PEDRO Y MANUEL

 

Acabo de leer el libro que, con motivo de sus 80 años, le han dedicado una serie de escritores, teólogos, pensadores, poetas, etc., al obispo emérito de San Félix de Araguaia, Brasil, el catalán Pedro Casaldáliga. A través de casi 400 páginas se nos van describiendo las características humanas, cristianas, sociales, políticas, episcopales, etc., de este obispo que ha marcado la evolución de la Iglesia brasileña e incluso de las restantes iglesias iberoamericanas, atravesando su ejemplo los mares y llegando a ser cristiano y obispo de referencia para muchos de otros continentes. He saboreado las páginas del libro no pudiendo evitar comparaciones con otros personajes y circunstancias, siempre teniendo en cuenta que no hay un solo modelo y que cada persona, así como su situación vital, es distinta.

 

Contemplado todo esto desde Zaragoza, sin embargo, es inevitable llegar a algunas conclusiones y ofrecérselas a mi obispo desde estas páginas como sugerencias que tal vez le puedan servir en su ministerio episcopal. ¿Qué es lo que me ha chocado especialmente? Voy a enumerar algunos aspectos comentándolos brevemente:

 

- Cuando es enviado a Brasil, Casaldáliga, misionero claretiano que había desempeñado su actividad hasta entonces por Cataluña y Aragón, con una breve incursión en África, “quema las naves” y se compromete a quedarse en su nuevo destino, sin regresar a la que hasta ese momento había sido su patria. Iba a una de las zonas más pobres y conflictivas de Brasil, no “ascendía” sino que “descendía”, y quiso que su descenso fuera definitivo. Y cuando tres años después es consagrado obispo, este compromiso se reafirma sin lugar a dudas, y lo cumple hasta el final.

 

Estamos tan acostumbrados a que los nombramientos episcopales sean “promociones”, es decir, “ascensos”, que la actitud de Pedro resulta realmente contracorriente. Pero me parece mucho más evangélica. Por eso desearía que mi obispo quemara igualmente las naves y que se olvidara de promociones y ascensos para saborear realmente la presencia de Dios en nuestra diócesis, sin necesidad de ir a buscarla en lugares más “elevados”. En los últimos años hemos sido testigos de varios “ascensos” desde las sedes episcopales aragonesas e incluso se ha rumoreado que nuestro obispo actual iba a ser promocionado o que (eso se comenta) aspira a promociones. Ojalá, Manuel, te centres en la Iglesia de Dios que peregrina en Zaragoza, esa Iglesia que es la tuya y la nuestra, en la que te queremos compañero de fatigas e ilusiones.

 

- Desde el comienzo, Casaldáliga se dedica a hacerse cargo de la situación de su Diócesis, partiendo de los problemas tremendos de los más pobres, que eran la gran mayoría de los diocesanos, promueve estudios y análisis, y coincidiendo con su consagración episcopal publica un documento muy crítico, con nombres y apellidos, subrayando las causas de la injusticia que se está cometiendo con los débiles de su pueblo. Él sabe que es otra manera de quemar las naves; es consciente de que esta publicación va a tener consecuencias, incluso físicas para su propia vida. Pero deja constancia de que su manera de ser obispo comienza precisamente teniendo los pies muy anclados en la tierra y solidarizándose sin reservas con los pobres. Sabe que tiene que ser obispo de todos y a todos quiere, pero rechaza claramente y sin ambigüedades el estilo de vida de los ricos que ha originado los sufrimientos de los pobres.

 

A mí me gustaría que mi obispo tuviera igualmente los pies muy pegados a la tierra y que su sensibilidad fuera ante todo ante el sufrimiento de quien es tratado injustamente, de quien vive en condiciones de miseria. Que su voz se alzara para concienciarnos a todos de que entre nosotros, pertenecientes a un país rico del Primer Mundo, hay igualmente personas que lo están pasando muy mal y cuya apuesta solidaria nos la está reclamando el mismo Dios. Poner el mismo énfasis, al menos, en la defensa de los nacidos que la que se pone en la de los no nacidos. Estar presente físicamente entre ellos mucho más de lo que se está entre los acomodados.

 

- Coherente con sus convicciones, Casaldáliga opta por vivir de la misma forma austera que sus diocesanos, tanto en vivienda como en ropa como en medios materiales. No acepta disponer de aparato de TV hasta que no lo tienen todos sus vecinos. No dispondrá de coche oficial sino que viajará en autobús de línea como todo el mundo. No utilizará solemnes símbolos episcopales sino que su cayado, su mitra, serán los instrumentos que utilizan los pobres en su cotidianeidad, y eso desde el primer momento. En las fotografías apenas se le distingue de los demás y cuando se reviste para alguna celebración no deja de estar mano con mano con los fieles concelebrantes.

