27-Junio-2007 Ramón
Echarren, obispo.
En tiempos
en que el Cardenal de Toledo arremete contra
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Ramón
Echarren Ystúriz
es obispo Emérito de
Leía en un artículo reciente que, para el
Episcopado español, el valor máximo era el no aparecer dividido. No dejó de
hacerme gracia. Acaso por llevar unos 38 años de obispo, y prácticamente desde
mi ordenación sacerdotal, sirviendo al Evangelio y a
Alguno de ustedes me puede preguntar qué tiene
ello que ver con el cardenal Tarancón. La respuesta
es muy sencilla. Don Vicente creía en el pluralismo y lo aceptaba. Creía y
aceptaba la diversidad, la variedad de criterios y opiniones, siempre que ello
no supusiera romper con la unidad o con la comunión. Era profundamente
respetuoso con la libertad de opiniones y hasta de expresión, en planos tan
diversos como en el teológico y en el eclesiológico,
en el exegético y en el catequético o pastoral, sin
más condición que ello no se convirtiera en una ruptura con
Ello permitió que, en su tiempo y a la luz del
Concilio, se fuera configurando un episcopado realmente plural, en el que cada
obispo se sintió libre para expresarse, para reflexionar, para dialogar, para
opinar…, sin más límites que los que él mismo se imponía para nunca romper ni
con
Pero para ello, para que fuera posible después de
tantos años de sentirse controlados (tal vez sin serlo…) por los demás obispos,
por los que pensaban de otro modo que el suyo, por la misma opinión pública, o
por los políticos, hizo falta un hombre como el cardenal Tarancón,
que, con el indudable apoyo de Roma y muy en concreto del Papa Pablo VI y de su
nuncio Dadaglio, tomase el timón de
Ello exigía, particularmente en aquel momento, un
especial carisma propio de un hombre de fe, pero también de un hombre muy
inteligente y habilidoso capaz de dialogar y comprender, culto y flexible, pero
con las ideas claras y con un suficiente conocimiento de la sociedad y de las
tendencias que se iban imponiendo hacia el futuro. Y así era el cardenal Tarancón, conocedor del ser humano, de sus luces y de sus
sombras, con una sólida base intelectual, pastoral, y, por supuesto, teológico.
De ahí que nadie se atreviera entonces a discutir su indudable liderazgo, al
menos a hacerlo en voz alta o por escrito.
También hay que decir que jamás abusó de su
estatuto ni para apoyar a sus “amigos”, ni para excluir a los que no eran de su
opinión. Esta y no otra fue la razón de que, con la llegada de Juan Pablo II al
Papado, su “estrella” comenzara a declinar, en
Por supuesto que sabían muy bien lo que se
pensaba en “Roma”. También lo sabíamos muy bien los que seguimos siendo y
considerándonos “taranconianos”, y no sólo por afecto
a su persona, sino también por coincidencia plena con sus criterios pastorales,
teológicos, sociales y espirituales.
Por supuesto que de estos últimos ya vamos
quedando muy pocos, casi ningún obispo en activo. Incluso alguno que todavía
hoy es considerado por algunos periodistas “de los de Tarancón”,
cuando vivía el cardenal no era calificado como tal, e incluso aparecía como
adversario (no enemigo) del cardenal y de su manera de entender
Sea como fuere, son muchas las claves de la
aventura no exenta de dificultades y sufrimiento, pero también llena de
belleza, que tuvimos la suerte vivir junto al cardenal Tarancón
y guiados por él durante aquellos años.
El cardenal Tarancón
llega a la archidiócesis de Madrid-Alcalá cardenal, ya habiendo sido primado de
Toledo, con el encargo personal del Papa Pablo VI, transmitiendo directamente y
a través de monseñor Dadaglio y monseñor Pasquinelli, de animar, impulsar, orientar, actualizar y
poner orden en una Iglesia que en España no acababa de encontrar las claves de
un rumbo que le permitieran asumir plenamente el Concilio Vaticano II y todas
las reformas que de él se habían derivado.
El cardenal Tarancón
había sido padre conciliar, había trabajado en la creación y desarrollo de
A todo ello hay que añadir sus grandes dotes como
hombre de gobierno. Llevaba fama de “progresista”, aunque realmente se trataba
de un hombre muy equilibrado, que no se dejaba manipular ni por los `izquierdas´, ni por los derechas’, ni por ‘los de extremo
centro’. Nunca estuvo ciertamente solo; los cardenales Quiroga, Bueno Monreal, Jubany, Tabera… y, con ellos,
muchos arzobispos y obispos que quisieron y pudieron arroparlo. También algunos
en Roma, en Europa y en el mundo entero, como los cardenales Riveri, Marty, Etchegaray, Suenens, Frei, Pironio, etc. Por supuesto
que el prestigio del cardenal Tarancón había
traspasado nuestras fronteras, y que el mundo entero lo miraba como una
referencia llena de luz de nuestra Iglesia.
