¿POR QUÉ HEMOS LLEGADO

A LO QUE HEMOS LLEGADO? (y 2)

 

¿Han conseguido su propósito las fuerzas dominantes en la Iglesia? Digamos que hay un buen porcentaje de “fieles” que permanecen y permanecerán en ella pase lo que pase, a los que no les importa la vuelta a determinadas prácticas que, por otra parte, apenas habían abandonado. Se trata normalmente de gente buena, que quiere a los curas, obispos y papas, que considera la Iglesia como parte de su vida. Se trata, al mismo tiempo, de gente mayor a la que le gustaría verse rodeada de gente joven y que sufren por las ausencias. Pero, al mismo tiempo, hay otro porcentaje que permanece fiel porque su recorrido ha sido siempre de personas de Iglesia, pero a la que hace sufrir la actual situación eclesial y eclesiástica, especialmente las declaraciones y actuaciones de tantos obispos. Y un porcentaje más amplio de creyentes que han ido dejando poco a poco de practicar de forma habitual, que no pueden aguantar ya lo que los anteriores aguantan, que sus compromisos han dejado de estar ligados a las parroquias o movimientos, pero que recibirían de buen agrado un cambio eclesial estimulante. Y sólo una pequeña minoría de jóvenes, cada vez más entrados en años, que siguen reuniéndose en o en torno a parroquias y movimientos, dedicándose generosamente a otros jóvenes (p.e. de confirmación), tratando de mantener encendida la llama en el mundo juvenil. También existen, naturalmente, conjuntos de creyentes, normalmente adultos maduros, a los que les parece bien las tendencias conservadoras e incluso ultras que se han adueñado de nuestra Iglesia.

 

Esta clasificación no debe hacernos olvidar, sin embargo, la cantidad de actuaciones positivas que se siguen dando en todos los niveles de nuestra Iglesia. La cantidad de gente buena que intenta a su manera ser fiel a Dios, que trata de ayudar a los demás (a veces con gran esfuerzo y dedicación en voluntariados de lo más diversos), que reza para que el Reino de Dios siga avanzando; la cantidad de obras montadas para ayudar a los más necesitados, ocupando los espacios a los que tantas veces no llega la acción de las administraciones públicas; la generosidad económica según las posibilidades de cada cual; el cariño con el que tratan a los que se encuentran en la avanzadilla, etc. Mientras estos cristianos sigan en la brecha, la Iglesia continuará siendo para muchos signo de la presencia de Dios, fuerza evangelizadora, alternativa para un mundo distinto. Por eso se oye decir que deberíamos preocuparnos menos por la jerarquía y confiar más en esta base que no mete ruido pero que fundamenta esperanzas nuevas. El problema es que, respondiendo a lo anterior, muchas veces basta una acción, declaración o gesto desafortunado de algún jerarca para arruinar muchos de los efectos benéficos producidos por los anteriores a lo largo de mucho tiempo y tras muchos esfuerzos. No olvidemos que vivimos en la época de la imagen y que una mala no sólo vale más que mil palabras sino que produce más efectos que mil actuaciones positivas pero calladas que no salen a la luz. Por ello, a la vez que hay que apoyar con todas las fuerzas las actuaciones evangélicas de la base y las de la jerarquía, hay que intentar cambiar las estructuras y comportamientos que son antisigno y que escandalizan a muchos.

 

Volvamos a la pregunta inicial: ¿por qué hemos llegado a lo que hemos llegado? La respuesta, siempre compleja, tiene que tener en cuenta no sólo la evolución de nuestra Iglesia Católica, de la que algo acabamos de decir, sino también la de la sociedad en la que nos encontramos (y a la que también nosotros en parte hemos contribuido, con nuestras acciones o con nuestras omisiones). Vivimos en una sociedad muy distinta no sólo a la de hace 50 años, sino incluso de la que teníamos hace tan sólo 20. La revolución tecnológica lo ha impregnado todo, desde los medios de comunicación, las comunicaciones y relaciones entre las personas, la evolución de la ciencia, etc. Los valores democráticos, sobre todo los de libertad e igualdad procedentes de la Revolución Francesa (bastante menos el de la fraternidad) resultan incuestionables, aunque en la práctica no siempre sea así. La moral ha dejado de obedecer sin más los postulados tradicionales, tanto en el terreno sexual como en el económico, por citar tan sólo dos casos. El consumo, a pesar de la crisis, se ha convertido en un estilo de vida. Y vivimos en una sociedad del espectáculo, del entretenimiento desde la comodidad y el confort, que no casa bien con el esfuerzo del compromiso constante y duradero. Las Iglesias y los templos han dejado de ser referentes, siendo sustituidos por los centros comerciales, los cines y otros establecimientos de diversión. Los hogares se han tecnificado ampliamente y no hace falta ni salir de casa para relacionarse con otros (chat, redes sociales, móviles…), para estar informado (TV, Internet…), para estar entretenido (vídeos, DVD’s, multitud de canales, bajadas desde la red…) o incluso para ir de compras (cada vez se nos facilita más por Internet) y hasta para el trabajo (en el propio domicilio). La religión apenas tiene espacio en todo esto y, por supuesto, no se valora su utilidad en un mundo en donde lo útil es primordial; abundan los telepredicadores pero se echa a faltar un tratamiento profundo y serio del fenómeno religioso (como de otros muchos aspectos de la vida, ya que la frivolidad se ha ido adueñando del terreno en parte gracias al control de audiencias). En definitiva, la religión, la fe en Dios, no parece ser necesaria en la sociedad avanzada de nuestro tiempo. Se ridiculizan sus aspectos más penosos y cuando se la valora no es por su dimensión trascendente sino por el mérito meramente humano de las actuaciones de promoción y ayuda a la gente pobre (Cáritas, misioneros). Pero, en conjunto, la religión aparece como algo superado, algo producto de otros tiempos y que no tiene futuro, algo que sale a primera plana tan sólo con motivo de determinados escándalos (ampliamente aireados) o de actuaciones de fanáticos. Nada que ver con la modernidad. Este ambiente influye especialmente en los jóvenes, ya que no disponen de otras referencias por su corto recorrido vital, pero llega ya a matrimonios jóvenes y no tan jóvenes. Podemos decir que por debajo de los que actualmente han cumplido ya los 50 años no se suele disponer de un bagaje cultural en el que influyan valoraciones religiosas más positivas.

