PERO, ¿HACIA DÓNDE VAMOS COMO IGLESIA?

 

La crisis no es un fenómeno que afecte únicamente a la economía. Estamos igualmente en una crisis social. Y también eclesial, en cuanto los creyentes no vivimos en el aire y al margen de los acontecimientos sociales que se van produciendo. Si hay una sensación de incomodidad, de falta de metas claras, de crisis de liderazgo, todo esto también se da en el interior de nuestra Iglesia.

 

Nunca como hasta ahora habíamos tenido la sensación de ir a la deriva. Nunca como ahora habíamos asistido al espectáculo de no afrontar los problemas pendientes, tal vez porque los que mandan parece que no tienen ni idea de cómo hacerlo, o se pretende recurrir a supuestas soluciones que pudieron “servir” hace 50 años pero que luego se demostraron como insatisfactorias. Porque tuvo que llegar un Concilio Vaticano II en donde los obispos, con plena sinceridad, reconocieron que había que aplicar nuevas fórmulas para anunciar un mismo Evangelio y reconsiderar el papel de la Iglesia en la sociedad.

 

Es verdad que en nuestra diócesis de Zaragoza existe desde hace años un llamado “Plan Diocesano de Pastoral” y que cada año se le va exprimiendo para sacar nuevas acciones que lo desarrollen. Pero da la sensación de que, pese a la buena voluntad de los que siguen en esa “movida”, su eficacia es muy escasa y abundan más las buenas intenciones que otra cosa. Mientras tanto los grandes problemas siguen ahí y se van haciendo cada vez más graves, habida cuenta de que la realidad, si no es afrontada adecuadamente, acaba por pasar una factura cada vez más abultada.

 

A veces da la impresión de que no hay un timonel al mando, alguien con ideas pastorales y con la suficiente decisión y audacia para tratar de realizar las funciones que se suponen a una buena dirección: previsión y planificación (examinar el futuro y elaborar el plan de acción), construir y reconstruir la estructura material y humana de la organización, dar impulso y animar (lograr un alto nivel de motivación y actividad en el personal), coordinar (unificar y armonizar los esfuerzos y actividades), controlar (cuidar de que todo suceda en conformidad con lo decidido), evaluar los resultados y el funcionamiento de la organización. En nuestra Diócesis no necesitamos tanto obispos que promuevan obras materiales, inauguren nuevos templos y se muevan con facilidad entre los que tienen el dinero, sino pastores enamorados de su grey y que den su vida por las ovejas. En nuestra Diócesis no necesitamos tanto vicarios episcopales que actúen de carteros del rey, que se esfuercen en rellenar huecos a base de nombramientos cada vez más complicados, que se mantengan en sus puestos por obediencia y fidelidad, sino animadores de las diferentes vicarías al mismo tiempo que miembros de un equipo que tiene la altísima responsabilidad de renovar al conjunto diocesano y avivar las esperanzas. No necesitamos párrocos que repitan cada año los mismos esquemas viendo como la feligresía envejece y disminuye, esperando que cambien los vientos, sino auténticos impulsores de nuevas respuestas a las nuevas situaciones del entorno.

 

A pesar de las movidas JMJ de este último agosto y de las euforias que provocaron, cuando las aguas vuelven a su cauce descubrimos la auténtica realidad sin enmascaramientos: la sociedad parece ir por un lado y la Iglesia oficial por otro, con excepciones muy dignas de ser elogiadas (la solidaridad y actividad de las gentes de Cáritas, el testimonio de los misioneros, la actuación de tantas personas que se desviven por los enfermos y marginados, las iniciativas a pequeña escala en tantas parroquias). Pero lo “oficial” (o lo “jerárquico” como dicen muchos) se halla sumido en el desprestigio. No es por eso extraño que la pastoral vocacional (la que pretende reclutar vocaciones para cargos institucionales, como el de los sacerdotes, por ejemplo) se haya hundido y que se importen a marchas forzadas agentes pastorales de otros países.

 

¿Por qué no se afronta de una vez por todas y con profundidad esta crisis de vocaciones, en vez de quererla solucionar únicamente a base de clero o seminaristas importados, pan para hoy y hambre para mañana? ¿Por qué no se afronta el vaciamiento de nuestros templos, el envejecimiento de los feligreses, la ausencia de jóvenes, la renovación de nuestras celebraciones litúrgicas, especialmente de las eucaristías, sin tener que recurrir a la vuelta al latín o a las misas de espaldas al pueblo y con vestimentas de pasarela de disfraces? ¿Por qué no afrontamos el papel de la Iglesia en nuestra sociedad, la democratización de nuestras estructuras (mucho más evangélica que la actual forma de monarquía absoluta que rige como algo normal u oficial), la igualdad real entre hombres y mujeres, la clara opción por los pobres, la clarificación del papel de los diversos ministerios, empezando por el de los curas, la imagen de Dios que tenemos y que nos condiciona fuertemente, la confianza en el Espíritu que desconcierta al más pintado, las relaciones entre parroquias, la pastoral misionera entre personas poscristianas, y tantos otros aspectos? Pues nada, es que no hay manera. Los que mandan parecen tener un miedo atroz a ser mal vistos en Roma o a ser agriamente criticados por los cristianos más integristas. Por muchísimos menos motivos han tenido que cerrar otras empresas en sus tiempos mucho más boyantes que la nuestra. ¡Menudo pecado y responsabilidad histórica de nuestros dirigentes!

 

Y ahora la pregunta: ¿quién quiere más a la Iglesia: quienes proclaman que es “santa” y lucen su amor de boquilla pero se encierran en su inmovilismo y son incapaces de animarla e impulsarla hacia delante, o quienes criticamos muchos de sus aspectos criticables por no evangélicos y no santos pero al mismo tiempo tratamos de ir dando pasos, aunque sean pequeños, para que camine según el Evangelio de Jesucristo y evitar que se hunda?

 

Un cura joven y extranjero dispuesto a regresar a su país, decepcionado por la experiencia pastoral en nuestra Diócesis, me dijo que se iba por “aburrimiento”, porque nadie le orientaba en su pastoral, porque le habían dejado solo en sus pueblos y con el “apáñate como puedas” como solución a sus inquietudes. No sabemos ni siquiera ayudar a quienes generosamente vienen a ayudarnos.

 

¿Será posible cambiar todo esto? ¿Será posible organizar entre nosotros un movimiento de “indignados” como el que ha surgido en lo civil? ¿Será posible que los que mandan acepten actuar como si tuvieran dos dedos de frente? ¿Será posible tanta belleza que nos infunda esperanza y alegría? Por ello rezo, actúo y mantengo la esperanza. Un fuerte abrazo.

 

Pepe Nerín

15.10.2011, festividad de Sta. Teresa de Ávila, monja inquieta y andariega.