UN ESQUEMA POSIBLE
PARA UNA PARROQUIA (2)
La parroquia es una de las
células básicas de la organización diocesana. Es como una comunidad eclesial en
pequeño, dentro de
Destaco la importancia de tener
un plan parroquial que marque su identidad y le sirva de referencia a lo largo
del tiempo. Hay parroquias que lo preparan concienzudamente (no hace falta que
lo elaboren precisamente a comienzo de curso), reuniéndose en asamblea durante
varias sesiones y valorando las aportaciones de todos. Ese plan sólo lo pueden
hacer ellos, no vale hacer una mezcolanza cogiendo un poco del plan diocesano,
otro poco de las propuestas de
Recientemente publiqué tres editoriales que, con el título común de “Propuestas y reflexiones para ayudar a salir de la crisis eclesial”, marcaban las líneas directrices que, como es natural, son plenamente válidas para la parroquia. Estas líneas eran las de “Anuncio evangelizador”, “Vivencia comunitaria” y “Celebración de nuestra fe”. Me remito a estos editoriales.
1) Anuncio evangelizador.
Hay quienes piensan que evangelizar es dar la vara, hablar a tiempo y destiempo de Dios y de Jesucristo, hacer propaganda de ellos (“Dios te ama”), predicar, lanzar constantes mensajes en el templo, en los medios de comunicación, en la calle, etc., si bien sin preocuparse de qué Dios es al que estamos presentando o si ese Jesús del que hablamos es el del Evangelio o una figura ideológica, mediatizada por nuestras propias ideas, edulcorada o simplemente repetitiva hasta la saciedad, que habla de cosas celestiales desligadas de la vida concreta de la gente. Mejor callarse que dar el coñazo, vaya.
Claro que hay que hablar de Dios y de Jesús, pero de ellos en íntima relación con la vida de la gente, como portadores de unas propuestas, de un estilo de vida auténticamente liberador, fraterno y solidario. Y para ello habrá que renovar los medios que utilizamos para comunicarlos. Pero, como dije en uno de esos editoriales, evangelizar no es sólo hablar sino, sobre todo, actuar. Las palabras sin obras no valen nada, por más documentos que escribamos. Conviene que hagamos un elenco de los problemas que acucian a los sin-ingresos, transeúntes, parados, viudas, minusválidos, inmigrantes, enfermos, drogadictos, prostituidos, hambrientos, personas sin hogar, ancianos marginados, mujeres maltratadas, encarcelados y cuantos al margen sufren en nuestra parroquia, y que nos dispongamos a analizarlos en profundidad, verlos con los ojos de Dios y actuar llevando buenas noticias para la eliminación de la pobreza, sumándonos a los esfuerzos de organismos y personas que tratan de ayudar en este terreno (empezando por colaborar con las asociaciones de vecinos, ONG’s, etc.), sin pretender protagonismos por nuestra parte. Cáritas y otras organizaciones eclesiales son y tienen que ser piezas claves en esta acción eclesial ineludible, exigencia primordial de nuestra fe, vara de medirnos en el juicio de Dios y clave para que se reconozca nuestra coherencia y valiosa aportación en nuestra sociedad, mucha parte de ella descreída por nuestros escándalos, hipocresías o por nuestra inanidad.
Y es que una parroquia que
pretenda ser coherente tiene que situarse en medio de los pobres ya que ellos
deben ser los primeros receptores de
2) Vivencia comunitaria.
La parroquia, en segundo lugar, tiene que ser una auténtica comunidad, es decir, un conjunto de personas que, aun formando diversos grupos, se sienten unidas en una tarea común: la de anunciar el Evangelio. Hay que echar el resto para que la parroquia potencie un auténtico estilo de vida cristiana evangélica, para que sepa, humilde pero firmemente, ofrecer un estilo de vida alternativo al dominante en la sociedad actual. Es fundamental esforzarse para que las personas que vienen por la parroquia se conozcan, se quieran, colaboren juntas, participen juntas en la misión, convivan en todo lo posible, programen juntas, revisen juntas, no se creen estamentos aparte entre los componentes de las diversas generaciones. Es importante que cada miembro de la comunidad sea invitado a dar nuevos pasos, fomentando vocaciones de servicio en las diversas facetas, incluidas las de religiosos/as y sacerdotales, la coordinación de grupos y la misma coordinación y dirección parroquial. Todo lo que ayude a esto debe ser fomentado, aunque sin caer en el exceso de una comunidad tan cerrada, que se encuentre tan a gusto con los de “casa”, que olvide su fundamental dimensión misionera hacia el “exterior”. Por ello es muy importante potenciar la acogida, no sólo entre los de la comunidad, sino hacia las personas que no forman parte de este círculo (paradójicamente abierto). Y especialmente la acogida a los pobres. De nuevo me remito a los editoriales publicados, subrayando especialmente la importancia de las comidas comunitarias, de esas vivencias tan humanas, tan potenciadas por Jesús, en las que se derriban las barreras entre los comensales, impera la fraternidad, la alegría y la fiesta.
3) Celebración de la fe.
