¿Por qué la
Iglesia teme a los diferentes?
A la jerarquía católica le da miedo
todo lo que se salga del orden por ella trazado en la liturgia, la fe, la
familia, el sexo. Sin embargo, el profeta de Nazareth
en el que se inspira fue un ser distinto, un heterodoxo
JUAN ARIAS, El País 08/08/2009
Con el papa
Benedicto XVI, el miedo de la
Iglesia católica hacia los diferentes se ha agudizado. Se
estudian incluso nuevas formas de castigo a los sacerdotes que se casen
civilmente. A Roma le da miedo todos los distintos, los que disienten de las
rígidas normas de conducta por ella trazadas. Teme a los diferentes sexuales: gays, lesbianas, transexuales, prostitutas; a los
diferentes religiosos: ateos, agnósticos, animistas, protestantes, judíos o
musulmanes. Le irritan los divorciados, los sacerdotes que dejan los hábitos,
las mujeres que abortan, los que practican la eutanasia, los suicidas, los
adúlteros, los drogadictos. Arrecia sus castigos contra todos ellos.
Viví de cerca el drama de un embajador español ante el
Vaticano, que se había separado de su mujer y se acababa de enamorar de otra.
Lo vi algunas semanas desesperado. Pasó, de ser
considerado un embajador simpático, preparado y fiable a ser persona non
grata. Desesperado y desorientado, pidió ayuda y consejo a un alto prelado
de Roma. "Hijo mío, eso tiene sólo una solución y está en las manos de
Dios", le espetó con la mayor naturalidad. Se refería a que Dios tendría
que enviar la muerte a su ex mujer, para que pudiese casarse con la otra. El
embajador saltó del sillón horrorizado.
¿De dónde nace este miedo al diferente en la Iglesia, cuando Jesús de Nazareth, en quien dice inspirarse, era un ser diferente,
que actuaba fuera de las normas, más aún, estaba contra las normas de su
iglesia, la judía, cuando consideraba que contradecían la libertad del hombre?
Se pronunció contra la ley del sábado, sagrada para los creyentes judíos;
contra los sacrificios de animales en el Templo y las especulaciones económicas
derivadas de aquellos sacrificios. La tomó a latigazos contra aquellos
mercaderes.
A la
Iglesia le da miedo todo lo que no se encuadra en el orden
por ella trazado. Le gusta sólo la familia tradicional, por ejemplo, y
cualquier intento de búsqueda de nuevas formas de relación humana más aptas a
la mentalidad del tiempo, lo castra antes aun de ponerlo en discusión.
Lo mismo ocurre con el doloroso modo de la mujer de
deshacerse de una gestación que puede ser su muerte psíquica, social o física.
Y aún aquí la Iglesia
tiene dos pesos y dos medidas, si se trata de una mujer seglar o de una
religiosa. ¿Qué aconseja a los responsables de las monjas que, por ejemplo, en
las Misiones, son violadas y quedan embarazadas? ¿Les deja libertad para dar a
luz a ese hijo? ¿Qué haría con él la religiosa a la que no podría echársele de la Congregación pues
había sido injustamente agredida? Me consta, de buenas fuentes que Roma da
normas secretas a sus obispos al respecto.
En lo relativo al celibato obligatorio para los
sacerdotes, se trata de algo realmente absurdo históricamente ya que sabemos
que no sólo Jesús, los apóstoles y los primeros Papas estaban casados, sino
también los obispos en los primeros siglos del cristianismo. Lo único que se
les pedía a esos obispos casados era que tuvieran una sola mujer, para dar
ejemplo a los fieles. ¿Cabe mayor hipocresía que el caso de dos parroquias en
una misma ciudad, en las que en una, el sacerdote puede estar casado porque se
convirtió del protestantismo al catolicismo cuando ya estaba casado, y en la de
al lado el cura católico, que si quiere casarse, tiene que dejar la parroquia y
el sacerdocio?
Al Jesús hombre, la Iglesia lo divinizaría más tarde para cubrir sus
flaquezas. Él nunca se dijo Dios, sólo "hijo del hombre" que en
arameo significa uno como los demás. Lo divinizó para cubrir sus miedos, a la
muerte por ejemplo: sudó sangre de pavor en el Huerto de los Olivos y pidió a
Dios que le ahorrase los horrores de la crucifixión. No era un héroe. Fue
tildado de bebedor y comilón. En ninguna circunstancia de su vida fue un hombre
de orden. Fue un antisistema. Su vida y sus dichos eran una paradoja y una
contradicción. Arremetió contra la familia tradicional, algo sagrado
entre los judíos: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?" (Lucas 13,31ss),
se preguntaba. Defendía a las mujeres adúlteras (Juan 8,3ss) contra la
hipocresía de los fariseos, y exaltaba a las prostitutas: "Ellas tendrán
un lugar mejor que vosotros en el Reino de los Cielos" (Mateo 21,31). Era
amigo de todos a los que el sistema y el Templo marginaba,
de los considerados de mala reputación como publicanos
y pecadores.