No es el momento de desarrollar todos los
méritos, virtudes y aciertos de don Vicente Enrique y Tarancón.
Ni lo es tampoco de enumerar el amplio caudal de su creatividad,
particularmente en la aplicación del Concilio a
Ya se ha escrito mucho sobre ello, aunque tal vez
no lo suficiente. Sin duda que se seguirá escribiendo cuando las voces
discordantes de conservadores y de progresistas sepan hacer justicia sobre su
papel y el de
En esta línea, podrían añadirse muchas cosas en
las que ahora no es preciso insistir, rasgos del cardenal que para algunos
significan la expresión de su grandeza como creyente, para otros su
independencia como hombre de Iglesia respecto a todo poder, y para otros –sus detractores–, la expresión de una supuesta falta de
seriedad respecto a lo cristiano que se daba en el cardenal. El hecho objetivo
es que el cardenal obtuvo el título de Doctor en Teología en 1929, y que nunca
dejó de leer fundamentalmente los documentos pontificios.
Pasemos ahora a un plano menos trascendente
(acaso sólo aparentemente), más teológico-pastoral, pero en el fondo mucho más
integrado en
Ya he señalado que el cardenal Tarancón mantuvo una total independencia respecto a
partidos, ideologías, grupos o tendencias que representaran una opción
política. Nunca quiso implicar a
Deberíamos haber aprendido a apreciar lo diverso,
a no imponer lo nuestro, sino a ofrecer nuestra identidad con toda humildad. El
cardenal Tarancón tuvo una clara intuición, humana y
cristiana, de todo ello, y se dio cuenta de la oportunidad histórica para
España de construirla en base a la amistad y a la fraternidad entre los que
éramos distintos y pensábamos de diferente manera. Él supo comprender que el
cristianismo es una religión del amor, incluso a los enemigos y a los no
creyentes, y que el factor católico podía contribuir a construir una España de
la reconciliación y del diálogo, del respeto y de la articulación en la
diversidad.
Entonces, como por desgracia ocurre hoy, existía
mucha crispación en España, aunque fuera larvada y no se hablara de ella.
Entonces, como ahora, los que oficiaban (y ahora ofician) de ‘comunicadores’ y
las instituciones que los apoyaban (y los apoyan) y legitiman, hicieron (y
están haciendo) muchísimo daño a España. Y ni los partidos políticos, ni
De lo que no cabe duda es de que, como siempre y
salvo raros paréntesis, en España rara vez ha faltado una sobredosis de
catolicismo político o politizado y un déficit muy grande de religiosidad y de
espiritualidad. Los usos políticos y las manipulaciones ideológicas de lo
religioso han sido y son muy grandes, y ello casi siempre ha impedido a no
pocos el acceso al núcleo evangélico más central del cristianismo. ¿Cómo
olvidar lo que ocurrió a hombres como Azcárate,
Fernando de los Ríos, Fernando de Castro, Giner de
los Ríos, Unamuno…, que tuvieron que dejar de formar
parte de
El hecho es que el cardenal Tarancón
supo actuar como “muro de contención” contra los abusos de los mismos
católicos, contra la manipulación intencionada de lo religioso o de lo
cristiano, a favor de los derechos tanto de los derechas como de los
izquierdas, sabiendo respetar un sano pluralismo siempre que los que lo
sustentaban respetaran a los que no penaban como ellos. Y también es un hecho
que hoy se percibe un rebrotar de la línea histórica del catolicismo
integrista, para el cual el conservadurismo ideológico y político es parte
consustancial de lo católico.
