PERDÓN, PERO INSISTO
Acabo de comer con un togolés, un mexicano, un polaco y uno de Almería. No es que me haya dado un ramalazo de exotismo sino que he coincidido en la mesa con ellos, seminaristas alumnos del CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón), en la comida que ha seguido a la apertura del curso 2007/2008.
En los últimos años va siendo normal este "fichaje" de vocaciones procedentes de territorios lejanos. Los nuevos obispos destinados a las diócesis aragonesas parece que vinieron con la consigna de acabar con el erial vocacional en el que se estaba convirtiendo nuestra tierra y de momento van consiguiendo aumentar ligeramente el número de seminaristas. Yo estoy encantado al llegar a clase y encontrarme un mosaico de razas. Me hace y nos hace sentir a la Iglesia como una entidad universal, multinacional, en donde pueden conjugarse tradiciones y sensibilidades distintas. Las aulas tienen un colorido distinto y los ejemplos prácticos rompen los estrechos márgenes aragoneses abriéndonos a panorámicas nuevas. Los nuevos alumnos suelen ser encantadores, dominan varias lenguas y aprenden a considerar como suya esta realidad aragonesa tan lejana en muchos aspectos a su realidad de origen. Incluso te invitan a bebidas exóticas tipo tequila, como me ha tocado disfrutar hoy.
Todo esto está muy bien. Pero las vocaciones que surgen en nuestras Diócesis aragonesas siguen siendo mínimas y los curas nos vamos convirtiendo (no digo ya los jóvenes) en piezas raras no fáciles de encontrar, aunque también en los últimos años se están produciendo fichajes de curas procedentes de otras diócesis, españolas o extranjeras, sobre todo americanas. Nuestros próceres parecen haber descubierto en la "importación" la solución al déficit vocacional y presbiteral.
No hay que ser muy inteligente para llegar a la conclusión de que basar en esto la solución es un error comparable al de "pan para hoy y hambre para mañana". El problema sigue ahí para el que no quiera engañarse: no surgen vocaciones al sacerdocio en nuestras Diócesis desde hace años y el clero de origen aragonés parece una especie en extinción. ¿Por qué sucede esto? ¿Están dispuestos nuestros obispos a preguntárselo en serio yendo de verdad y sinceramente a la raíz del problema?
Porque a lo mejor Dios quiere decirnos hoy que la "forma" del presbiterio que se sigue manteniendo en nuestra Iglesia contra viento y marea habría que cambiarla. A lo mejor Dios quiere decirnos que tendríamos que atrevernos a un cambio de estructuras eclesiales que acabaran con el clericentrismo actual. A lo mejor resulta que los jóvenes quieren "otra" Iglesia, es decir, valga la aparente contradicción, la misma pero con otras formas, otras estructuras, otro estilo más evangélico. A lo mejor resulta que los obispos nos han ido metiendo en unas "guerras" que desaniman al personal que no ve en ellas el espíritu de las bienaventuranzas. "No va a quedar de esto piedra sobre piedra", me decía un colega al contemplar el espectáculo que ofrecían en la misa nuestros obispos tocados con unos sombreros incomodísimos terminados en pico al estilo faraónico, obispos a los que tuvimos que esperar diecisiete minutos a que comenzaran la celebración (como resulte que ya ni hasta las misas comienzan a la hora, es que las cosas están muy mal y el respeto ya no es lo que era).
Sean bienvenidos cuantos, seminaristas y curas, acuden a las diócesis aragonesas para prestar un servicio evangélico. Pero ojalá sean también bien recibidos cuantos seglares dan el callo en nuestras parroquias y comunidades desde una lealtad digna de mayor aprecio y con una madurez que requeriría confiar en sus manos la dirección de la tarea eclesial. Que, como suele suceder, muchas veces no sabemos apreciar lo que tenemos al lado, tal vez porque no cumple unos requisitos (sexo, estado civil, etc.) que dejarían perplejos a los cristianos de las primeras comunidades (no olvidemos que los requisitos de S. Pablo eran otros: por ejemplo que el obispo sea hombre de una sola mujer y que sepa administrar bien su hogar). ¡Y era S. Pablo!
Me temo que me repito una vez más pero sigo insistiendo desde la legitimidad que ma da el haberme quedado como único cura en mi parroquia de 12.000 habitantes. Y qué agradecido estoy a los cristianos de esta parroquia, suya y mía, que saben responder a las necesidades pastorales sin que yo tenga ninguna sobrecarga. Espero que algún día os hagan justicia. Gracias, amigos.
Pepe Nerín
3.10.2007