1) Es alguien a quien interesan y mucho los jóvenes, especialmente aquéllos que peor lo pasan.
Y no sólo le interesan sino que los quiere de verdad.
2) Ese interés le lleva a estar en contacto con ellos, presente entre ellos, empleando todo el tiempo que puede para estar con los jóvenes.
3) El interés de que hablamos le lleva a intentar conocerlos profundamente, a analizar su realidad: sus ilusiones y fracasos, sus aspiraciones y problemas, su situación en general y en concreto.
De ahí que necesita prepararse para ser animador.
4) Se siente enviado, desde la Iglesia a la que pertenece, a anunciarles la Buena Noticia de Jesús.
5) Con el fin de ayudarles a:
. encontrarse,
. descubrir los motivos para avanzar y dar pasos,
. descubrir en profundidad la realidad en la que se encuentran,
. plantearse y llevar a cabo acciones transformadoras de toda esta realidad,
. reconocer a Jesús vivo y presente en su mundo,
. celebrar la vida a la luz de la fe,
. convertirse en cristianos comprometidos en la Iglesia y en el mundo.
6) De esta manera se transforma en alguien que anima, educa y evangeliza a los jóvenes.
Es capaz, al mismo tiempo, de tener la suficiente humildad para reconocer que, aun en medio de sus contradicciones juveniles, el Reino de Dios está ya en medio de estos jóvenes.
De ahí que se deje también él animar, educar y evangelizar por los mismos jóvenes.
7) Para realizar todo esto, el animador debe vivir según un estilo de vida determinado que se concreta, entre otros aspectos, en:
. ser creyente: con una fe fruto de su encuentro personal y comunitario con Dios;
. ser miembro de la Iglesia: miembro activo y corresponsable, que vive su fe en grupo y trabaja en coordinación diocesana con otros;
. desde la fe que da sentido a su vida, ser ciudadano comprometido con la realidad.
8) Y tiene confianza en Jesucristo, y en que los valores evangélicos tienen gancho y son liberadores.
Esto le llevará a esperar con paciencia, a veces bastante prolongada, el resultado de sus esfuerzos evangelizadores.