La mirada de los presos


Desde siempre he sentido una cierta simpatía por los presos. La privación de la libertad es sin duda una monstruosidad. Al ser humano se le amputa de un plumazo su capacidad de vivir con dignidad. Se le recluye, se le aparta, se le limita el espacio y el entorno… se le priva, en fin, de su capacidad de ser.

Si a esto añadimos las penosas condiciones que se dan en las cárceles, podemos afirmar que la de un preso es una triste historia. La cárcel es -alguien la definió así- la fábrica del llanto.

A la cárcel van los pobres, las personas que ya han nacido con la libertad mermada, con la miseria y el desamor en el alma, con el frío de la falta de ternura en la entraña. La cárcel, entonces, se convierte en destino irremediable, en hogar oscuro en donde masticar la propia desgracia.

He visto cárceles. He intentado esbozar sonrisas tras un cristal asqueroso que reducía a mis amigos a la vergüenza de vivir como alimañas. He visto llorar en las cárceles a hombres que hubieran podido ser buenos y les habían programado para la maldad y la rabia. Por eso quiero a los presos. Son el reflejo más cruel de una sociedad borde y miserable que premia a los malos y castiga a los que hubieran querido ser buenos. Miro para mis adentros y atisbo que en mi vida he aportado al menos un ladrillo para levantar muros de cárceles, de tantas cárceles… de tantas miserias.

Pero de un tiempo a esta parte ando algo confuso. Y es que ahora hasta los ricos van a la cárcel. Son banqueros, policías, alcaldes, ministros y otras hierbas los que pisan la trena y son encerrados. Les retratan el careto y soban en un chabolo más chungo que su queli. Son ricos, los pobres.

Cuando me parece que la justicia es real y que todo el mundo pasa por el aro…me doy cuenta de tampoco en la cárcel todos son iguales. Los presos pobres y los presos ricos son distintos. Y les diferencia la mirada cuando entran en prisión.

La mirada de los pobres es torva, escondida. Se tapan la cara y sienten la vergüenza y la rabia de saber que tienen el futuro negro. Casi nadie les mira, el madero que le pone las esposas y, allá, a lo lejos, la madre, la compañera, el amigo. A los hijos, no. A los chavales se les aparta porque la mirada de los presos pobres esta rebosante de miedo y de tristeza. Están solos.

Pero la mirada de los presos ricos ya es otra cosa. Van los tíos sonriendo; así, por el morro. Con la cabeza bien alta y el traje, impecable. Se despiden muy ufanos. Y la peña les abraza, y les besa…y les escucha. Y antes de entrar en chirona dirigen la palabra los muy simpáticos. Las cámaras y los micrófonos les rodean mientras buscan el mejor plano y el más limpio sonido. Hablan entonces de la libertad, de la Constitución de la justicia... de tantas cosas. Dan lecciones de moral y se manifiestan como referencia ética inexcusable. La gente, que les rodea, les aclama y vitorea, les apoya y les jalea. Y ellos sonríen mientras los polis se cuadran ante ellos y les saludan sin rubor.

Sonríen, los muy jodíos.

También Jesús fue un preso. Estaba solo y abandonado. No tenía público ni aplausos. Era uno más, un miserable. Callaba el que era la Palabra, se preparaba a la muerte el que era la Vida. Era un preso, preso; no de los de pega, sino de los de verdad…de los pobres, de los que saben que su suerte ya está echada.

Su mirada fue para Pedro. Aquella mirada se le clavó dentro, le revolvió la entraña. Y aquel amigo tan duro rompió a llorar.

Aquello era una auténtica mirada de preso.

Josan Montull.