Y, en tercer lugar, una comunidad que celebra su fe. Pero que lo hace de una forma viva, uniendo la fe y la vida, lo divino y lo terreno. Nuestras celebraciones tienen que estar desbordantes de vitalidad. También en este aspecto remito a mis editoriales citados. Hace poco, y debido a mi situación posoperatoria, seguí la misa por TV desde un templo muy artístico y aseado, bien preparada y medidos los tiempos, con señoras del coro en los primeros bancos, recién salidas de la peluquería y luciendo su pretendida elegancia. Todo muy correcto. Los curas entraron en procesión con cruces, sacristanes y monaguillos. Pero le faltaba vida. El cura que presidía, junto a otros ancianos concelebrantes y un joven coreano, no decía una palabra de más pero arrastraba un semblante inevitablemente triste. El coreano leyó el Evangelio, pero, por desgracia, todavía no había adquirido el suficiente dominio del idioma y le tocó un texto muy largo que a todos, imagino, se nos hizo interminable porque no pronunciaba bien o equivocaba las palabras frecuentemente. No me quedó nada de la homilía porque no lograba captar mi atención ni, por supuesto, me decía nada ante mi situación de enfermo (y eso que creo que estas misas van dirigidas precisamente a ellos, o son ellos las que más las siguen). El único momento distendido fue el de la paz, en el que el personal dio rienda suelta a abrazos y besos no protocolarios.
Lo que quiero decir es que para celebrar no basta, ni mucho menos, la corrección en las formas rituales exigidas. Se puede decir lo mismo, pero de otra manera. Hay que saber comunicar, provocar emociones, desatar sonrisas o incluso carcajadas (¿por qué no?), y, sobre todo, situar al Jesucristo que estamos celebrando en medio de la vida de los asistentes y del barrio. Decir algo a alguien a quien le atañe directamente. Celebrar y no meramente repetir. Incitar al compromiso evangélico. Vivir un rato intenso, profundamente humano y, por eso mismo, religioso.
Hay que motivarse antes de empezar la celebración. Hay que hacerlo como si el mismo Jesús estuviera presente entre nosotros (que lo está). Hay que vivirlo como un momento especial, profundamente enriquecedor. Y hay que hacerlo entre todos, repartiendo tareas, colaborando juntos. Lo mismo con respecto a todos los sacramentos. Es preciso dar un remeneo a nuestras celebraciones para que no sean meros actos litúrgicos sino celebraciones del amor de Dios en medio de nuestras vidas.
4) Otras cuestiones que se desprenden de las anteriores.
En este intento de programar bien el anuncio evangelizador, la vida comunitaria y las celebraciones, hay que atender una serie de aspectos básicos que se derivan o están incluidos en lo anterior:
- la atención a los enfermos como miembros de pleno derecho de la comunidad,
- la formación en la fe (no desligada de la vida) y en el sentido social solidario,
- la profundización bíblica para ir superando las lecturas literales de la misma, que ya provocan cachondeo y nos dejan sin credibilidad alguna,
- el compartir llevando una economía austera y al mismo tiempo generosa con quienes más necesitan ayuda,
- la relación con otras confesiones religiosas presentes en los alrededores,
- el compromiso socio-político especialmente en el barrio, incluida nuestra presencia y colaboración activa en la asociación de vecinos,
- el interés por las misiones y por los misioneros/as.
- el hacer más fácil la vida de la gente, sobre todo en el despacho para aquéllos que nos solicitan algún tipo de documentación,
- la potenciación de pequeños grupos de revisión de vida o similares que contribuyan al bien de toda la comunidad,
- la creación de espacios y momentos de oración contemplando al Cristo camino, verdad y vida en sus diversos aspectos,
- la potenciación de una estética no ramplona, moderna, abierta a los nuevos tiempos y sus formas artísticas,
- la colaboración con las parroquias vecinas, el arciprestazgo, la vicaría, no situándonos ahí por mera obligación, porque toca estar sin más una vez al mes, sino como un modo de ampliar nuestra visión diocesana y eclesial, como participando en seminarios de trabajo para ir profundizando en la búsqueda de pistas y propuestas pastorales, en actitud de revisar y ser revisados,
- la elaboración y puesta en marcha de proyectos concretos que atrapen y entusiasmen al personal, tanto a mayores como a jóvenes y a chavales, proyectos que les hagan salir de ellos mismos y volcarse en ayuda de otros, no en plan paternalista sino solidario y fraterno, desde la gratuidad y sin hacernos propaganda. Que ésta ya la producen los hechos auténticos, las “curaciones” al estilo de Jesús, sin que tengamos que gastar ni un euro en publicidad engañosa a la que se dedican otros.
Para esta tarea, atractiva tarea, todos somos necesarios, jóvenes, mayores y niños, hombres y mujeres, seglares y religiosos, indígenas e inmigrantes, curas y laicos, enfermos y sanos. Y no basta con elaborar un buen plan: hay que llevarlo a cabo y que nos sirva constantemente de guía de referencia y de revisión. Sería estupendo que de vez en cuando tanto el vicario como el obispo se hicieran presentes para animarnos y ayudarnos en lo posible. Por desgracia hay obispos que no consideran que ésa sea su labor.
Continuará.
Pepe Nerín
12.8.2010