 

Pero no sólo hemos llegado a lo que hemos llegado por el ambiente cultural dominante. La misma Iglesia y sus componentes hemos contribuido a ello por culpa o responsabilidad nuestra y no achacable a otros. Faltó valor para aplicar el esfuerzo renovador del Concilio Vaticano II que suscitó tantas esperanzas y pronto surgieron las dudas y vacilaciones en las altas esferas, en los mismos papas, curia romana, obispos, etc. Se tuvo miedo de salir de la fortaleza e insertarse en el mundo. Pronto se comenzaron a cerrar puertas (recordemos la decepción de la Humanae vitae con la prohibición de los medios artificiales en el control de la natalidad) y se fue pasando del preconizado diálogo al anatema. La marcha atrás se hizo evidente en casi todos los campos. No insistamos en ello ya que antes lo hemos ido mencionando. Pero es que los defensores de la renovación eclesial tampoco supieron (o supimos) desarrollar una pedagogía apropiada. Creimos ingenuamente que la renovación se produciría por sí misma y menospreciamos a las fuerzas reaccionarias. No supimos ser pacientes y aceptar que los cambios necesitan su tiempo. Cometimos exageraciones que escandalizaron a tantos. Dejamos de afrontar aspectos (como el de la sexualidad) en nuestra actuación educativa con los jóvenes debido a que las orientaciones que recibíamos de la jerarquía no acababan de convencernos y no supimos crear alternativas evangélicas y viables. Simplificamos demasiado y tal vez perdimos profundidad teológica, asimilando demasiado fácilmente actitudes e ideas que nos venían de orientaciones sociopolíticas con las que congeniábamos. No supimos crear comunidades alternativas, ni procesos pedagógicos coherentes y válidos para una sociedad distinta. Hablamos mucho de evangelización misionera pero aquello se quedó las más de las veces en meras palabras, dedicándonos más bien sólo a los de dentro, a los que nos venían. Discutimos demasiado entre nosotros a causa de nuestros personalismos o capillismos. Demasiados purismos, desconfianzas de los otros, falta de unidad en la pluralidad. No acabamos de practicar una oración profunda, en el templo y en la vida, alternativa a las fórmulas repetitivas y rituales de siempre, y más allá de la mera reunión de amigos en pequeños grupos, que se sienten muy bien juntos como grupos estufa leyendo textos en común pero sin experimentar la relación con el Dios de la vida y sin crear gusto por ello. Y así podríamos continuar enumerando.

 

Las soluciones oficiales dominantes no fueron mejores. Nunca se dejó de lado la idea de Iglesia de Cristiandad y se continuó intentando la reconquista del mundo, cada vez, naturalmente, con menos éxito. Se practicaron las concentraciones de masas para ocultar otras penurias y creer que aquello podía reconfortarnos haciéndonos pensar que las masas seguían con la Iglesia. Se volvió a fórmulas antiguas pensando que al menos aquéllas podían seguir dando frutos como entonces, olvidando que la sociedad ya no era la misma. Nunca se realizó un análisis en serio acerca de la nueva sociedad y del nuevo tipo de personas que estaban surgiendo, con la falsa idea de que bastaba proclamar literalmente la Palabra de Dios y Éste nos haría el trabajo. Se buscó el apoyarse en los de siempre y marcar distancias con los otros. Nunca se quiso hacer autocrítica en serio y se prefirió echar las culpas a los de fuera. No se quiso salir al encuentro del Dios que está en medio de la vida y se prefirió encerrarlo en los templos. Se prefirió tomar la calle en plan militante con campañas bajo el brazo en lugar de participar en plataformas de debate proponiendo sin imponer. El alejamiento de la realidad fue cada vez mayor, aunque contaran con muchos dispuestos a seguirles para sentir la seguridad de estar caliente en compañía. No había lugar para las nuevas ideas, las nuevas músicas, las vanguardias artísticas, lo nuevo fuera lo que fuera. Su imagen de premodernidad ha sido devastadora. La falta de atractivo desoladora. Pero, tranquilos, que siempre hay gente, y no poca, que se siente a gusto en ese ambiente eclesial.

 

¿Queda todavía alguna posibilidad de renovación evangélica? Estructuralmente muy poca, aunque siempre hay sorpresas. A medio plazo podría venir por la presencia de líderes carismáticos en la cúpula eclesial, tipo Juan XXIII. No es fácil. Ya se encarga el aparato de seleccionar bien a sus miembros, evitando nombrar obispos o cardenales que puedan marcar otros rumbos. Una vez más debemos volver necesariamente a la base y valorar el ejemplo y la esperanza que suponen todos cuantos se dedican a solidarizarse con los pobres, débiles y marginados de nuestra sociedad. Es lo más valorado y con razón. Desde ahí tenemos que reconstruir para llegar a algo diferente.

 

Pepe Nerín

19.10.2010