PARA SALIR DE LA IRRELEVANCIA
En nuestra Iglesia Diocesana estamos en una pendiente descendiente que parece llevarnos camino de nada, especialmente en lo que afecta al plano estructural. Y cuanto más ascendemos en la “pirámide” más parece marcarse esta sensación de atonía. El Arzobispo, tras una primera etapa de gran dinamismo en la que intentó abarcar todos los espacios posibles originando un remeneo que a algunos llegó incluso a asustar, parece haber entrado en la etapa contraria desapareciendo de la escena. Ya casi ni se habla de él, ni siquiera para criticarlo. En todo caso, se comenta que es un hombre de acción (aunque no se sabe muy bien de cuál) más que de organización o de ideas; parece que le aburren las reuniones con sus órganos consultivos, hasta el punto de que la actividad de los Consejos Presbiteral y Pastoral parece haberse reducido al mínimo y sus convocatorias escasean. Da la impresión de que se basta a sí mismo para tomar decisiones, aunque éstas sean cada vez menos relevantes. Los Vicarios Episcopales hacen lo que pueden manteniendo los aparatos que se les han encomendado, pero sin alumbrar ideas o propuestas dignas de mención. Las Delegaciones siguen a su marcheta, sin llamar la atención, pero sin generar expectativas. Todo resulta un tanto anodino, plano, irrelevante. No hay unas líneas directrices, unas iniciativas que hagan vibrar o que simplemente sean motivo de polémica. El llamado Plan Pastoral languidece entre la buena voluntad de sus promotores, impulsores y realizadores, tal vez porque no nació con voluntad de tal sino más bien como una manera de hacer algo pero sin tocar nada de lo mucho al parecer intocable.
Ante esta situación contrasta especialmente la “movida” manifestaria nacional promovida por muchos de nuestros obispos. Supongo que no será una forma de combatir el aburrimiento intradiocesano, paliando con pasos multitudinarios el inmovilismo cotidiano en que nos encontramos. Prescindiendo de su contenido ideológico y del oportunismo político que revelan, no creo que movidas de ese tipo sirvan para galvanizar la pastoral concreta. De ellas no se deducen sugerencias para elaborar proyectos pastorales que partan de las necesidades reales de la población a la que estamos llamados a evangelizar, más allá de genéricos y vagos “programas” de familia, “delegaciones” de familia o incluso “ministerios” de familia, aunque esto último no tiene nada que ver con la pastoral.
Ante
la ausencia casi total de apoyos pastorales procedentes de los estamentos
diocesanos superiores, cada parroquia opta por hacer de su capa un sayo,
buscarse la vida e intentar seguir adelante como mejor pueda. Con ello pierde
relevancia la coordinación, los planes pastorales de conjunto, e incluso la
propia diocesaneidad, tampoco muy compensada por la eclesialidad global ya que desde Roma llegan más ideas
intelectuales que vida pastoral sugerente, con alguna salida decepcionante como
la misa de espaldas. Curas y seglares, juntos o por separado, seguimos
reuniéndonos periódicamente siguiendo un calendario preestablecido, pero más
por rutina, por gusto de comer junto con colegas, que por esperanza de dar
nuevos pasos e incluso teniendo que aguantar en ocasiones disertaciones de
supuestos expertos que siempre derivan hacia el mismo lado, estés o no de
acuerdo. Por poner sólo un ejemplo, la reunión anual de los curas “jóvenes”
(que llevan menos de 10 años de tales) de
Con todo esto, no es de extrañar que cada vez seamos más irrelevantes en esta sociedad nuestra que camina muy deprisa, aunque tampoco sepa exactamente a dónde. No generamos noticias esperanzadoras sino muchas veces crispadoras, cuando no risibles o que dejan perplejo al personal. El prestigio eclesial está por los suelos y los jóvenes pasan olímpicamente. Y queda en la penumbra cuando no en el más completo desconocimiento el esfuerzo pastoral de tanta buena gente en nuestra Iglesia que intenta encontrar soluciones pastorales y poner en marcha estilos y acciones nuevos pero más cercanos al Evangelio, aunque, eso sí, limitados al ámbito parroquial en el que se sienten con más libertad para emprenderlos.
Falta
globalidad, proyectos pastorales de conjunto, planes que respondan realmente a
necesidades y no a ideologías. Esto no podrá ser nunca sustituido por
movilizaciones desde arriba en defensa de supuestos intereses vitales de
Pero, si al menos, los de “arriba”, empezando por el obispo, mostraran interés por lo que hacemos, se acercaran a las parroquias para ver, escuchar e incluso, ¿por qué no?, aprender… Si en lugar de decirnos magistralmente lo que tenemos que pensar, decir y hacer, se bajaran de sus pedestales y se acercaran para convivir con los que estamos en las plataformas eclesiales básicas… Si en lugar de condenar, como algunos obispos de fácil baculazo, trataran de comprender y querer un poco más a los supuestos (en sus supuestos mitrales) “desviantes”… Si en lugar de imponer trataran de promover todo lo bueno que se hace en las parroquias (porque algo bueno se hará, ¿o no?)… Pues otro gallo cantaría.
Mientras tanto el personal trata de sobrevivir en estos tiempos de cólera. Cada cual se busca un asidero y no le importa moverse de una parroquia a otra buscando algo más cercano a sus propias necesidades. Se van rompiendo los límites parroquiales y acabaremos reuniéndonos por sintonías. Algo no muy conveniente ya que puede conducir a capillismos, pero inevitable en estos tiempos de escasa cintura y flexibilidad, preñados de militancia ideologizada desde determinados púlpitos que no de ideas.
La solución, posible y necesaria, pasa por varias salidas: coger el toro por los cuernos, potenciar los debates en esta época de cambio y de búsqueda, atrevernos con todo, afrontando sin tapujos ni limitaciones los graves problemas que nos afectan (envejecimiento, ausencia de jóvenes y de personas de mediana edad, promoción de los marginados, papel y lugar eclesial en la nueva cultura y sociedad democrática y laica, disminución del clero y ausencia en nuestras comunidades de vocaciones al actual estilo de sacerdocio, revitalización litúrgica, etc.), hacer propuestas hacia delante, desacralizar estructuras que ya han cumplido su cometido histórico pero que necesitan ser renovadas, no imponer desde arriba posturas unitarias que ya no van a ser obedecidas sin más por unos creyentes que ejercen desde hace tiempo de adultos aunque gran parte de la jerarquía no se haya enterado todavía, abandonar la oración descomprometida y en las nubes, las liturgias vacías o los rituales de pura estética rancia, etc. Y, sobre todo, encarnarnos en la vida de la gente, especialmente en la vida de los más pobres. Como hacía Jesús. Como sigue haciendo actualmente Jesucristo. Como debemos hacer sus seguidores.
Pepe Nerín
15.1.2008