Y lo curioso es que hoy, tal vez porque ya no
contamos con un cardenal Tarancón, existen muchos
“cruzados católicos” aliados con algunos “ateos devotos” o “no católicos
neoliberales”; contratados incluso por instituciones de
En todo caso, no deja de llamar la atención que
hoy sean católicos, jóvenes y progresistas, los que defienden las tesis
fundamentales que hace tantos años defendió el cardenal Tarancón
de acuerdo con el Papa, siendo entonces curiosamente muy criticado por los que
se decían cristianos avanzados, que lo tachaban de conservador… El cardenal Tarancón, por supuesto, en modo alguno deseaba que los
católicos “de derechas” se encontraran desamparados en
A diferencia de entonces, hoy sí se puede decir
que se da una cierta afinidad entre el discurso de la mayoría de los actuales
dirigentes de
El cardenal Tarancón
sabía (y con él no pocos de sus colaboradores ) que
hubo católicos que apoyaron y legitimaron
En la encuesta al clero español de 1969, previa a
No debe extrañar, por tanto, que en España no
saliera adelante
Ello no significa desconocer que el factor
católico es un elemento muy importante en la identidad cultural de España, pese
a lo que afirman ahora algunos anticlericales de nuevo cuño. Pero de tal forma
que
Por supuesto que esta postura del cardenal no era
fruto de una mera improvisación ni de una más o menos acertada intuición. Tras
sus “tesis” había un “talante”, en parte fruto de su ser cristiano auténtico y
de la buena influencia de su familia; en parte fruto de su experiencia de
hombre de
A lo largo de los años, el cardenal Tarancón había aprendido a valorar los ambientes y
actitudes de respeto y de comunicación, de diálogo intraeclesial
y con el mundo, de respeto interno y externo a los que piensan de diferente
manera y también a los creyentes y no creyentes, a los agnósticos y ateos, a
los que sustentaban diferentes ideologías políticas. Aprendió muy pronto a amar
y buscar una Iglesia neutral desde el punto de vista político; una Iglesia sin
agresividad, sin odios ni animadversiones; una Iglesia que respetara y valorara
sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos, y que se llevaran bien con los
hermanos de otras confesiones; una Iglesia realmente laica, que se apoyara en
la a-confesionalidad de las leyes y de las instituciones civiles; una Iglesia
que a nivel de Conferencia Espiscopal fuera realmente
dialogante, respetuosa, incapaz de descalificar a los que considerara
adversarios, generosa, desprendida, amiga de todos, amiga de los pobres,
comprensiva… Desde luego, el cardenal no era nada amigo de guerras, ni de
enemistades, ni de bandos: era respetuoso con todos los cristianos y con lo que
no eran tales.
Pero aquello fue una especie de sueño que se
difuminó en el cardenal Tarancón. La mayoría de los
obispos actuales, por no decir todos, no comprendieron o no vivieron aquella
época como “un tiempo de gracia y de salvación”. Otros lo vivieron sin tomar
conciencia de lo que ocurría. Otros, con una mentalidad desviada. El hecho
incuestionable es que la mala conciencia de muchos españoles, conservadores o
progresistas, y la manipulación mediática interesa de la historia de España,
junto con los deseos de venganza que se habían larvado dentro y fuera de
El cardenal, y con él nosotros, sabíamos que la
fe es lo primero, y que la fe debe inspirar al conjunto de la vida. Pero que
esta fe, si es auténtica, no se puede imponer a través de leyes. Los políticos,
los legisladores, deben tener en cuenta el bien común, el bien de toda la
población o de la mayor parte de ella, el bien también de las minorías y no
pueden utilizar sus cargos institucionales para imponer sus convicciones
religiosas, morales o ateas. Ello es especialmente importante en países como
España, en donde existe un pluralismo moral, que nos es lo mismo que un
relativismo nihilista. El campo propio del desarrollo de las convicciones
religiosas es el de la práctica de las virtudes y del testimonio de vida.
Al señor cardenal Tarancón
y a algunos de sus colaboradores se nos acusó de estar cerca del PSOE o de, lo
que es más grave, querer destruir o desnaturalizar a
En España estuvimos (y tal vez lo estemos
todavía) en un momento inicial de configuración de la laicidad, “no de
laicismo”, y ojalá tanto los políticos de todos los
signos como las Iglesias acertemos a marcar el camino. En España –no debemos
olvidarlo- existen laicismos religiosos, antirreligiosos y abiertos a lo
religioso. Lo que haya, a diferencia de entonces, puede percibirse, es que el
Gobierno del PSOE (no creo que el Partido…) no tiene una política clara muy
específica hacia el mundo cristiano y hacia
Es cierto que
No puede negarse que con, independencia de sus
aciertos o desaciertos, al margen de sus intenciones que sólo Dios conoce, el
actual Gobierno ha acogido demandas de
¿Hace falta añadir algo a este boceto de la
personalidad del cardenal Tarancón? Creo que no. Es
cierto que podrían decirse muchas más cosas. Pero ello solo serviría para hacer
más difícil la comprensión de aquella rica personalidad, buena y cristiana, que
tanto bien hizo a
Tendría que indicar, asimismo, que todo lo dicho
se podría traducir en anécdotas, en hechos de vida, en sucesos… Que vivió el
cardenal Tarancón.
Y que demostraría que todo lo escrito responde a
la verdad.
¡Gracias a sus colaboradores y sus diocesanos!
¡Qué Dios les bendiga a todos! ¡Y bendíganos usted desde el cielo!
[Publicado en
‘Vida nueva’, 2.564, (5 de mayo de 2007)]