 

Hay quienes en nuestra tierra piensan que el obispo debe estar sentado en un trono, alejado del pueblo, vistiendo radicalmente distinto para marcar jerarquías y que los símbolos episcopales deben dar idea del poder con el que está investido. Rezo para que nuestro obispo abandone determinadas prácticas que lo hacen extraño más que cercano, engreído más que humilde, poderoso más que servidor.

 

- Pedro es en todo momento libre y misionero, dispuesto a reconvertir todo aquello que se ha ido alejando del Evangelio en las estructuras, comportamientos, actitudes, ardiente en el anuncio del Dios hecho hombre para renovarnos por su Espíritu. Pero al mismo tiempo profundamente respetuoso con las creencias y convicciones indígenas, aplastadas desde hace siglos por la prepotencia de tantos conquistadores y abusadores. Se manifiesta dispuesto a renunciar a todo aquello que no sea buena noticia para el pobre, incluso a una religión (no a una fe) no encarnada y, por consiguiente, alienante.

 

Me gustaría que mi obispo se desviviera igualmente por descubrir a Jesucristo en medio de la gente, por hacérnoslo descubrir a nosotros, por respetar las actitudes y convicciones de los que tienen otras opciones que les llevan a posiciones de izquierdas o al mismo ateísmo convencido. Me gustaría que fuera misionero desde la libertad que lleva al creyente a buscar nuevas sendas nunca antes caminadas. Me gustaría que nos visitara a menudo, que compartiera con nosotros nuestras ilusiones y problemas, nuestras alegrías y dolores; que nos animara a ser coherentes, a programar nuestra pastoral con un mínimo de rigor; que aunque no nos aportara soluciones estuviera siempre tratando de comprendernos y, por tanto, de animarnos, desde la cercanía, como un buen hermano mayor.

 

- Casaldáliga intentó desde el primer momento "desclericalizar" su Diócesis, es decir, descentralizar, promocionar a los seglares para que fueran ellos los que tomaran en sus manos la marcha de las diferentes comunidades, para que se oyera la voz de todos, sobre todo la de aquéllos a los que normalmente nadie escucha. Trabajó, en definitiva para hacer futuro, para impulsar las comunidades más allá de la dependencia del estamento clerical, para suscitar nuevos líderes seglares muy conscientes de su misión eclesial, para que éstos pusieran sobre la mesa las preocupaciones del normal de los mortales y no las de las minorías dominantes.

 

¡Qué interesante y estimulante sería seguir un camino parecido en nuestra Diócesis! Cuánto ganaríamos todos si entre nosotros se tuviera en cuenta a las diferentes comunidades, parroquias, movimientos; si se partiera de lo que a estos grupos les preocupa y no de otras preocupaciones sobrevenidas desde fuera. Qué abundancia de gracia tendríamos si se pudieran escuchar todas las voces, si se tuvieran en cuenta todas las propuestas, si nadie ni nada fuera vetado, ocultado o minusvalorado. Qué aportaciones tan interesantes podríamos hacernos unos a otros, coordinados por el pastor de toda la grey. Qué ejemplo de democracia, de participación, de esfuerzo común, más allá de las diferencias ideológicas y de todo tipo, daríamos a nuestra sociedad tan dominada desde unas élites que se autorreproducen para bien de sus intereses partidistas, económicos o de otro tipo. Esto es posible, sobre todo si el pastor entiende que el Espíritu de Dios se siente a gusto en medio del pueblo y no tanto en palacios, antesalas y recepciones de altos dignatarios.

 

- Casaldáliga ha sido y es un hombre de fe, un hombre orante. Es a partir de esta fe en el Dios de la vida, comenta López Blanco, p. 196, hecho humano en Jesús de Nazaret, que él actúa y cree. De la fe en Jesús, de la oración cotidiana, es de donde le viene la luz y la fuerza. De una fe que parte de la vida y que conduce a ella. Con una espiritualidad de liberación, de comunión con los “oprimidos”, ecuménica y “martirial”.

 

Hombre de un extremo buen humor y hasta irónico, que sabe relativizar los acontecimientos e, incluso tomando la vida muy en serio, consigue no angustiarse demasiado ante los conflictos y no perder la paz. Lector voraz, con una capacidad asombrosa de trabajo, perfeccionista y lleno de esperanza militante. Y así podríamos seguir dada su rica personalidad, complicada en su vejez por la presencia de un molesto Parkinson.

 

No pretendo que mi obispo sea un doble del que se acaba de glosar. Pero sí que le ofrezco estas sugerencias que, sin duda, redundarían en evangélica felicidad para todos, en especial para quien es actualmente nuestro pastor. Que se deje ayudar por Dios para el bien de todos.

 

Pepe Nerín

3.9.2010