PIERNAS ABIERTAS EN SALTO CON LOS BRAZOS EN CRUZ

A la escuela de mi infancia les debo bastantes cosas. Una de ellas es la grima y el repelús que me produce una cierta manera de educar, precisamente la manera que viví en la Escuela. Mis años escolares los recuerdo desde la tristeza, la represión y la falta de amor. No podré olvidar nunca a don Francisco, el profesor de Educación Física (Gimnasia, entonces) y de Política (Formación del Espíritu Nacional, entonces). Don Francisco era uno de aquellos tipos arribista y trepa, cuya militancia política en la dictadura de la época le había llevado a tener un trabajo en un instituto. No tiene ni el bachiller, decían algunos; nunca lo supimos; don Francisco, que siempre nos trataba de usted, era tan impenetrable, serio y borde que creaba una distancia fría y seca con todo el alumnado.


Salíamos los niños con pantalón corto de lona y camiseta de imperio y comenzábamos a correr para el calentamiento. Dos niños le iban a buscar a don Francisco un sillón de madera en el que se sentaba en el centro del patio. Vestido elegantemente con traje y corbata, don Francisco parecía un príncipe caprichoso que, inmóvil e impertérrito, daba órdenes sin vacilar: más rápido, cambien, palmada en el aire... ¡Filas! Cuando decía ¡filas! corríamos todos frente a él y nos poníamos en cuatro filas largas para hacer la tabla. Firmes, cubrirse, descanso... Era en aquel momento, cuando los niños estábamos en aquellas filas cuando se oía seca y fuerte la voz: Piernas abiertas en salto y brazos en cruz, ¡uuuhmp! Aquella especie de gemido viril e ininteligible era la clave para hacer el ejercicio. Era un ¡uuhmmmp! marcial, militar y contundente. El ejercicio debía hacerse en aquel preciso momento, todos de vez, al unísono, dando el saltito de marras y levantando los brazos como crucificados. No faltaba quien se adelantaba dando un brinco a destiempo. Cuando esto ocurría, todos conteníamos la respiración. Don Francisco le llamaba, el pobre niño avanzaba temeroso hacia él; el profesor, como una esfinge se incorporaba esta vez y le soltaba un guantazo que resonaba en aquel patio sin que nadie dijera una palabra. Si el niño lloraba, don Francisco se reía diciéndole que los hombres no lloraban, que la lágrima no era viril, y que sólo lloraban las niñas.


El invierno era mejor. Cuando la niebla y el hielo se hacían presentes en el campo de tierra, don Francisco no salía, se quedaba protegiéndose del frío en un pasillo tras unos cristales que daban al patio. Desde allí nos miraba fijamente, sentado, eso sí, en el sillón de madera. De vez en cuando limpiaba el vaho con los guantes. Los niños corríamos más rápido para no congelarnos y mentábamos en voz baja a los antecesores de don Francisco, que debían pertenecer a alguna rama de mamíferos con una cornamenta espectacular.


Pero en mi niñez, además de mi familia, había otros adultos, eran un cura y unas religiosas que nos reunían y acompañaban nuestra infancia. El catecismo era semanal y en las clases se nos hablaba de Dios, de Jesucristo, de la Santísima Virgen, del purgatorio, del cielo, del infierno y hasta del limbo. Se nos contaban narraciones de historia sagrada con las grandes leyendas bíblicas. Aquellas personas eran excelentes narradoras. Nos tenían a todos boquiabiertos con aquellas historias tan fantásticas. Sobre todo, cuando nos hablaban de Jesús nuestros ojos se nos abrían como platos y no se oía ni una mosca. De vez en cuando, los domingos de invierno nos obsequiaban con filminas deliciosas. En la pared se proyectaban hermosas historias de aventuras, heroicas narraciones misioneras, fantásticos cuentos llenos de colores. De vez en cuando en la pantalla aparecía el Fin de la primera parte y los niños y niñas gritábamos educadamente deseando la continuación que no llegaba hasta el domingo siguiente. Un día una religiosa nos dijo que al próximo domingo iba a haber una importante novedad: yo no contaré la historia de la filmina, el cine hablará nos dijo. No sé yo qué debimos imaginar, pero aquel día la sala estaba hasta la bandera. La pared se iluminó y el disco comenzó con una música que se nos antojaba celestial a contar la historia que se veía en la pantalla mientras los personajes tenían voz propia. Era alucinante.


Cuando llegaba la primavera íbamos de excursión, en más de una ocasión el cura nos "dijo misa" en el campo revestido aunque sin casulla. El balón. La cuerda de saltar y el juego se compaginaba luego con el bocadillo de la comida.


Nunca nos trataron de usted, ni por el apellido. Nunca nos pegaron. Nos escuchaban. Sonreían.


Han pasado muchos años y los tiempos, gracias a Dios han cambiado. Los profesores y profesoras hoy tienen otro sentido de la educación, las humillaciones han sido desterradas de las aulas y las técnicas pedagógicas son hoy revolucionarias. La Educación Física tiene hoy unos contenidos muy serios y las viejas filminas han quedado trasnochadas. Los catequistas ya no hablan del infierno, ni del purgatorio, ni mucho menos del limbo. Pero todavía puede ser que haya actitudes semejantes a las del canalla de don Francisco, puede que la distancia de los chavales sea hoy una tentación en muchos educadores; tentación que ahora se manifiesta en inhibición o en centrarse en el programa. La vida de aquellas religiosas y de aquel sacerdote era lo que de verdad nos educaba, porque en aquellas vidas intuíamos que se nos amaba. Con ellos nos sentíamos respetados, escuchados, valorados..., sabíamos que nos querían. Sabíamos que éramos importantes en sus vidas, no en vano pasaban mucho tiempo con nosotros y cuando estábamos enfermos se preocupaban por nuestra salud. No había otra pedagogía en ellos más que el amor. Puesto que nos querían tanto, aceptábamos todo lo que nos decían; el contenido era gustosamente asumido en nuestras vidas y en ningún momento nos lo cuestionábamos. Jugaban con nosotros, caminaban a nuestro lado, reían con nosotros,
compartían tantos momentos..., nos querían tanto que era imposible que pudieran darnos a conocer cosas que nos perjudicasen.


Amar, ésa era la pedagogía. Amar, esa fue la pedagogía de Jesús de Nazaret, así nos dio a conocer que Dios nos amaba. No sé si entraría en su programación pastoral comer con Zaqueo y con unos fariseos o acoger a una pecadora pública, o llorar humanamente por sus amigos, o ser crucificado... y amar siempre.


Creo que en la Iglesia de Jesús nuestros chavales reivindican hoy amor claro y concreto, nos piden que perdamos el tiempo con ellos, que participemos de sus inquietudes, que les consideremos importantes.


Alguna vez, cuando oigo a algún educador comentar que con los jóvenes ya no se puede hacer nada, recuerdo a don Francisco gritándonos: ¡piernas abiertas en salto...!, animándose a sí mismo a comenzar la ronda de las humillaciones.

Josan Montull