Fue tachado de todo lo que puede ser acusado un diferente.
Sobre todo fue considerado un endemoniado y un loco y en aquel tiempo la locura
daba más miedo y producía más rechazo que hoy. Lo consideraban loco sus mismos
hermanos: "está fuera de sus cabales", decían de él, como se lee en
Marcos 3,20. Tan loco que los suyos fueron a recogerlo para llevárselo a casa.
Tan fuera de sí, que quisieron despeñarle. Llegaron hasta a apedrearle, algo
muy serio en aquel tiempo si se piensa que la pena de muerte más conocida entre
los judíos era la lapidación o apedreamiento. La muerte en la cruz no era
judía, era romana.
La Iglesia ha tenido y sigue teniendo miedo
del Jesús hombre. Profesa que "se encarnó", que nació de una mujer,
que tuvo todas las pasiones humanas, pero en realidad, cubre su humanidad con
un tupido velo divino, para alejarlo de los hombres. Para los de su tiempo,
Jesús era un profeta loco, que había salido de una aldea insignificante como Nazareth cuyo nombre ni aparecía en los mapas de aquellos
tiempos, que no tenía miedo al poder al que más bien desafiaba. Al rey Herodes
que le mandó un aviso para que dejase de predicar, les respondió llamándolo
"zorra". Lo desobedeció.
Jesús no era un diplomático, ni hombre de medias tintas.
Tenía alergia a la hipocresía y a la violencia. No condenaba, salvaba. No
soportaba a los que juzgaban a los demás. Lo perdonaba todo. Sufría viendo
sufrir. Curaba las enfermedades. No tenía miedo de la alegría, de la felicidad,
ni del sexo. Multiplicó el vino en las Bodas de Canaá
para que siguiera corriendo la fiesta. No dejaba ayunar a sus apóstoles. Comía
y bebía en las mesas de los ricos fariseos, aunque personalmente era pobre, sin
casa y a veces sin qué comer. Era un inconformista.
¿Cómo encajar este perfil del hombre-Jesús, un verdadero
diferente en su sociedad, en la
Iglesia católica, que aparece cada día más lejana de sus
orígenes, con sus condenas, con sus alergias a todo lo que no comulga con ella,
con sus aversiones al sexo, con su miedo a los que no piensan como ella, con su
arrogancia de creerse la única fe verdadera?
Los Evangelios son escritos que la Iglesia considera
inspirados por Dios, pero en la práctica los teme. Quizás por ello, poco a
poco, los ha ido endulzando, tergiversando o sustituyendo por la teología, por
el derecho, por los catecismos, por las encíclicas, por las bulas, por millones
de decretos, generalmente de condenas.
Hasta a Francisco de Asís, el santo más parecido al
profeta de Nazareth, que no quería para sus
discípulos más reglas que las que están escritas en los Evangelios, le obligó
el Papa de entonces a sintonizar con la Iglesia oficial de Roma. Le obligó a escribir una
Constitución para su nueva Orden. A la Iglesia nunca le han bastado los Evangelios.
A mi mujer, autora de libros de poesía la invitaron una
Navidad a ir a visitar un manicomio femenino de Río.
Colocaron una mesita con sus libros para que los locos pudieran abrirlos y leer
algunos de sus versos. Le pusieron a una enfermera de protección. No hizo
falta. La poesía fue su mejor calmante aquel día. Una esquizofrénica, tras
haber leído uno de sus poemas se le acercó y le dijo: "Dime la verdad, tú
tienes que ser una loca como nosotras para poder escribir estas cosas".
Existe la locura del arte, la locura de la ciencia, la
locura de la pasión amorosa, la locura por las aventuras, la dura locura de la
mente. La de Jesús era la locura por todos los marginales, por los diferentes y
sus debilidades. ¿Y la locura de la
Iglesia? Desgraciadamente, la de la Iglesia oficial, la de la Iglesia de Roma, la de
Benedicto XVI -no la de las periferias- sigue siendo más bien la locura del
poder y de los anatemas. Aquel Jesús diferente, se ha quedado ya muy lejos de
ella.