¿"PASAR" DE ESTRUCTURAS?
Hace unos días un buen amigo, y cura por más señas, me dijo, como justificando su autoexclusión de una labor de conjunto, que él "pasaba de las estructuras". Y se me lió a continuación diciendo que si eso era cosa de psicólogos, sociólogos y gente así. A mí me produjo un cansancio infinito ya que me sentí de nuevo ante un adulto con "enfermedades" adolescentes que, en buena lógica, ya debería haber superado hacía bastantes años.
Querido amigo: pasar de estructuras es como pretender pasar del aire que nos envuelve y que necesitamos para respirar y sobrevivir. Uno no puede "pasar" de las estructuras porque estamos metidos en ellas, lo queramos o no; nos influyen bastante y, al mismo tiempo, influimos sobre ellas (bastante menos). Es el medio en que nos movemos, nos guste o no, ya que no podemos funcionar en el vacío estructural. Nacemos en una estructura, como es la familia (del tipo que sea) y vamos entrando en multitud de ellas (escuela, grupo de amigos, parroquia, diócesis, etc.). Y no todas ellas nos son dadas sino que, al mismo tiempo, nosotros vamos creando también otras estructuras más pequeñas en nuestro trabajo, en nuestra vida cotidiana, en nuestras relaciones con los demás, con los amigos, etc.
Decir que pasas de las estructuras es como decir que cierras los ojos ante ellas, que están ahí pero que pretendes actuar como si no estuvieran, dedicándote a otras cosas. Esta actitud me parece ingenua, ya que no por pasar de ellas van a desaparecer y dejar de influir; me parece también insolidaria porque no son perfectas y originan sufrimiento en personas a las que con esta decisión abandonas; me parece al mismo tiempo irresponsable ya que es dejar que las estructuras (y, en concreto, las personas que las dirigen) sigan funcionando sin control prescindiendo de que su actuación sea o no la correcta; y, finalmente, me parece una postura comodona que renuncia al esfuerzo de cambiarlas porque, de hecho, no es nada fácil.
Si todo el mundo en España hubiera "pasado" de ellas aún nos encontraríamos metidos de lleno en estructuras franquistas, feudales, o del Imperio Romano. Si en la Iglesia no hubiera habido muchas personas que reaccionaron ante la situación existente, aún estaríamos con las estructuras del Concilio de Trento o en las del Siglo de Hierro. Pasar de las estructuras es un indicador de insolidaridad social, de dejar que otros afronten los problemas que todos deberíamos afrontar, de dejar que otros se expongan mientras nosotros miramos hacia otro lado.
Pero es que, además, no se puede prescindir de ellas creyendo que puedo actuar a otro nivel, realizar un trabajo de apoyo a otras personas, sin que las estructuras intervengan para nada. Es que intervienen, te ponen límites, te marcan orientaciones e incluso llegan a anularte o a eliminarte si la estructura, es decir, el poder, o sea, los que lo detentan, deciden hacerlo. Es lo que han hecho con nosotros, con los componentes del Equipo del Programa de Transeúntes de Cáritas Diocesana de Zaragoza: los miembros del actual equipo directivo de esta organización eclesial han eliminado incluso el Programa tras haber tratado de eliminarnos uno a uno a sus componentes. Es el poder duro y crudo de quienes dominan la estructura. Y aguántate, aunque pueda acompañarte la razón. ¡Como para pasar de las estructuras!
Ya sé que la intención de mi amigo no es la de ser insolidario sino que su vocación le lleva a preocuparse más de las personas concretas (a las que se entrega a tope) que de las estructuras contra las que muchas veces se piensa que no se puede hacer nada. Y también sé que en bastantes ocasiones el esfuerzo por el cambio estructural se pone tan en primer plano que casi anula todo lo demás y, en concreto, la atención a las personas individuales que necesitan ser ayudadas. No es mi intención tratar de contraponer ambas actuaciones (el trabajo sobre las estructuras y el que hay que realizar con las personas) sino más bien reconocer que son complementarias. Lo que en este artículo propongo es que no abandonemos los esfuerzos por ir cambiando esa realidad estructural en la que nos encontramos. Porque no es lo mismo estar organizados de una forma que de otra, vivir en un régimen político civil o eclesial que en otro, no es lo mismo que te dirijan de una forma o de otra, con unas orientaciones que con otras, con unos talantes o con otros. No es lo mismo, por ceñirme a lo eclesial, tener un párroco u otro, un arzobispo u otro. No es lo mismo tener un Consejo Parroquial activo y corresponsable que otro pasivo o que no tenerlo. No es lo mismo un Consejo Diocesano de Pastoral que asuma su papel y trabaje a tope que un Consejo que se resigne a recibir consejos del obispo. No es lo mismo un Consejo Presbiteral en el que sus miembros sienten el apoyo de los curas que los han elegido y que afronta la realidad por incómoda que sea, que otro que se constituya porque toca hacerlo, con unos miembros que se sienten en el vacío, sin nadie detrás, y con nulo margen de maniobra en cuanto a su actuación.
Por eso nos interesan unas estructuras válidas y que faciliten en los momentos actuales la puesta en práctica de opciones evangélicas. Trabajar por ello, por un cambio estructural en esa dirección, es una tarea evangélica que no es muchas veces bien comprendida, asumida e incluso estimulada (porque debería ser estimulada) por quienes dirigen las organizaciones. Incluso tiene su precio y muy alto. Como mínimo, las más de las veces te conviertes en una persona no bien vista por el poder (o por sus afines), una persona incómoda a la que incluso se le dan "toques" para que cambies de actitud, se le llega a sugerir que tal vez estarías mejor fuera de la organización y, llegado el caso, se te echa y punto o se elimina por decreto la plataforma en la que te encuentras. El mencionado caso de Cáritas es un ejemplo evidente, pero no el único ni muchísimo menos. Y muchas veces puedes sentirte solo o poco acompañado porque, en lugar de aplaudir tus esfuerzos y sumarse a los mismos, se procura evitarte para que no les compliques la vida. Hay muchas ocasiones en que te da la impresión de que el personal critica mucho por detrás a los gobernantes o a las estructuras, pero no está dispuesto a arriesgar lo más mínimo para cambiar la situación. Y hasta hay quienes se te presentan como adelantándote por la izquierda y dictándote las críticas que deberías hacer en lugar de realizarlas ellos.
En resumidas cuentas: con todo lo anterior estoy apuntando, aunque sea tan someramente, a la necesidad del profetismo en nuestra Iglesia y en nuestra Diócesis. También hoy, naturalmente, es un elemento imprescindible para que nuestras estructuras eclesiales no se fosilicen y cambien su diseño en una dirección mucho más evangélica. Creo que especialmente la gente joven (curas y seglares) debería implicarse bastante más en esta tarea.
Pepe Nerín
23.10.2006