PREOCUPADOS POR EL SEMINARIO

Y POR LAS VOCACIONES

 

Porque queremos a la Iglesia y nos sentimos Iglesia, porque lo que pasa en ella no nos deja indiferentes, ofrecemos a todo aquel que vive este problema las siguientes reflexiones:

 

1.- En nuestra sociedad occidental europea se echa en falta una cultura vocacional que suponga una reflexión en profundidad sobre el sentido de la vida. En este contexto se sitúan estas líneas sobre la escasez de vocaciones en la Iglesia y especialmente sobre las vocaciones a la vida sacerdotal.

 

A esta situación se añaden los esfuerzos pastorales de un clero envejecido que tiene que seguir haciendo frente a las mismas tareas de siempre, pero con menos fuerzas y menos efectivos, mientras la jerarquía de la Iglesia, y especialmente el episcopado, no se abre a la búsqueda de otras alternativas.

 

La Iglesia sigue basada en el clero como su estamento fundamental, aunque ello va afectando a las posibilidades de evangelización y nuevo anuncio a amplios sectores de la sociedad. Se sigue apostando por sacerdotes con un estilo más propio de funcionarios de lo religioso, en lugar de fomentar evangelizadores que sumerjan su vida entre la de los ciudadanos.

 

Los otros ministerios en la Iglesia están prácticamente por estrenar y algún avance, como el propuesto en el último Sínodo acerca de que las mujeres puedan leer en las eucaristías, se presenta como una gran conquista, cuando en la práctica litúrgica ya se viene realizando desde hace años. Se sigue insistiendo en el binomio jerarquía – laicos y no en el de comunidad – ministerios, mientras se difumina el concepto de la Iglesia como Pueblo de Dios tan subrayado por el Concilio Vaticano II.

 

2.- De esta situación participa también nuestra diócesis de Zaragoza. Y al no surgir las vocaciones de las comunidades cristianas (parroquias, movimientos, grupos de apostolado) se ha querido solucionar el problema importando las mismas. En el nuestro y en otros seminarios españoles son muchos los jóvenes, sobre todo de países sudamericanos, que llaman a la puerta para entrar. Con ellos se van ocupando las numerosas habitaciones libres de los seminarios. A veces se va incluso a la búsqueda de un seminarista para pasarlo de una diócesis para otra.

 

Estamos en un mundo global en el que la circulación de productos y personas es habitual. Pero nos preguntamos por qué, siendo deficitarios esos países en sacerdotes, vienen aquí sus seminaristas y clérigos.

 

También algunos de ellos están un tiempo entre nosotros y luego desaparecen. Además, sin ninguna preparación previa se incorporan a la pastoral diocesana desconociendo el medio al que son enviados. También, en ocasiones, su trabajo pastoral va por libre sin tener en cuenta el realizado anteriormente en las parroquias y el que se lleva en las zonas.

 

No nos parece una solución válida seguir importando vocaciones o sacerdotes para cubrir las bajas de un clero envejecido. En algunas diócesis españolas ya están de vuelta de todo esto.

 

No obstante, si se sigue transitando por esta vía, habría que preparar a todas estas personas para que se incorporaran con pleno conocimiento a esta nueva realidad, diferente de la de sus países de origen, en la que van a vivir y ejercer su ministerio pastoral. Serían necesarios un período de formación y algún sacerdote que les acompañara, fijando también un período obligatorio de estancia, especialmente con los seminaristas que se han ordenado aquí sacerdotes con la ayuda económica de la diócesis.

 

3.- Creemos especialmente necesario un adecuado discernimiento de los aspirantes al sacerdocio para llevar adelante el ministerio pastoral: “Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento vocacional y admitan a la formación específica, y a la ordenación, candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal” (Benedicto XVI. Exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” nº 25).

 

Afirmamos que no habrá vocaciones en la Iglesia, y no sólo a la vida sacerdotal, mientras no haya comunidades cristianas de referencia. De ellas es de donde han de salir las vocaciones y habría que modificar el actual itinerario formativo que lleva a los candidatos al sacerdocio a alejarse de sus comunidades de origen para pasar a residir durante varios años en unos centros (los seminarios) asépticamente ubicados fuera de la vida normal y con riesgo de convertirse en guetos vocacionales.

 

Habría que reflexionar sobre qué Iglesia necesita hoy la sociedad y qué agentes hay que preparar para impulsarla. Aun conociendo que las orientaciones de la Curia romana no van de momento en esa dirección, sería necesario profundizar y potenciar vocaciones de personas adultas, casadas o célibes, de probada trayectoria cristiana, que con formación teológica adecuada accedan al diaconado y presbiterado. Así como estrenar los ministerios laicales que tienen su origen en el bautismo y que no son, en modo alguno, una concesión “graciosa” de la jerarquía.

 

CLUBENITOS

16.12.2008