividades que, a veces, implican actos casi de heroísmo para poder ser llevadas a cabo.

 

Mientras, Paquirrín y otros mercachifles y profesionales de la vagancia se pasean por nuestra geografía, y -entre trago y trago, entre foto y foto, entre risa y risa- opinan de todo seguidos por multitud de objetivos y micros que multiplicarán su estulticia a través de los medios. Son tipos que han hecho de la vagancia y el morro una manera de vivir. Son chorizos de diseño, burguesitos adinerados, profesionales de la incultura, vendedores de amoríos y cornamentas, que pueden cobrar por manifestarse ante los jóvenes con una insolencia soberana. 

 

Días antes una adolescente, que había comprado su entrada, murió a escasos metros de la discoteca arrollada por un tren. Ningún responsable del local dijo nada ni hubo ninguna señal de luto. Andarían ocupados organizando la venida de Paquirrín.

 

JOSAN MONTULL

30.7.2008